El Nazoa desconocido

Si de maldad y ponzoña se trata, asistimos cotidianamente a una dantesca y creciente puesta en escena de bajos instintos y odios propiciados. A no dudar hace falta despejarnos con lo hermoso y lo noble que hay dentro de nosotros y en las grandes obras del pensamiento.

A él se le conoce como el poeta sensible y de verso limpio y azul, también como el urticante humorista, como el hombre del sencillo y penetrante credo popular que adorna no poco murales universitarios y urbanos. Todo eso fue Aquiles Nazoa, conocido igualmente como “el ruiseñor del Catuche”. Muchos en Venezuela desconocen otra faceta, acaso más apasionante y perdurable, de este caraqueño nacido en 1920, por más señas un 17 de mayo y frente a una vía de tren. Ese aspecto al que hago referencia es elemento central del texto que Ildemaro Torres ha escrito sobre este singular venezolano para la Biblioteca Biográfica editada por El Nacional.

Nazoa, fue un hombre profundamente reflexivo, lo que le granjeó innumerables decepciones, en sus propias palabras: “Más que amargura creo que es melancolía lo que cuadra en mi caso. Yo estoy envuelto, implicado entre los dos términos de aquella reflexión profunda y también melancólica de Fausto en la obra de Goethe, cuando dice que “a mayor saber mayor dolor, pero no hay dolor más grande que el de no saber”. Lo que me hace melancólico y me exhibe un poco triste a veces, es lo que se y a la vez lo que todavía no he podido saber”. ¿Qué afligía tanto a Nazoa en 1970, justo cuando cumplía 50 años de edad? El poeta observaba con angustia como en el país muchos de aquellos representantes de la generación del 28, los otrora jóvenes del momento luminoso y decisivo para la posterior democracia con vicios y virtudes, iban traicionando sus ideales e instaurando un sistema plagado de desviaciones, perversiones, rémoras y cuanto haya sido posible encapsular en una Venezuela que necesitaba una manera noble, progresista y justa de levantarse.
Si bien, Aquiles era muy joven (apenas 8 años) cuando se sucedieron los hechos de aquel febrero emblemático de carnaval, en el que un puñado de estudiantes universitarios se atrevieron a desafiar al todopoderoso régimen de Juan Vicente Gómez, sí pudo (y ello le quedó grabado en la retina y en el alma) ver a los jóvenes descender de los vagones cercanos a su casa, provistos de ropa de presos. Fue testigo del arrojo y del sufrimiento, por lo que le pegaba muy de cerca aquello que comenzaba a atisbar transcurridos ya once años de democracia representativa. ¿Para quién es un secreto que aquellos procederes incipientes fueron incrementándose hasta generar, cual proceso natural, las condiciones para el advenimiento del presente régimen? Tampoco para muchos es aventurado pensar que no queremos esto ni aquello.

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En cualquier caso, a Nazoa no se le escapaban estas señales en su accionar, hecho y virtud intelectual que cobra, dicho sea de paso, mayor mérito en su caso dado que no tuvo estudios formales universitarios, y a manera de sátira lírica premonitoria escribió en 1958 un poema (“Los bellos durmientes del monte”) que me tomo la licencia de compartir: “Perro que ladras / por largo rato / sí pasa un gato por el portón / gato que tumbas / cuando te escapas / todas las tapas en el fogón… / Guardad silencio / dejad los ruidos / que los partidos / durmiendo están / uno en el suelo / y otro en hamaca / y otro en butaca / y otro en diván…/ y mientras cunde la periquera / mientras prospera la confusión / a pierna suelta / sigue dormido /cada partido / como un lirón /..Porque se duerman/ yo no les tiro /mas si los miro / con desazón / pues cuando roncan / y los escucho / me acuerdo mucho/ del camarón”.

No suelo recomendar libros en estos artículos, sin embargo, vale la pena redescubrir a este grandioso ser humano que fue Aquiles Nazoa, pero más allá de eso tomar de allí, de ese cuerpo de reflexiones, luces para los días no tan luminosos que corren.

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