El Gobierno acumula Errores Agrarios

La política agrícola que impone el Ejecutivo impide el desarrollo industrial del campo venezolano

Negarles a los campesinos la propiedad plena de la tierra que trabajan no ha dado nunca resultados positivos.

Se necesita un empresario del campo innovador, capaz de introducir tecnología moderna en los procesos productivos.

El Gobierno del Presidente Chávez sigue, en materia de política agrícola, una serie de recetas que han fracasado en Venezuela y en todos los países en que se han tratado de aplicar.

La primera de esas recetas dice: relación con la propiedad de la tierra. Negarles a los campesinos la propiedad plena de la tierra que trabajan no ha dado nunca resultados positivos. Y suponer que los
campesinos son tontos y que se les puede engañar con títulos rimbombantes pero que no implican la propiedad plena de la tierra, tampoco. El Gobierno actual se ha empeñado en crear papeles con
nombres raros –cartas agrarias, títulos de adjudicación de tierras, títulos de permanencia, instrumentos de tierras- con los cuales no se llega a ninguna parte.

Todos esos papeles suponen que la propiedad es, en última instancia del Gobierno, y que éste la asigna a quien estima conveniente, pero que así como la asigna, puede también requerirla el día que ello le parezca necesario. Es decir, para hablar en términos jurídicos, se asigna por tiempo indefinido el derecho de uso y de disfrute, pero no el derecho de disposición. No se puede vender, alquilar, ni transferir la tierra, y ni siquiera dejarla como herencia a sus descendientes. Sólo se puede trabajar en un marco de total inseguridad jurídica. Ese sistema no genera inversión de largo plazo, no permite asumir riesgos, incentiva la visión de corto plazo y lleva a que se genere una alta dependencia entre el campesino y los
funcionarios estatales del sector agrícola.

Modernidad

Una segunda política equivocada, muy relacionada con la anterior, es suponer que en todo campesino hay un potencial empresario agrícola.

El agente económico que se necesita para que la agricultura venezolana dé un salto adelante es un empresario agrícola innovador, capaz de introducir la tecnología moderna en los procesos productivos, de
correr riesgos, de vincularse con los mercados más exigentes a nivel nacional o internacional y de competir con sus iguales.

La única forma de decidir quién tiene esas cualidades –que obviamente no están uniformemente repartidas entre toda la población- es dejar que el mercado lo determine. La primera asignación puede ser realizada por el Gobierno, pero de allí para adelante, el que no tiene condiciones como para innovar, competir y/o aumentar la productividad, tiene que tener la posibilidad de vender su tierra, recuperar parte del capital que ella representa y dejar que la misma llegue, por un proceso de prueba y error, a manos de quienes puedan reunir las cualidades empresariales que el desarrollo agrario necesita.

Una tercera manifestación de los errores agrarios, siempre en estrecha relación con los dos errores anteriores, es suponer que el minifundio y el conuco constituyen el tipo de explotación agraria que tiene más potencialidades, como para asegurar altos niveles de producción y de productividad en el sector agrario. No hay ninguna consideración a las escalas óptimas de producción ni a los rendimientos crecientes con relación al uso de los diferentes factores productivos. No hay ningún análisis de las escalas de producción que hacen eficiente la tecnología moderna. Lo único importante es que se puedan criar dos vacas y cultivar algunas hectáreas de maíz. Eso puede ser muy folklórico y pintoresco, pero no ayuda al desarrollo de una agricultura moderna. Ayuda, sin embargo, a generar y sostener un
campesinado pobre y dependiente de las ayudas estatales, que parece ser lo que en última instancia realmente se quiere.

Realazos

Por último, se pretende que a punta de créditos abundantes y poco rigurosos en su asignación, se pueden sino solucionar, por lo menos tapar, todos los problemas anteriores. La vieja práctica nacional de
intentar solucionar los problemas a realazos. En este Gobierno y en anteriores, ya se ha pagado el precio de esa equivocación. No hay evidencia de que los altos volúmenes y las altas tasas de crecimiento de los créditos agropecuarios -que obviamente son aceptados o tomados por los agentes económicos que viven en el campo venezolano- hayan generado volúmenes igualmente altos de producción y de
crecimiento de la productividad agropecuaria, si no van acompañados por políticas sistémicas y sensatas que impliquen respeto a la propiedad, seguridad jurídica, precios competitivos y apoyo a la innovación.

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