La Alquimia de acuerdo a Jung (II)

Las referencias alquimistas en la obra junguiana se encuentran en casi todas sus obras, destacando especialmente su prólogo en El secreto de la Flor de Oro (1929), en el que incide sobre el Proceso de Individuación y el Arquetipo del Mandala, y en «Simbología del Espíritu» (1948), en el que se detiene sobre todo en el simbolismo del Mercurio Filosofal, (publicado en Fondo de Cultura Económica).

Nos agrega images google.co, que quizás es bueno citar algunos de los conceptos junguianos más importantes para poder captar mejor su interpretación «psicológica» de la Alquimia. En este sentido habría que empezar por su concepción amplia del psiquismo humano, pues para Jung, la psique no se limita al Yo consciente, sino al conjunto formado por la conciencia, (el ser consciente cuyo eje rector es ese Yo), el inconsciente personal, (lo vivido pero sumergido en el fondo de la psique individual), y el inconsciente colectivo que rodea a ambos por todos los lados y que está constituido por una serie de nódulos psicoideos, a los que llamó arquetipos, los cuales son los referentes inconscientes que modulan la producción de imágenes simbólicas e, incluso, de los comportamientos y «pautas de conducta» más elementales del ser humano.

El carácter que él denominó psicoide del inconsciente colectivo, es una de las claves «iniciáticas» del lenguaje críptico de Jung. Este gran hermeneuta suizo comprendió, con el transcurso de los años, que lo físico y lo psíquico son las dos caras de una misma moneda; que lo externo y lo interno se encuentran profundamente vinculados, que «como es arriba, es abajo», que el espíritu y la materia se encuentran hermanados en una unidad que el llamó psicoidea y que no es sino el «Unus Mundus» de alquimistas como Dorneus. Y este ámbito psicoideo, que caracteriza el inconsciente colectivo, se plasma en el mundo humano de forma física y psíquica, en una correlación sincronística con la máxima hermética que dice: «como es adentro, es afuera».

«Gerardus Dorneus -explica Jung- ve la finalidad del Opus alquimista, por un lado, en el conocimiento de uno mismo, que es, al mismo tiempo, conocimiento de Dios; y por otro lado, en la unión del cuerpo físico con la denominada «unio mentalis», la cual está formada por alma y espíritu y se produce a través del conocimiento de uno mismo. A partir de este tercer nivel del Opus se produce, como él explica, el «Unus Mundus», el «Único Mundo», un premundo o mundo primigenio platónico, que es a la vez el mundo del futuro, o bien, el mundo eterno», ( Carl A. Meier: Wolfgan Pauli y Carl G. Jung. Un intercambio epistolar. 1932-1958, Alianza Editorial).

Esta percepción psicoidea se evidencia en sus últimas obras, especialmente en Mysterium Coniunctionis, cuya redacción le llevó una década y que, afortunadamente, se está traduciendo al español para su publicación en un libro. Allí es donde Jung destaca que la «Unidad de la realidad», es ese trasfondo común «que es tanto físico como psíquico y, por tanto, ninguna de las dos cosas, sino más bien un tercer elemento, una naturaleza neutral que a lo sumo puede captarse alusivamente, pues en su núcleo es trascendental», o sea, metafísico, por utilizar un término religioso. Como ha señalado uno de sus biógrafos, Gerhard Wehr, se evidencia en la obra tardía de Jung, la gran importancia que adquiere «todo lo que no es psíquico o, más exactamente, lo que se sitúa más allá de la psique y de la materia, lo que abarca los dos ámbitos del ser, y de ese modo los reúne», (Carl Gustav Jung. Su vida, su obra, su influencia).

Lo psicoideo de los arquetipos, el «Unus Mundus» y su reflejo sincronístico explican, en términos junguianos, la «simpatía» en la respuesta de la naturaleza a la búsqueda anhelante del alquimista. Pero vayamos por partes para comprenderlo.

La Alquimia, para Jung, era ante todo una búsqueda espiritual en la que el alquimista, tratando de encontrar el espíritu mercurial, el «Antrophos», en los elementos de la naturaleza (en la materia), terminaba por hallarlo dentro de sí mismo, y donde queriendo redimir a la naturaleza se libraba a sí mismo. Según Jung, «tanto en Oriente como en Occidente, el núcleo central de la Alquimia está representado por la doctrina gnóstica del Anthropos y es, por completo, con arreglo a su esencia, una peculiar doctrina de redención» (Simbolismo del Espíritu). No todos lo lograban, ni mucho menos, pues era fácil quedar prendidos -como ahora- en la gran «red de la diosa Maya»; es decir, en los entrelazamientos provocados por las proyecciones psíquicas a través de las cuales uno ve en los demás, e incluso, en los objetos animados o inanimados, características que en realidad no son de ellos sino del inconsciente personal de uno mismo.

