Anakoko y el Hombre del Madero, Un Cuento

(A la memoria de José Luis Fernández Palacios, un verdadero héroe)

“Alguna vez escribiré con piedras,
midiendo cada una de mis frases..”

Eugenio Montejo

Cuando emergió del agua Anakoko, vio que el cielo estaba morado como un hematoma de días, de pronto sintió que las piernas le pesaban menos, caminó en una playa dorada, con muchas y relumbrantes palmeras. El hombre del madero le sonrió desde la orilla. Le acercó la mano, y lo llevó por un apacible sendero. Ya no tenía las huellas del látigo en la espalda, ni las marcas violáceas y sepias de las cadenas en el cuello, ni el carbonazo de la pólvora. Reconoció al hombre por la mirada, tan limpia como el agua que rodeaba los ostrales.

Hacía tiempo que los Franciscanos se lo habían mostrado, en esas pocas ocasiones de descanso Guaiquerí. Él, había salvado a su hijo Macarapana cuando se lo llevaba, como un sanguinario cunaguaro, la fiebre. Anakoko, en agradecimiento, le prometió la más grande perla para adornarlo en el madero. Por meses buscó la perla, y cuando topaba con una grande, la guardaba lejos de la codicia de los españoles. La escondía, pero nunca le pareció que ninguna de las siete, que llevaba ocultas a la pata de un uvero de playa, era digna del hombre del madero. En vano, trató de convencerse de que había logrado pagar su promesa. Un mal día, esos que no deberían pasar pero pasan, Anakoko vio como un indiecito joven, tan joven como su hijo, era golpeado con saña por el caporal. Por única vez, desde que había sido reducido a la esclavitud más miserable, Anakoko se rebeló. Con fuerza, le arrebató el cuerpo del joven al hiriente látigo que lo desollaba. Bastó eso para que el arcabuz tronara a sus espaldas. Sus restos, fueron arrojados a la playa donde buceaba en busca de la joya blanca. Sus restos se hundieron con ligereza en las verdes aguas, una tumba líquida lo envolvió hasta nadar hacia la otra orilla. Cuentan que esa noche, siete hermosos luceros aparecieron sobre la playa, ellos formaban una especie de pez. Muchos dicen, que eran las perlas de Anakoko, que habían sido aceptadas.

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