Las rebajas arancelarias

El 1 de enero del año 2018 entró en vigencia una de las últimas clausulas pendientes del Acuerdo de Complementación Económica número 69, ACE 69, firmado entre Brasil y Venezuela. Según ella, ese día, en forma automática, 777 mercancías brasileñas dejaron de pagar aranceles al entrar al territorio aduanero venezolano, con lo cual queda establecida en forma plena un área de libre comercio entre ambos países. Brasil ya había liberado totalmente de aranceles, desde el año 2014, a las mercancías venezolanas que entran en su territorio, pero Venezuela había mantenido una lista de excepción de 777 mercancías a las cuales se les seguiría cobrando aranceles, crecientemente reducidos, hasta abolirlos totalmente el 1 de enero de este año.

Este hecho pone en evidencia varios aspectos interesantes de las relaciones económicas internacionales, por lo menos en el ámbito latinoamericano. En primer lugar, cabe subrayar el hecho de que este paso – constitución   plena de un área de libre comercio- no tiene nada que ver con el Mercosur. Aun cuando Venezuela entre, salga, vuelva a entrar o a salir de dicha agrupación subregional, el ACE 69 mantiene su vigencia. Si lo que se buscaba con el ingreso al Mercosur era liberar el comercio con los países que lo integran eso se podía lograr, por lo tanto, por otros medios. En realidad, lo que se buscaba era fortalecer un bloque político entre cuatro países que intentaban potenciar su liderato en al ámbito regional y mundial.

Lo segundo que vale la pena destacar es que el pleno establecimiento de un área de libre comercio – cero arancel en el comercio recíproco- va unido, en este caso particular, al peor nivel de los últimos años de los intercambios entre Venezuela y Brasil. En otras palabras, se pone en evidencia que la mera rebaja de los aranceles no genera una atracción irresistible entre dos economías. Puede ser un elemento que apunta en una dirección positiva. Puede considerarse que es mejor que exista esa liberación arancelaria, a que no exista. Pero no basta por si sola para potenciar el comercio. Mas aun, el comercio puede ser mucho más dinámico y floreciente con países con los cuales no se tiene firmado acuerdo alguno de liberación arancelaria.

Para que las mercancías de un país A sean altamente demandadas en un país B se necesita que estas tengan un nivel de calidad que les permita competir con las mercancías de la misma especie provenientes de otras partes del mundo. Si no hay calidad, no serán demandadas, aun cuando sean baratas.

En segundo lugar, las mercancías del país A deben entrar con un precio competitivo al mercado del país B. Ayuda en ese sentido el no pagar arancel, pero eso no basta. Es necesario que el precio al salir de la empresa productora en el país de origen sea suficientemente competitivo, como para ser preferido a los productos originarios de otros rincones del planeta. Pero es igualmente necesario que ese precio no se incremente demasiado como consecuencia de esperas, trámites, alcabalas, e ineficiencias de todo tipo – además de los fletes y seguros – para que la ventaja originaria de precios no se haga sal y agua en el camino hacia el puerto de destino. El caso venezolano-brasileño es un buen ejemplo de todo lo anterior.

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