El Discurso Democrático en Venezuela (Parte 2 de 5)

-II-

En el párrafo anterior afirmamos, que el racionalismo político se constituyó en el horizonte discursivo, que marcaba el alcance de los discursos que sobre la modernidad fueron formulados en Venezuela y América Latina. Ahora bien, ¿qué debemos entender por discurso? En las líneas que siguen, intentaremos producir un apretado resumen de las categorías, sobre las cuales se asienta la teoría del discurso (6).

Esta teoría apunta a enfatizar un hecho cultural resaltante, a saber: que todas las acciones y objetos poseen significados y que los mismos son conferidos por sistemas de reglas que poseen una especificidad histórica. Ilustremos esta afirmación a través de las coincidencias y diferencias, que son posibles encontrar en los usos del significante «pueblo». Acción Democrática, en los años cuarenta del siglo pasado y el Movimiento V República en el 2004, le asignan el mismo significado a este vocablo. Vale decir: «masas» desposeídas que deben ser «asistidas» a través de políticas públicas diseñadas por un estado benefactor. Pareciera que, en ambas circunstancias históricas, opera el mismo sistema de reglas del cual se deriva el significado del significante pueblo. Sin embargo, para otros sectores de la sociedad, «pueblo» equivaldría a ciudadanos y sociedad civil. En este sistema de reglas, el «pueblo» tiende a ser individualizado a través del ejercicio de sus deberes y derechos ciudadanos. En ambos casos, nos encontramos con construcciones sociales y políticas que establecen un sistema relaciones entre objetos y sujetos y, simultáneamente, proporcionan elementos discursivos a través de los cuales, los sujetos de acción colectiva, pueden identificarse. Estos discursos procesan diferentes posiciones que pudiera ocupar el sujeto «pueblo»: masas desposeídas y postergadas históricamente y ciudadanos empobrecidos en la búsqueda del ejercicio de sus derechos cívicos e individuales. Es evidente, que todo proyecto político, con intención de perdurar en el tiempo, deberá intentar entretejer esta gama de posiciones, con la finalidad de hegemonizar este campo de significación.

(6) En líneas generales, los lingüistas han definido la categoría de discurso desde una perspectiva formalista; vale decir, como sinónimo de enunciado, discurso designa todo enunciado superior a la frase, considerado desde el punto de vista de las reglas de encadenamiento, de un conjunto de frases. R. Jakobson y E. Benviste integraron este concepto dentro de un modelo de comunicación. En otras palabras, este término designaría cualquier forma de actividad lingüística, considerada en una situación de comunicación, o lo que es lo mismo, en una determinada circunstancia de lugar y tiempo, en que un determinado sujeto de enunciación (yo, nosotros), estructura su lenguaje en función de un determinado destinatario (tú, vosotros). Saussure había definido el discurso como lenguaje en acción. Austin postula una concepción más sociológica del discurso. Lo percibe como una práctica social institucionalizada que remite, no sólo a situaciones y roles intersubjetivos en el acto de comunicación, sino también y sobre todo a lugares objetivos en la trama de relaciones sociales. En este sentido, concibe el discurso como toda práctica enunciativa considerada en función de sus condiciones sociales de producción y por texto la manifestación concreta del discurso. En el marco de este trabajo, discurso lo concebiremos como una teoría que investiga las formas, a través de las cuales las prácticas sociales construyen/desconstruyen los sistemas de significación, que conforman la realidad social. Véase: Laclau, E. Mouffe, Ch. (1985), Hegemony and Social Strategy. Towards a Radical Democratic Politics. Verso London; Torfing Jacob (1999), New Theories of Discourses. Laclau, Mouffe and Zizek. Blachwell Publishers; Howarth, D. (2000), Discourse. Buckinghan, Philadelphia: Open University Press; Howarth, Normal y Stavrakakis (2000), Discouse Theory and Political Analysis. Identities, Hegemonies and Social Change. Manchester University Press.

Entendido desde el ángulo brevemente descrito, esta versión de la teoría del discurso tiene como objeto de investigación, la forma a través de las cuales las prácticas sociales articulan y responden a los discursos, que conforman la realidad social. En este orden de ideas, la lucha política pudiera ser definida, como una disputa para proporcionar significados a los significantes que constituyen y definen este ámbito de la cultura. Esta competencia por el «significado» es, por así decirlo, resultado del carácter contingente e inagotable de todo sistema de significación.

