Diálogo en las alturas

“ La vanidad es el fraude que pone el ego,
y la adoración del ego como sustitos de
la adoración y el verdadero amor a Dios.”

Keith Fournier

Un día miércoles de finales del verano se produjo un nuevo ingreso en la eternidad. De pronto se rasgó una nube de estrellas fulgurantes y de su centro emergió la figura del nuevo miembro. El hombre que lo esperaba, a manera de anfitrión, quedó frente al recién llegado. El uno, (el anfitrión), de rostro grave, severo, bondadoso al mismo tiempo, preocupado, serio. El otro, jovial, diáfano, cristalino, con pupila de periodista, poeta de inagotable musa. El primero añorando los años en los cuales tenía los pies sobre la misma tierra, el segundo con versos y anécdotas abarrotándole esa sustancia que llaman espíritu. El paraje donde se encontraban cobró mayor claridad. Una paz embriagadora gravitaba en el espacio.

El recién llegado reconoció de inmediato en aquel que lo esperaba, al amigo, al maestro. Este exclamó:

– ¡Bienvenido Miguel!

– ¡Hola Rómulo!. ¡Qué de años sin verte!

El abrazo fraternal no se hizo esperar y como en otros tiempos, comenzaron a dialogar, a intercambiar impresiones acerca del tema que más los ha apasionado: VENEZUELA.

– Rómulo, -le dijo Miguel-, todavía sigue vigente lo que escribiste en una época y que decía, si mal no recuerdo: “Quien recorra algunos kilómetros de este país (…) no llega nunca al término de su viaje sin que le quiten o le atormenten el sueño las visiones de los pueblos tristes y de las vidas mustias antes cuyas miserias pasó, de los campos solos sin riego, sin surco de trabajo, todo para el matorral silvestre en cuyo inútil mantenimiento se gasta y se frustra la fecundidad de la tierra: de los ranchos sórdidos donde el campesino languidece, sentado a la puerta , hundiéndose en la melancolía irremediable, atesorando la herencia que le dejará a sus hijos, tomada ya de su padre. Su amargura incurable, su encogimiento de hombros ante el mal inmenso, su estoicismo inútil.”

– Así es Miguel -apuntó Rómulo-, y en buena parte muchos de esos problemas que afligen a VENEZUELA, se deben a la avaricia, a la ambición, a la ira y a la cobardía.

– Sin duda,“porque la avaricia es una serpiente que se enrosca en el alma de los hombres y les saca la savia del amor y el zumo de la ternura” , y la ambición no es otra cosa que “un nublado que oscurece a los hombres el camino de la rectitud, un légamo que enturbia el agua clara de la amistad, un filtro que emponzoña la entereza del alma”.

– Tienes sobrada razón- señaló Rómulo-, y además de esto que tu apuntas, con frecuencia “cometemos el error de pretender realizar de una vez para siempre con un sólo tajo de espada o un sólo rasgo de pluma, la reforma radical del país. Nuestro temperamento se aviene mal con todo aquello que exija un empeño paciente y prolongado, nuestra obra ha de ser de hoy para hoy mismo, necesitamos apreciar sus resultados de inmediato..o de lo contrario no se mueven nuestras energías para el primer esfuerzo ”.

– En efecto, y es precisamente por esto que se debe estar claro en que la ira “es un lobo que rasga a dentelladas la serenidad de los hombres, un ventarrón que los despeña por los desfiladeros de la sangre.”

– Si, la nuestra es una raza que, en ocasiones, “se consume en momentáneos incendios de pasiones violentas y pintorescas, como efímeros castillos de fuegos artificiales, de los cuales, a la postre, y bien pronto, sólo queda la arboladura de los fracasos tempranos”.

– Sin embargo- precisó Miguel, mientras colocaba su mano en la barbilla-debemos ser conscientes de que la cobardía es “una ciénaga viciosa que sepulta en su fango la dignidad de los hombres.

La conversación fue interrumpida cuando un alegre y parsimonioso morrocoy azul, llegó a presentar sus saludos al ilustre recién llegado.

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