¿Quién soy? (II)

Cada quien es una “persona” -un “ente inmaterial” (un ser incorpóreo: intangible, invisible, etéreo)- que tiene un instante de ser concebida (cuando el espermatozoide fecunda al óvulo, por esto los católicos condenan el aborto) y un momento de nacer, un modo de vivir, que interactúa con su entorno (siendo capaz de pensar, con lo cual determina sus condiciones, su manera de relacionarse y negociar: elige su conducta (comportamiento: temperamento y carácter), su proactividad y reactividad ante las circunstancias, etc), que se considera poseedora de dignidad y merecedora de respeto, que puede escoger entre diseñar y construir su éxito o fundar su fracaso, siendo la hacedora de su legado, y hasta tiene un segundo para morir, pero que puede trascender más allá de su existencia terrenal (como es el caso de Simón Bolívar, “El Libertador”).

Esto se escribe buscando propiciar que cada miembro de las organizaciones, (al entender lo subrayado e independientemente de su jerarquía), admita lo verdaderamente importante que hay en estas palabras y actúe siempre como “persona”, consigo misma y con las demás, pues sabe que también son “personas”: seres cuyo único ámbito de existencia es la psique (“la nada”, que paradójica y simultáneamente “lo es todo”, porque si la mente muere -llegándose el “estado vegetativo”- se puede declarar extinta la persona). De aquí el valor de tener siempre pensamientos correctos: armónicos, justos y respetuosos, pues “según se piensa, así se procede”. Consecuentemente, una actitud excelente exige una formación idéntica para poder desempeñarse ética y moralmente.

Acá es oportuno interponer una pregunta: ¿cuál persona es más importante: el presidente de la organización o la que destapa y limpia las pocetas? Para solucionar esta cuestión basta con preguntar qué pasaría si quien cumple la última función se enferma y no acude a las instalaciones de la organización durante varios días: que la fetidez llenaría la atmósfera de la edificación y sería inaguantable laborar allí. Entonces, ¿es importante -o no- la persona que destapa y limpia las pocetas o lo importante es lo que hace y evita que ocurra? Por otro lado, ¿es importante el presidente o lo importante es lo que hace y evita que ocurra? Para responder esto basta con imaginar qué ocurriría si éste no cumple durante algún tiempo con las funciones que le son propias: que la organización entraría en otro tipo de caos por no tener al líder a quien toca conducirla. Entonces, ambos personajes son importantes, tanto como también lo son quienes desempeñan los roles de los puestos que están entre estos extremos jerárquicos.

En las organizaciones donde la horizontalización, (en inglés: “downsizing”), ya se dio, se percibe la camaradería, (donde hay: franqueza, lealtad y relación de provecho mutuo); es decir: se funciona en equipo, donde sus miembros se auto-reconocen como los dientes de unos engranajes que interactúan buscando el bienestar de todos, donde ninguno “pretende ser” más importante que otro (¡porque nadie “supone serlo”!), pues lo que halla cabida en cada cual es “ser lo que se debe ser, haciendo lo que toca hacer y más (si es necesario)”, para lo cual han abatido las absurdas creencias que limitan física, emocional, intelectual y procedimentalmente tanto en contra del mejor desempeño de todos, como de los postulados filosóficos (objetivo, misión y visión) de la organización.

Si se quiere obtener resultados distintos a los obtenidos hasta ahora, se han de adecuar -de modo conveniente- los programas mentales que rigen el accionar personal, puesto que impactan directamente en lo organizacional, debiéndose tener en cuenta que muchos están ansiosos de mejorar sus circunstancias, pero no tienen la disposición de mejorar como personas y por eso es imprescindible empezar por admitir que quienes reconocen su necesidad de crecer y de mejorar como “personajes” (actores que cumplen un rol) alcanzan más fácilmente sus metas y su objetivo porque cumplen mejor su misión, lo cual les ha pedido asumir el compromiso (con-promesa) de “¡ser personas, verdaderamente: personas!”, para lo cual han tenido que sacrificar quién sabe cuánto y ser tenaces en aras de la cristalización de lo deseado.

En los equipos autodirigidos y de alto desempeño imperan muchos conceptos; entre ellos: que sus miembros son “personas” y “personajes” que se merecen respeto y aprecio, pues son dignas de ello… independientemente de su posición, de su labor y de sus opiniones.

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