La diplomacia es una parte de las relaciones entre estados que se ha venido desarrollando desde hace siglos, incluso antes de la constitución de los actuales estados nacionales en Europa y en América. Es una actividad que exige particulares normas y experticias, pues cada palabra o cada gesto que se utilice están sujetos a escrutinio e interpretación, y los errores que allí se cometen no solo afectan a  los protagonistas directos, sino que afectan la imagen y los intereses de los estados que representan.

Hay tres casos recientes de cómo no debe hacerse diplomacia en el mundo de hoy, que creemos que son interesantes de analizar.

El primero dice relación con las palabras del recientemente electo Presidente de Argentina, Macri, quien dijo , antes y después de la elección, que pretendía aplicar a Venezuela la clausula democrática del Mercosur, dados los numerosos antecedentes que permiten calificar a este país como poco respetuoso de lo que el común de los mortales entiende por democracia en el mundo contemporáneo. Eso puede tener fundamento y es enteramente lícito que el Presidente Macri lo piense – miles de venezolanos y de latinoamericanos también piensan lo mismo –  y que pretendiera plantearlo en el seno del Mercosur. Lo malo es que inicie su lucha en ese campo planteando el tema ante los micrófonos internacionales, antes de haberlo conversado en forma discreta,  por los canales diplomáticos,  que operan no solo a través de las embajadas, con sus socios del Mercosur. Al no utilizar los canales diplomáticos, se arriesgó innecesariamente a una derrota temprana, lo cual no hubiera sido bueno para él ni para la causa que defiende. Los sucesos del 6 de diciembre en Venezuela le permitieron, afortunadamente para él, protagonizar un retroceso ordenado y decoroso.  

Otro caso: Bolivia y su campaña internacional para forzar a Chile a negociar una salida soberana al mar. En varios países visitados recientemente por el Presidente Morales, donde indudablemente ha planteado sus puntos de vista al respecto, ha recibido respuestas diplomáticas , que el Presidente ha interpretado como apoyos, y ha obligado a sus contrapartes a salir rápidamente aclarando de ese apoyo no es tal.  Una mala lectura  de la terminología diplomática se termina convirtiendo en una situación embarazosa.  Nuevamente, la diplomacia vuelve por sus fueros y hace ver que en el terreno de las relaciones internacionales no se puede improvisar.

El tercer caso dice relación con Venezuela y su deseo vehemente de que aumente el precio del petróleo, para lo cual necesita que la OPEP deje de producir los actuales volúmenes de hidrocarburos. Nuevamente estamos en presencia de un planteamiento que puede ser justo, en la medida que representa adecuadamente los puntos de vista o los intereses de un gobierno o de un país. Pero la forma de plantearlo no es la adecuada.  El Presidente Maduro salió en gira internacional pidiendo frente a cada micrófono que se le puso por delante que los países productores – de la OPEP o de fuera de ella – limiten su producción. La decisión final de los países OPEP ha sido contraria a ese punto de vista, con lo cual se han logrado dos cosas no deseadas: poner de manifiesto la diferencia de criterios en el seno de la OPEP, lo cual termina por hacerle más daño aún a esa debilitada organización, y poner de manifiesto la mala jugada diplomática de Venezuela, que no utilizó los canales sutiles y reservados de la diplomacia y que se  arriesgó, por lo tanto, a lo que luce como una derrota explicita de sus puntos de vista. 

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