La política es así: Autocomplacencia discursiva y economicismo catastrófico

Sin duda. El presidente Chávez goza de una amplia aceptación entre la población del país. Sin embargo esta conformidad generalizada es paradójica. Contrasta con lo errado de sus políticas públicas y la calamitosa situación que debemos enfrentar a diario los venezolanos. En ruina, por ejemplo, se encuentran los pilares sobre los cuales se sostiene nuestra calidad de vida. La educación y salud pública en el suelo. Padecemos los índices de inseguridad más alto de nuestra historia; inflación, corrupción rampante, achicamiento del espacio público y desmoronamiento institucional. A pesar de este sombrío escenario su figura goza, aún, de una popularidad apreciable y la oposición, desafortunadamente, no termina de sobrepasar el cerco discursivo que le ha impuesto este adversario.

Esta paradoja trae a colación una de las preguntas clave de la filosofía política: ¿porque los hombres combaten por su sometimiento como si se tratara de su bienestar? En otros términos, ¿qué circunstancia explica el éxito discursivo del presidente y el fracaso comunicativo de la oposición? ¿Sobre cuál condición descansa la veracidad o indiferencia que suscitan ambos relatos?

Dar respuestas a estas interrogantes es harto complejo e implica adentrarse en las contribuciones que han aportado a la comprensión de la política las ciencias llamadas del “lenguaje”. Sin embargo, intentaremos esbozar una línea de argumentación que podría ayudar a despejar estas incógnitas y aportar claves que faciliten el conocimiento de la dinámica cultural que caracteriza esta coyuntura política.

Sabemos que el menoscabo de las denominadas condiciones objetivas por si solas no da cuenta del quiebre de este liderazgo. Es inútil, en consecuencia, esperar que este deterioro produzca el relevo político ansiado. En este sentido, lo sensato sería orientar esta búsqueda hacia otra dirección. Explorar, por ejemplo, el plano del lenguaje. Esta disciplina enseña que la eficacia de una narración política radica en elevar el destinatario al mismo nivel de autoridad que el destinador del discurso. Esta circunstancia produce una identidad e intercambio de posiciones donde el destinador puede ser el destinatario, o el destinatario puede ocupar la posición del destinador. Ilustra esta situación aquellas coyunturas donde “pueblo” y “partido” se han evocado mutuamente. En sus inicios políticos, por ejemplo, los relatos de Acción Democrática y el Movimiento Bolivariano alcanzaron este nivel de virtualidad discursiva.

La oposición no ha ejercitado esta gramática. Antes por el contrario, su ejercicio político ha tendido a gravitar entre una autocomplacencia discursiva y un economicismo catastrófico. En otras palabras, ha orientado su propuesta hacia los sectores medios y depositado su esperanza política en la inviabilidad económica del proyecto socialista. No ha podido inscribir su práctica al interior de la compleja trama discursiva democrática. Quizás esta circunstancia explique la dificultad que experimenta en transformar al destinatario de su discurso en interlocutor. En cierto sentido, ha sido victima de la añagaza chavista: jugar el papel del “otro” en la dinámica de polarización que caracteriza el ámbito político en la actualidad.

En fin, es imprescindible la elaboración de un discurso que recupere nuestro pasado democrático y lo coloque como fundamento de la construcción del por venir.

No confundir sometimiento con bienestar y primarias con democracia

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