El sentido de la vida

Claudia Senik, profesora de economía de la Universidad de La Sorbona, plantea la tesis de que las personas disfrutan sensaciones de bienestar, de placer; en el esfuerzo por lograr bienes materiales o de cualquier otro tipo, y que una vez que consiguen lo que desean, muy pronto pierde su esplendor, y salen inmediatamente a la búsqueda de otros logros, porque, la mayoría, encuentra placer en progresar; es más, nos sentimos orgullosos de intentar lograr algo, aunque no lo alcancemos. Según esta visión del ser humano, la historia del hombre es la búsqueda permanente por un mayor nivel de prosperidad y desarrollo, y que este es uno de los impulsos que le da sentido a la vida.

Robert Wright, en su libro “Non Zero”, en español “Nadie pierde”, plantea la tesis, según la cual, el mundo viene evolucionando, desde relaciones muerte-victoria, ganar-perder, hacia cada vez mayores relaciones de yo gano-tu ganas, y que ello representa la búsqueda de la perfección de las relaciones humanas, por lo que las sociedades más avanzadas y exitosas son las que facilitan y logran relaciones donde se maximicen los ganadores y minimicen los perdedores. Y que las relaciones donde todas las partes ganen, es la búsqueda que le da sentido a la vida. Y que esa búsqueda es la historia misma del ser humano.

Pero para los revolucionarios, la cosa es distinta, la historia del hombre es la historia de la lucha de pobres contra ricos, para ellos esa lucha es lo que le da sentido a la vida. Los socialistas consideran que la ambición de bienes materiales, y el deseo de acumular ganancia, es la causa de todos los males de la raza humana y por lo tanto el Gobierno, los lideres políticos, deben poner freno a esos deseos descontrolados, y que la salvación pasa por un Gobierno poderoso que pueda controlar la naturaleza humana, y pasar a construir un hombre nuevo, que no ambicione bienes materiales, que no desee acumular riqueza, que confíe plenamente en los dirigentes del partido gobernante para satisfacer totalmente sus necesidades materiales y la de su familia. Un hombre dispuesto a obedecer sumisamente lo que el líder le mande.

Poco importa que ese disparate haya fracasado estrepitosamente, en todas las partes del mundo donde se ha experimentado, que haya terminado en hambre para la inmensa mayoría, en groseros privilegios para la élite política y muerte y tortura para quienes se atrevieron a la más mínima protesta.

Mientras, en las dos primeras visiones, el progreso tiene como limite el cielo mismo, hay sueños, hay esperanzas. En la visión revolucionaria, los políticos son lo que dicen qué puedes tener y cuánto, no hay espacio para soñar, ni para la esperanza.

Cabría preguntarse ¿cuál de ellas sería el sentido que Dios quiere que le demos a nuestras vidas? ¿El de la lucha de clases, de unos contra otros, o el camino de la abundancia y la prosperidad: el capitalismo?

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