Significantes como pueblo, ciudadano, nacionalismo, patria, desarrollo, anti- imperialismo, industrialización, patriotas, Juan Bimba, mercado, bolivariano, desarrollo, descentralización, regionalismo, etc., han modelado históricamente el horizonte discursivo, dentro del cual se ha constituido y desenvuelto la actividad política venezolana. Desde luego, estos significantes han connotado diferentes significados a lo largo de la historia política del país. Retomemos el significante «pueblo» como ejemplo. A este vocablo, se le ha articulado distintos y opuestos significados, de acuerdo al contexto discursivo en el cual éste se encontraba insertado. Pueblo, en el contexto positivista, significa lo opuesto de lo que este significante connota en el discurso chavista (más adelante elaboraremos sobre este punto). En otras palabras, el significado de los objetos y sujetos de la actividad política, dependen de reglas y diferencias de significación construidas discursivamente.

Volquemos nuevamente la atención sobre el concepto de discurso. Como ya lo indicamos anteriormente, por este término entenderemos el sistema de prácticas significativas, que proporcionan las identidades a sujetos y objetos. En otras palabras, sistemas concretos de relaciones y prácticas sociales intrínsecamente políticas. Esta última condición, se deriva de la circunstancia que su institucionalización implica la construcción de antagonismos, el trazado de fronteras políticas que delimitan la diferencias entre «insiders» y «outsiders» y, desde luego, el ejercicio de poder. Bueno es resaltar que los discursos operan en un nivel de abstracción menor que el nivel discursivo, y que es en el interior de aquellos donde se despliegan los conflictos, antagonismos y exclusiones que supone la lucha política.

Detengámonos brevemente en torno al concepto de lo discursivo. Este término apunta a señalar, el horizonte cultural al interior del cual los sujetos y objetos adquieren su sentido histórico. Es decir, el significado que le es conferido a los objetos descansa sobre un sistema de reglas y diferencias de significación culturalmente construidas. Intentemos ilustrar esta afirmación a través de un ejemplo. A todo lo largo del siglo XX, el petro racionalismo estatal (7) se transformó en el horizonte discursivo que modeló y proporcionó las reglas de significación que fundamentaron los discursos políticos en Venezuela. Estos discursos fueron construidos sobre la base de tres grandes mitemas (8): Primero, la creencia en la eficacia de una suerte de ingeniería política que haría posible liberar a la sociedad de los humos y atraso, que se derivaban de los patrones culturales de corte tradicional; segundo, el culto a la idea de acuerdo a la cual, siempre existirá una solución «racional» para estos problemas culturales y políticos y, finalmente, la comunión militante con un tipo de universalismo reticente, a reconocer la particularidad de nuestras tradiciones culturales.

Sobre estos mitemas fueron edificadas las distintas versiones de los proyectos de modernidad, que se implementaron a lo largo del siglo pasado. Con prescindencia de sus orientaciones (positivista, desarrollista, democrática, liberadora, industrialista, bolivariana etc.), todas estas propuestas profesaban esta suerte de religión racionalista. Abrevaban en el mismo horizonte discursivo. En otras palabras, lo político: vale decir, la dimensión del antagonismo y hostilidad, se desenvolvió dentro de este sistema de reglas y diferencias, que organizó la producción del sentido de la política a lo largo del siglo XX. Es por esta razón que no parecería aventurado afirmar, desde esta perspectiva, que en nuestro país el tiempo cronológico, no tiene una necesaria correspondencia con el histórico. Lo político, aún en la actualidad, despliega sus contradicciones y antagonismos en el marco de estos dispositivo simbólicos (9). Desde luego, necesario es subrayar, que nuestra condición de país productor de petróleo, facilitó la transformación de estos mitemas, en las políticas públicas que han caracterizado el ejercicio administrativo del Estado Venezolano, a lo largo de este período histórico. Esta continuidad del horizonte discursivo, que he denominado petro racionalismo estatal, no fue óbice para la emergencia de distintos discursos políticos, que han competido por la hegemonía del espacio donde se desarrolla la dimensión de la política.

(7) Esta caracterización se encuentra emparentada, en cierto sentido, con la definición adelantada por Terry Lynn Karl, del Estado venezolano, como un Petro Estado. Véase: Kart, TL. (1997), The Paradox of Plenty. Oil Booms and Petro States. University oí California Press.

(8) El uso de este concepto a punta a enfatizar un cierto «grado cero de historicidad», presente en el núcleo del horizonte discursivo que hemos denominado petro racionalismo estatal. Este grado cero debemos interpretarlo, como una historicidad encerrada en sí misma, acerrojada por el mito. De ahí la recurrencia de estos mitemas, a todo lo largo de nuestro «tiempo histórico».

(9) Véase: Acosta, N. (1999), Dispositivos Simbólicos e Identidades Políticas en Venezuela. Espacio Abierto, Vol. 8, N° 1.

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(*) Universidad de Carabobo,
Centro de Estudios de las Américas
y el Caribe (CELAC)

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