En este mes de diciembre se cumplirán 80 años de un hecho que dividió profundamente la historia del país: la muerte del general Juan Vicente Gómez. Un país atrasado, envilecido, en el que la mano fuerte del dictador se movía con rapidez para depredar, no había entrado aún en el llamado siglo XX, antes bien, languidecía víctima del paludismo, la disentería, la falta de educación, todo dentro de los inicios de la bonanza petrolera que nos alejó de producciones agrícolas para hacernos depender cada vez más del oro negro. En esas terribles circunstancias ascendió al poder el ministro de guerra y narina, general Eleazar López Contreras, quien lejos de querer eternizarse en el poder, como hubiese podido tras superar a los otros herederos del gomecismo, optó por ir sentando, con paciencia y aplomo, las bases preliminares de un ensayo democrático.

Si bien habrá elementos de la gestión pública de López Contreras que puedan criticarse, sobre todo en las implicaciones indirectas en la creación del ambiente previas al golpe del 18 de octubre de 1945, la nación entera le reconoce que tuvo la voluntad en 1936 de hacer lo correcto, de enfrentar los retos en diferentes frentes que suponía un país plagado de miseria que escapa de la enguantada mano del sátrapa.

Supo López Contreras rodearse de técnicos y políticos de primera línea como Alberto Adriani, Mariano Picón Salas, Manuel R. Egaña y tantos otros, con los que fue lavando ese rostro famélico y doloroso de Venezuela.

Ocho décadas después de esos aciagos sucesos Venezuela se encuentra en una nueva y terrible coyuntura. Necesita de sus mejores hombres, pero sobre todo de la voluntad sincera de hacerlo bien, de hacer lo correcto, sin populismo, con la firmeza del estadista y la sensibilidad del político de nación.

Para llegar a obtener esta positiva transformación en el país se debe pasar, necesariamente, por un gran acuerdo nacional para llevar a cabo esas profundas y necesarias reformas. Ya no podemos quedarnos en su enunciación somera, en ese atisbo dialéctico. No es un ejercicio intelectual, es la vida de toda una nación, dotada de recursos de todo género, la que está en juego aquí. Es imprescindible asimilar las lecciones que por décadas nos han sido dadas.

¿Podremos hacerlo? ¿Tendremos la voluntad de concretar estos vitales acuerdos en función de nuestro futuro y el de nuestros descendientes? ¿Podremos, como el general López Contreras en su momento, tener esa sabia decisión y voluntad?

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