Hay dos fenómenos económicos poco corrientes que están en pleno desarrollo en la Venezuela de hoy. Se trata de la dolarización, por un lado, y de la revaluación del bolívar, o devaluación del dólar, por el otro. La dolarización abarca ya todos los sectores de la economía, y todo tipo de transacciones, desde un valor de un dólar hacia arriba.

La revaluación dice relación con el hecho de que el valor del dólar, expresado en bolívares, ha ido descendiendo, se ha mantenido en niveles bajos, y/o se niega a subir al mismo ritmo que la inflación. Analicemos más a fondo ambos fenómenos.

La dolarización se expresa no solo en el hecho de que la ciudadanía prefiera ahorrar y mantener sus activos en la forma de dólares, y no de bolívares. Eso sucedía desde hace varios años y no es un fenómeno extraño en una economía que presenta tasas hiperinflacionarias que superan los dos millones por ciento anual. El dólar aparece ante los ojos y los bolsillos de los ciudadanos como un activo que conserva su valor, lo cual obviamente no sucede con los bolívares. Pero lo nuevo de la situación presente es que el dólar pasó a ser utilizado como moneda de uso corriente en toda la economía nacional. Se pasó a usar el dólar no solo como unidad de cuenta o como depósito de valor, sino también como unidad de cambio.



¿De dónde salieron los millones de dólares que alimentan hoy en día los mercados nacionales? Ninguna autoridad monetaria ha tomado medidas para que ello suceda. Si todo se puede comprar y vender en dólares – más aun, en dólares en efectivo – es consecuencia de que una masa muy grande de habitantes del país tenía dólares en su poder, en forma semi clandestina o por lo menos discreta o reservada. Eso se destapó. Los dólares ganaron la calle y se convirtieron en una moneda de cambio adicional al bolívar.

Si cinco millones de habitantes tenían y sacaron a la calle cada uno 200 dólares, eso suma mil millones de dólares – que es una cifra bastante importante – que pasaron a circular libremente en la economía nacional.



Hoy en día hay, por lo tanto, dos monedas que conforman, de hecho, el dinero y la liquidez monetaria del país: el dólar y el bolívar. El BCV tiene todavía capacidad de regular la cantidad de bolívares que entra al torrente circulatorio nacional, pero no tiene capacidad alguna de controlar la cantidad de dólares que entra o que sale de ese proceso circulatorio. Quisiera tenerlo, desde luego, pues necesita echarle mano a la cantidad de dólares que pueda, para alimentar las alicaídas arcas gubernamentales, pero no tiene como. Los dólares que circulan, lo hacen ante los ojos de BCV, pero no llegan a sus manos. Los dólares circulan en manos del público, pero no llegan a manos de la banca ni del BCV. 

Todo lo anterior tiene que ver también con la revaluación. El BCV tomó la decisión de limitar el crédito bancario en bolívares, con la idea de que los bolívares que de allí salían no siguieran convirtiéndose en dólares y encarecieran el precio de éste.  Se esperaba, además, que los dólares tuvieran que convertirse en bolívares en los circuitos oficiales, y pasaran por esa vía a satisfacer el ansia desesperada de dólares del aparato público. Lo primero les resultó – el dólar no se ha disparado de precio – pero lo segundo no, pues ningún dólar ha llegado a las arcas del BCV, aun cuando esté en las manos de todos. Los dólares pasaron a circular en forma libre y abierta, lo cual ha conducido a que la demanda de dólares para efectos de mera reserva de valor haya disminuido. La oferta de dólares, a su vez, no proviene ya de las fuentes oficiales – que están secas – sino de las tenencias privadas. Lo que pasó a ser una mera unidad de cuenta es ahora el bolívar, que va desapareciendo cada día más de la circulación comercial.

Todo este juego continuará mientras los dólares no busquen canales para salir del país o por lo menos para salir de la circulación.  En medio del desespero político hay sectores que buscan sacar sus dólares fuera del país, cosa que no pueden hacer por las vías bancarias normales. Apelan a sacarlos por vías oficiosas y/o a mantenerlos escondidos dentro del país, esperando momentos mejores para que vean nuevamente la luz. Si logran sacarlos por lo menos de la circulación, el dólar se convertirá en un bien escaso, que subirá nuevamente de precio.

En estas condiciones hasta los más ateos no pueden sino decir …¡que dios se apiade de Venezuela!