Conversar es una actividad sumamente humana consistente en
intercambiar ideas e informaciones con otra persona, y que se realiza cientos
de veces como parte inescapable de la vida en sociedad.
Negociar es otra cosa distinta. La negociación tiene lugar entre dos o más personas o instituciones cada una de las cuales tiene algo que desea que la otra persona haga, entregue, prometa o acepte, pero para lo cual tiene que dar, hacer, entregar, prometer o aceptar algo que la otra persona requiere.
La conversación en el plano de la política es – o debería ser -
una actividad corriente. Se debería conversar o dialogar en el parlamento
nacional, o en los parlamentos regionales o comunales, o en los medios de
comunicación social, o en los sindicatos, o en los ámbitos académicos, o en los
condominios, o en todo espacio donde dos o más personas se reúnan y donde el
intercambio de ideas e informaciones los ayuda a todos a vivir mejor y a lograr
sus objetivos. Se puede conversar sin necesariamente estar negociando nada. Se
puede y se debe conversar -intercambiar ideas e informaciones – no solo con las
personas que de antemano sabemos que piensan igual que nosotros. El arte de
conversar es mucho más interesante y útil cuando se lleva adelante con personas
que sabemos que no piensan en todo igual que nosotros.
La negociación requiere necesariamente de la conversación, antes,
durante y después. Pero la negociación es un proceso cualitativamente diferente
a la mera conversación. La negociación está encaminada a que cada una de las
partes acepte, haga, prometa o entregue algo que la otra parte quiere, pero que
ninguna de las partes entregará o hará gratuitamente, es decir, a menos que
reciba de la contraparte algo que tenga valor para ella.
Si una de las partes no tiene nada que prometer, que entregar, que
aceptar o que hacer – o no está dispuesta a hacerlo - entonces no puede
negociar. Igualmente, no puede negociar si piensa que negociando - cualquiera
que sea el resultado de la negociación - su situación será peor que si no negociara.
En esas condiciones la negociación se convierte en una pura pérdida de tiempo,
pues al menos una de las partes se visualizará a sí misma como inescapable
perdedora.
Puede que una de las partes piense que esas mismas cosas que puede
obtener por la vía de la negociación las puede obtener por la vía del
despliegue de la fuerza- que es una vía que en el fondo le gusta mucho más - y
por lo tanto, la negociación le importa realmente un bledo, aun cuando diga y
jure lo contrario.
Pero como no estamos en plan de filosofar sobre las conversaciones
y las negociaciones, sino de ver como las unas o las otras pueden ayudar a
salir de la crisis venezolana actual, no podemos terminar este artículo sin
dejar establecido nuestro punto de vita en el sentido de que las conversaciones
deberían estar mucho más presentes en el escenario político venezolano que lo
que están hoy en día. De eso no puede salir nada malo, y puede salir mucho
bueno. Pero las negociaciones son otra cosa. ¿Se debería negociar con el
gobierno la realización pronta de elecciones limpias, libres y carentes de
trampas de ninguna naturaleza? ¿Interesa eso a ambas partes? ¿Que está
dispuesta a pedir y a entregar cada parte para conseguir, sobre esta materia,
el asentimiento de a otra? Sobre eso debería conversar todo el país, y negociar
los que tienen poder y autoridad como para ello.



