(*) Arnaldo Esté – 11 de julio 2015 – 12:01 am – Una vez más las universidades están en conflicto. Su necesario espíritu crítico las ha llevado a estar siempre enfrentadas al autoritarismo gubernamental y a las pretensiones de cercarlas económicamente.

Pero esto no evita, y por lo contrario actualiza, la discusión sobre el cambio educativo. Sobre un sistema educativo caduco e infértil. Un cambio que debe plantearse, entre muchas otras cosas, lo relativo a su calidad y pertinencia y a la diversidad de opciones que ofrezca un nivel superior, posterior a la educación media.

Un cambio que implica pasar de una educación principalmente informativa a una educación formativa en valores y competencias.  Valores para tomar decisiones, hacer su proyecto de vida y orientar el uso de sus competencias. Y competencias para el mencionado desempeño en contextos existentes o necesarios.

Durante mucho tiempo ha dominado la concepción tradicional de una suerte de línea necesaria y predestinada que iba desde la primaria hasta la universidad e, incluso, de un cierto número de carreras privilegiadas: derecho, medicina e ingeniería.  Más tarde se ampliaron las opciones universitarias y se agregaron otras especialidades pero sin desplazar los favoritismos mencionados.

Ahora, cuando tenemos que hablar de aprendizaje por problemas pertinentes, de competencias, de multidisciplinariedad, interdisciplinariedad y transdisciplinariedad, de atmósferas digitales; cuando han quedado de relieve las limitaciones de una educación ceñida a disciplinas y carreras correspondientes y estancas, hay que replantearse no solo el papel de las universidades sino de todos los estudios superiores o de tercer nivel.

Esto viene a cuento, cada vez más, cuando se constata que los egresados de las universidades no tienen las competencias (saberes, habilidades, destrezas, actitudes para desempeñarse eficientemente en un cierto contexto) para realizarse en un proyecto propio o en un trabajo productivo. Es decir la educación que recibieron, fundamentalmente informativa y memorística no los llevó al logro de competencias adecuadas a las exigencia de vida y trabajo profesional. Una formación que terminan adquiriéndola, cuando logran emplearse, en una empresa correspondiente.

Así vistas las cosas, se trata de cambios sustanciales en los diseños curriculares y planes de estudio que permitan ofrecer una amplia variedad de opciones. Y no solo en los currículos y planes de estudio, sino en la pedagogía, en las relaciones sociales que se dan en las aulas a propósito de los aprendizajes.

Cambiar las aulas para transformarlas en ambientes de aprendizaje (dentro y fuera de ellas), encuentra un sólido aporte en una pedagogía basada en proyectos y problemas más que en disciplinas estancas. Al llevar al estudiante a confrontarse con proyectos y/o problemas, se induce la participación y con esta el acopio de lo ya mencionado como constitutivo de una competencia repito: saberes, habilidades, destrezas, actitudes para un cierto y específico desempeño.

Este cambio en la concepción de la educación replantea el papel de las universidades e institutos de educación superior, lo que implicaría una precisión de la necesidad de la Autonomía Universitaria, más allá de su importancia histórica y política. Si vinculamos las universidades autónomas más específicamente a la investigación, a la creación de conocimientos y a la formación consiguiente de investigadores, tenemos que suponer la existencia de una libertad tal que cultive la diversidad y la sorpresa inherentes a la creación: una autonomía institucional y personal.

Esto no supone una jerarquía sino una vocación: el investigador – creador no es superior a los demás, simplemente (o complejamente) es de esa vocación y aspira realizarse en ella.

Otros campos de los desempeños: más profesionales, sociales, productivos, técnicos, etc. Serían atendidos por otras instituciones, de calidad no menor, pero orientadas a aquellas.

Sin embargo, tanto para las primeras (que podríamos seguir llamándolas autónomas) como para las segundas, los cambios en los planes de estudio tendrán que flexibilizarse considerablemente, al vincularlos a esa formación de competencias a partir de la práctica en el abordaje de problemas y proyectos. Es decir el estudiante debería tener la opción de conformar, con el apoyo y asesoramiento profesoral correspondientes, los campos de estudio (gama de problemas y proyectos) adecuados a su ulterior carrera.

(*) Filósofo especializado en ética y educación. Investigador de la Universidad Central de Venezuela.

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