
Migu
Era aquel pueblo, como un viejo galeón encallado en las montañas. Rompiendo la monotonía del paisaje, dos calles se arrastraban penosamente de norte a sur. Los palomares eran testigos mudos, de las pocas personas que ese mediodía vagaban por el poblacho. Desde sus cuencas ajadas me miró la anciana, con un dejo de reprimida curiosidad.










