La guerra comercial que se ha desencadenado entre Estados Unidos y varios países importantes desde el punto de vista de su peso en el comercio internacional contemporáneo – en particular China – responde a la lógica de un país que visualiza que sus importaciones son sistemáticamente mayores que sus exportaciones, lo cual es más o menos parecido a decir que sus ingresos son menores que sus gastos.

Si eso le sucediera a cualquier otro país, distinto a Estados Unidos, entonces lo más probable es que ese déficit tenga que cerrarse por la vía de reducir las reservas internacionales con que cuenta ese país, lo cual sería equivalente, en el ámbito domestico, a decir que hay que comerse los ahorros. Esa es, indudablemente, una solución solo de corto plazo, pues a largo plazo las reservas no resisten una baja sostenida. En algún momento se acaban o llegan a un nivel crítico.

También ese eventual país con déficit comercial podría enfrentar la situación por la vía de endeudarse Pero tampoco los países pueden endeudarse indefinidamente, pues al poco andar hay que comenzar a pagar los intereses y amortizaciones de la deuda contraída, con los cual los gastos se incrementan, sin que se hayan modificado los ingresos.

Pero si el país deficitario es Estados Unidos la situación es diferente. Este país puede financiar su déficit comercial con su propia moneda. No necesita comerse las reservas ni tampoco endeudarse en moneda extranjera. Sencillamente emite dólares y los echa a circular por el mundo, el cual los acumula para usarlos como medio de cambio en sus otras transacciones comerciales internacionales, o para mantenerlos como depósito de valor. Así ha sido en los últimos 50 años, en los cuales Estados Unidos ha inundado de dólares al planeta entero, y éste le ha quedado agradecido por todo aquello.

Cualquier país del planeta Tierra quedaría feliz si pudiera pagar sus compras y sus deudas internacionales con su propia moneda, y que el resto del mundo acumulara o usara esas unidades monetarias para fines distintos a comprar bienes y servicio en el país que las emitió. Ese mecanismo, sin embargo, es bueno pero no tanto -como el cilantro- pues ha generado una situación en la cual la poderosa y misteriosa China ha acumulado una cantidad inmensa de dólares, los cuales le dan un poder muy grande en el plano económico y político internacional.
China puede, con sus reservas de dólares, comprar bonos de la Reserva Federal de Estados Unidos, y convertirse en su principal acreedor, o puede invertir en grandes obras de infraestructura en China o en Asia, o puede realizar préstamos financieros a países que los necesiten, en África o en América Latina, y que no quieran usar otras fuentes internacionales de crédito como la banca o el FMI.

También pueden realizar inversiones en Europa o en el propio Estados Unidos, con lo cual adquieren tecnología y participan como un productor importante en la generación de ciertas mercancías de alta importancia estratégica. Nada de eso le conviene a largo plazo a Estados Unidos. Por ello, hay que parar a los chinos, obligándolos a reducir sus exportaciones hacia Estados Unidos y tratando de hacer decrecer el déficit que Estados Unidos tiene con ellos. Se trata, en última instancia de un problema político, o geopolítico, que tiene su expresión en el plano comercial, pero que no se explica únicamente por lo que sucede en el campo de la economía.