Bobby (a su memoria e inagotable talento)

“….También el jugador es prisionero,
(la sentencia es de Omar), de otro tablero
de negras noches y blancos días.

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?”

Jorge Luis Borges, (“Ajedrez”)

Un genio en cualquier disciplina es el que relaciona lo inasible, que rescata del polvo lo imposible, y armoniosamente lo coloca para asombro y deleite del espectador del curioso sortilegio. Cual moderno Merlín inunda de hallazgos y maravillosas todo aquello que salpica su mente sin fronteras y sin distracciones mundanas. En esta serie de consideraciones se inscribe el accionar del infortunado ajedrecista estadounidense Robert James Fischer, (Illinois, 9 de marzo de 1943), mejor conocido como Bobby Fisher, fallecido hace algo más de un año. Los estudios psicológicos le conferían un valor de 184 en su coeficiente intelectual. Su leyenda le precede puesto que para muchos es el más grande jugador del Juego Ciencia en la historia de los escaques. De hecho la evidencia más palmaria de su magistral calidad fue dada por Gary Kasparov, quién adoptó la colección de las aperturas y variantes utilizadas por Fisher durante su carrera.

A comienzos de los 70 uno a uno fueron cayendo frente a su poderosa mente los grandes del tablero: Mark Taimánov, Ben Larsen, Tigran Petrosian, hasta llegar a su objetivo más preciado: el Campeón Mundial , Boris Spassky, a quién demuele categóricamente en 1972 para ceñirse una corona que no llegó a defender, algunos dicen por temor a perder, otros por una jugarreta de su mente que comenzaba, desde su brillantez, a recluirlo dentro de una diagonal interior.

Hacia 1956, con apenas trece años, Bobby dio los primeros resplandores de lo que sería una fulgurante carrera de 16 años de gloria. Veamos estos juicios en el Torneo de Rosenwald de Nueva York: «Esta partida popularizó en todo el mundo al naciente astro americano, pues se publicó en las principales revistas de los cinco continentes. El ex-campeón del mundo, Dr. Max Euwe, escribió en ‘El Ajedrez Español’ , de diciembre de 1956, ‘que un renombrado Maestro se confíe demasiado frente a un jugador joven en pleno progreso, y sufra por ello una seria derrota, no tiene en sí nada de particular, y en la historia del ajedrez se registran bastantes ejemplos. Mas lo que no sucede todos los días es que un escolar de trece años supere francamente en la combinación a uno de los mejores.»
“Tras haber visto la partida, quedé convencido de que el niño tenía un talento verdaderamente diabólico» (Yuri Averbakh)
«Hay ciertas partidas en la historia del ajedrez que provocan enormes oleadas de reconocimiento en todo el mundo ajedrecístico. Son tan espectaculares, que las líneas internacionales de comunicación se ponen de acuerdo para declarar: ha nacido una nueva estrella. Un reconocimiento así acogió esta partida, jugada por el niño de trece años Bobby Fischer» (Anthony Saidy)

Tenía razón Borges, (como casi siempre), cuando escribió el poema que sirve de epígrafe a esta nota: Bobby también era prisionero “de otro tablero de negras noches y blancos días”.

Quiera Dios que ya no lo sea.

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