El comportamiento humano en la era digital binaria

“La era digital, no es una revolución de las élites; es una revolución que afecta simultáneamente a millones de personas, a todas las sociedades y a los diferentes territorios del planeta. …  La innovación en la tecnología se extrapola a la innovación en las personas y se imponen así  nuevos procesos de selección y gestión del talento”.

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Era digital es la época actual (cuyos antecedentes radiculares se encuentran en tecnologías como el telégrafo, el teléfono, la radio y la televisión, medios en los que el flujo de datos e información es más rápido que el movimiento físico corporal) que ofrece un espacio virtual conocido como Internet que se caracteriza por la alta velocidad de las comunicaciones que transformó el ecosistema en el cual vivimos, dando origen a la aldea global (AG) -concepto acuñado por Marshall McLuhan para referirse a la globalización cultural- en donde han cambiado los modos de interactuar del humano luego de atravesar por tres «mundos»: el acústico-tribal, el visual-letrado y el acústico-visual, habiendo llegado últimamente al del metaverso en el que los hologramas y demás fascinaciones van apareciendo.

En ese espacio virtual -que se configura con computadoras, redes (alámbricas e inalámbricas, locales y amplias) e infinidad de dispositivos- se hallan sitios, portales, páginas, aplicaciones, hipertextos y demás herramientas (basadas en la existencia y funcionamiento del código binario constituido por secuencias digitales específicas de ceros y unos: desconexiones y conexiones electrónicas de circuitos) con las que se puede generar, encontrar y gestionar data y obtener mucha información para sus usuarios y de los usuarios (ubicación, nombre, género, preferencias de consumo, cuentas bancarias y más dentro de un inmenso etcétera) y facilitar el aprovechamiento del conocimiento, del tiempo y más en favor del mejor rendimiento humano y económico.

El problema es  que no todos logran ajustar la comprensión a esta nueva realidad y por esto aún se manejan con la visión pegada en el espejo retrovisor; p.ej.: ni un e-mail tienen y tampoco saben hacer un pagomovil (lo cual les causa ansiedad -semejante a la escrita, compuesta y cantada hermosamente por «Chelique» Sarabia, QEPD- aunque buscan disimularla y hasta se les ve pedir ayuda para resolver sus necesidades y solventar así su ineptitud), cuando que otros -encaramados en la cresta de la ola, diciéndole a ésta hacia dónde moverse- crean aplicaciones que abren caminos nuevos que incrementan la magnificencia de esta tecnología.

Al igual que la Revolución Francesa, esta era no surge de la evolución de élites poderosas en dinero y demás haberes tangibles, sino de un movimiento propiciado por poseedores e implementadores del poder que da lo intangible: el conocimiento y el raciocinio; p.ej.: Bill Gates renunció a sus estudios académicos universitarios y emprendió la creación del sistema operativo MS-DOS para computadoras que derivó en WINDOWS (un éxito de taquilla -hoy, con más de 1.500 millones de usuarios- que le convirtió en multimillonario a los 32 años de edad) y, luego, la empresa Apple género su propio sistema operativo inmune a virus informáticos y nació la competencia que seguirá existiendo en este universo mediático.

Es bien sabido que no hay sólo la internet a la que todo usuario de computadoras puede tener acceso, hay muchas otras multi-mallas mundiales (mmm= www); entre ellas: la académica, las militares, las aeroespaciales y más, que exigen un comportamiento acorde, pero… por fuera de los comportamientos particularmente específicos que éstas exigen, también hay un comportamiento general del humano común que ha mutado como consecuencia de los efectos del imperio del funcionamiento basado en la existencia de la informática -salvedad hecha de las poblaciones que viven aisladas de este escenario (como las que habitan en la selva amazónica y otras semejantes) porque hasta los amish (grupo etnorreligioso protestante, de estilo de vida muy sencillo, en diversos países de América, de vestimenta modesta y tradicional, con resistencia a adoptar las comodidades y tecnologías modernas) no escapan de la existencia de la AG al ser servidos por el sistema sanitario o atendidos en las taquillas de los servicios públicos (muchos de los cuales no usan) y al comprar sus alimentos, bienes tangibles e intangibles que les llegan luego de que su producción y gestión comercial han atravesado por la multimalla mundial.

Estos dos conjuntos humanos muestran paradojas de comportamiento mundial en curso, por demás comprensibles (por su entorno geográfico y las creencias culturales, respectivamente), pero lo paradójico no se limita a ellos y cabe admitir que la era digital y el comportamiento humano están conexos a la innovación que trajo la revolución tecnológica que afecta simultáneamente a millones de personas, a la mayoría de las sociedades, a los diferentes territorios del planeta y que se extrapola a la innovación en las personas imponiendo nuevos procesos de gestión del talento y de selección natural (la enunciada por Charles Darwin en su Teoría de la Evolución Natural de las Especies), fenómenos éstos que acontecen a distintas velocidades que dependen -en mucho- de la particularidad individual.

Desde hace no muchos años, la tendencia era a que los datos tendrían un papel protagónico en esta época. Ahora bien, el acceso rápido a la data y a la información generó las ventajas y desventajas que caracterizan a los espacios virtuales: en ellos hay elementos académicos, científicos y tecnológicos confiables que se ofrecen por medio de fichas técnicas, bibliotecas virtuales, publicaciones electrónicas (revistas, libros y demás), pero también toneladas de información basura, siendo un plató en el que se delinque en infinitud de maneras.

En la AG se da la dupla del trabajo presencial y el teletrabajo; este último pide fluidez y flexibilidad dentro de los límites de los ejes de la moral, la ética y la estética, admitiendo que se ha saltado de lo óptico (analítico, especulativo) a lo táctil (sensual, epidérmico), acercándonos los unos a los otros en un universo virtual: entrelazándose en una interdependencia plena, síncrona con las nuevas tecnologías de efecto sinérgico, confluente y coherente que acaba con la insularización polinésica y con el desastre de Babel, amalgamando culturas y lenguajes, permeabilizando y transfigurando al humano que se va atreviendo cada segundo a meterse en lo no experimentado, aventurándose en la invención que va identificando a este nuevo renacimiento global.

A la vez de lo anterior, va emergiendo un individualismo nuevo que exalta esa diferenciación específica que va conformándose como resultado de las nuevas tendencias que configuran un orden de complejidad diferente no mensurable con las unidades de medida usadas hasta ahora, pues en el humano van esbozándose rasgos inesperados y sin retorno al pasado, viéndose desaparecer la gente de generaciones precedentes al inicio de lo informático.

Hay limitaciones que subyacen enraizadas en la pobreza (¿cómo pueden comprar los equipos necesarios y pagar la renta del Internet quienes no tienen para comer bien?). Entonces, acá -en donde se va imponiendo la comunión mediática electrónica- campean el doble signo paradójico y la perspectiva dialéctica con sus preguntas porque se ve que en la globalización operan los extremos. Así ha sido con todo en todos los tiempos históricos ya que siempre reinan tanto la máxima y mínima diferenciación por medio de los particularismos culturales y la fragmentación socioeconómica, con dosis de alienación y opacidad, así como también la experimentación vivencial cumplida por «Juan Salvador, gaviota», que terminó volando solo y… a quien se le acercó otra ave que le preguntó si podía volar con él.

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