A Dos Siglos de una Declaración

Este 5 de Julio Venezuela conmemora 200 años de la firma de su independencia política. Francisco de Miranda, Cristóbal Mendoza, Juan Germán Roscio, y naturalmente Bolívar, entre otros, configuraron con sus intervenciones el acta de nacimiento de una República que, pese a múltiples esfuerzos y tentativas, no ha logrado en ese largo trayecto, decretar de hecho y de derecho su independencia económica, logrando de esa manera un desarrollo armónico y de justicia social.

Algunos han atribuido este fracaso a la cruenta guerra de independentista, que como se sabe, llevamos hasta las heladas y agrestes tierras del sur de América. En ella se aniquiló a buena parte de nuestra población civil con cierta ilustración, lo que a su vez influyó en el corte y la mentalidad de los sucesivos gobiernos que se produjeron a partir de la separación de Venezuela de la Gran Colombia en 1830.

Otros pensadores colocan el acento especial en la forma con la que encaramos las hazañas de nuestros ancestros, los héroes del proceso emancipador, en el sentido de que si bien no tiene nada de malo rememorar batallas y hechos, honrando las iniciativas, resulta contraproducente como pueblo, que debería perfilarse hacia el futuro, manejar con la vista puesta en el retrovisor de la gesta americana.

De acuerdo a lo expertos en este tema, el colocarle énfasis supremo, desde los grados primarios, a esos prohombres como modelo de perfección e infalibilidad, hace que como sociedad estemos inmersos en un proceso en el que jamás seremos mejores que ellos en nuestras acciones y logros colectivos, vale decir tendremos un techo con sus ejecutorias, por lo que nos sentimos constreñidos a avanzar con muletas en lugar de recorrer, con paso más seguro, la ruta de los caminos de superación nacional. Si uno reflexiona sobre estos asertos, puede concluir que tal vez ambos grupos tengan algo de razón.

Las sociedades, que a nivel mundial han progresado desde niveles aún más precarios que el nuestro, lo han hecho dignificando a sus héroes, sin caer en el hábito de convertirlos en compañeros diarios e inseparables de las nuevas tareas y proyectos; antes bien, colocando la mira en las potencialidades que poseen y desarrollando éstas, con el concurso de ciudadanos libres, civilistas, participando sin rémoras en un destino común, logrando consensos y manteniendo compromisos y metas en el tiempo.
La tarde del 5 de Julio de 1811, el ejecutivo de la época quiso que el pueblo conociese de primera mano, lo acordado luego de tres días de deliberaciones de los diputados. A estos efectos redactaron una breve proclama que decía en uno de sus párrafos fundamentales: “Ya tenemos patria, ya tenemos libertad.
Sólo dependemos de Dios y del Gobierno, que constituyamos entre nosotros mismos, sin que ninguna autoridad extranjera tenga derecho para dominarnos”. Sin duda alguna a la distancia de 2 siglos ello no es así, reclamando el país un inmenso esfuerzo para tal concreción.

La Venezuela de hoy tiene ingentes retos, probablemente el mayor sea el de lograr una profunda, audaz y vigorosa reforma educativa, que libere ese potencial que tenemos de sobra en nuestro ser, y que hemos represado por centurias, dejando pasar el tren de la superación para quedarnos en el andèn, cruzados de brazos ó en iniciativas que luego dejamos al garete, solazándonos con glorias pasadas de una Venezuela heroica. Una nueva educación que despierte y revalorice nuestro capital humano y social, de manera de colocarnos en ruta hacia estadios superiores como pueblo. Una educación que, como bien afirma el Padre Ugalde, sirva para verdaderamente “sembrar el petróleo”.

A doscientos años de una tentativa liberadora y soberana, debemos hacer una necesaria reingeniería del pensamiento, para que como sociedad logremos acuerdos a largo plazo, para establecer las bases de una nación que supere estructuras primitivas y salde la inconmensurable deuda que tenemos todos con nuestro destino y, sobre todo, con los más desposeídos de nuestros semejantes. Si lo logramos, la memoria de nuestros ancestros se enorgullecerá de nosotros, y el futuro nos deparará una nación libre, soberana, progresista, justiciera y en armonía. ¿No fue acaso eso lo que tenían en mente los diputados que estamparon su firma en aquel pergamino repleto de esperanzas…?

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