El Proceso de Individuación, nombre dado por Jung a la tendencia innata de la psique humana a encontrar su centro, su Sí-Mismo, es un camino progresivo de autoconocimiento, de desvelamientos de las proyecciones que nuestro inconsciente personal emana de forma natural, lo que supone una recuperación consciente de tales proyecciones y, consiguientemente, un gradual mayor conocimiento de uno mismo. Y ese Proceso de Individuación conlleva igualmente a ser consciente de la acción de los arquetipos psicoideos en nuestra vida, (la identificación, por ejemplo, con el arquetipo del Viejo Sabio nos haría creer que somos profetas, mesías, un engreído sabihondillo o algo por el estilo).

Este Proceso de Individuación, en opinión de Jung, es el que se refleja en los enrevesados términos alquimistas y todo su imaginario simbólico, si bien estimaba que la mayor parte de los alquimistas ignoraban, el juego de proyecciones en el que estaban inmersos y sólo unos pocos fueron conscientes de ello y superaron la «red de Maya».

La psique arcaica, según Jung, se encuentra fusionada e identificada plenamente con la naturaleza en una «participation mystique», (como la llamaba Lévy-Bruhl), debida a la enmarañada red de proyecciones -inconscientes, por tanto- que vinculan al mundo exterior con el hombre arcaico, (el hombre no racionalista que perdura hasta el Renacimiento, y el hombre de las tribus primitivas). Merced al Proceso de Individuación, y tras una serie ininterrumpida de «solve et coagula» -disgrega y reúne-, las proyecciones van desapareciendo, uno asume sus sombras y luces y se sumerge, conscientemente ahora y dotado de «personalidad», en el «Unus Mundus», circunstancia que explica por qué Jung, en su retiro de la torre de Bollingen, hablaba a las sartenes y otros objetos. Había recuperado la «unidad perdida» y su «centro».

No hay que olvidar, comenta Jung, que el ser humano, tanto física como psíquicamente, es un conglomerado de opuestos. En nuestros genes hay elementos masculinos y femeninos, y otro tanto acontece en el psiquismo. Para el hombre el «Anima» se encuentra inicialmente sumergida en el inconsciente personal, confundida y entremezclada con la «Sombra», pero una vez que ésta ha sido integrada, se transforma el «Anima» en un «puente» que nos enlaza con lo psicoideo, con el inconsciente colectivo y sus arquetipos. Es el elemento mediador. Ahora bien, como señala M.L. von Franz, «naturalmente, durante este período prosigue también el lavado, la calcinación, etc., de la «nigredo», pues la «Sombra» se asemeja a la hidra de Lerma, con la que luchó Hércules y a la que nacían constantemente nuevas cabezas en lugar de las cortadas».

Definitivamente se relata, que el interés de Carl G. Jung por la alquimia surgió, de su intenso entusiasmo por el gnosticismo y su deseo -ya desde 1912 de encontrar un nexo con los procesos del inconsciente colectivo que allanaría el camino, para que la sabiduría, (sophía) gnóstica, volviera a entrar en la cultura moderna. Jung encontró tal conexión en la alquimia, a la cual vio como análoga a la individuación, el proceso de convertirse en un todo. Jung tuvo muchos sueños significativos durante su vida, entre ellos uno en 1926 en el cual se vio a sí mismo, como un alquimista del siglo XVII que estaba creando un gran trabajo de alquimia. El sueño resultó ser profético, porque Jung hizo de la alquimia un punto importante en muchos de sus estudios. Inspirado por éste y otros sueños alquímicos, Jung reunió una gran cantidad de trabajos acerca de la alquimia y se sumergió en el estudio de la materia.

Su investigación estuvo influida, en gran medida, por The Secret of the Golden Flower, un pasaje chino místico y alquímico descubierto por su amigo Richard Wílhehn y que éste le había entregado en 1928 para que escribiera un comentario. The Secret of the Golden Flower le reveló a Jung, el vínculo entre el gnosticismo y la psicología del inconsciente. Al comparar el tratado chino con los trabajos de alquimia latinos, Jung encontró que los sistemas de alquimia, tanto de Oriente como de Occidente, trataban esencialmente acerca de la transformación del alma.

Jung se asombró al notar que muchos de sus pacientes, hombres y mujeres de ascendencia tanto europea como norteamericana, producían en sus sueños y fantasías, símbolos similares o idénticos a los de mitos, cuentos de hadas, cultos misteriosos y trabajos de alquimia. Esto le condujo a desarrollar sus ideas del inconsciente colectivo, una reposición de imágenes primitivas y patrones de conducta compartidos por la humanidad.

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