Los asesinos de Bolívar

Ricardo Gil Otaiza | EL UNIVERSAL – Ni la memoria de Simón Bolívar, ni mucho menos sus restos mortales, han tenido reposo en los últimos tiempos, cuando desde una estrategia oscura y con fines inconfesables, se pretende cambiar la historia para ponerla al servicio de una causa comunistoide que jamás el propio Bolívar hubiese avalado. La exhumación de los restos del Libertador, llevada a cado entre gallos y medianoche, buscaba —entre otros derroteros metafísicos que hoy no entraremos a analizar porque asquean— dos aspectos esenciales: en primer lugar determinar si los huesos allí depositados eran efectivamente los del héroe y en caso positivo verificar si la hipótesis del envenenamiento podía ser sustentada desde la experticia científica, ya que sobre la base de los supuestos del propio presidente Chávez y de algunos pseudohistoriadores, es la que cobra mayor fuerza en el ámbito nacional e hispanoamericano.

Al parecer los resultados «científicos» dados a conocer esta semana a la opinión pública, confirman que efectivamente son los huesos de Simón Bolívar los que están en la cripta del Panteón Nacional. Con respecto al segundo de los puntos, no se ha podido verificar la hipótesis del asesinato del Padre de la Patria. Indica el informe presentado esta semana «que Simón Bolívar habría muerto por un tratamiento médico tóxico» (medicamentos arsenicales de uso en la época). Pero como Hugo Chávez, aparte de Presidente del país, entiende también a la toxicología (que es una rama de la ciencia), amén de que conoce perfectamente de lo humano y de lo divino (¿no es acaso Doctor Honoris Causa de algunas universidades del extranjero?), ha anunciado que sigue pensando que a Bolívar lo mataron los oligarcas de acá y de más allá de la frontera, quienes se confabularon para quitar del medio a quien fuera la figura central de la gesta independentista latinoamericana.

Yo sí creo en la tesis del asesinato del Libertador. Pienso, y en esto considero que me acompañan muchos compatriotas, que a Simón Bolívar lo asesinaron; pero no de golpe, ni tampoco con dosis crecientes de veneno oculto tal vez en algunas de las pócimas o brebajes, que el pobre tenía que tomar en medio de las calenturas de su celebérrima tuberculosis. Nada de eso. A Bolívar lo asesinaron de manera paulatina, quienes ávidos de poder necesitaban usurpar su nombre. A Bolívar lo fueron matando los políticos de oficio (de presidentes de la República para abajo) desde hace casi una centuria y media, cuando se inició, se oficializó, se inauguró (pónganle el vocablo que deseen) la religión bolivariana, que ha servido para cualquier cosa, menos para honrar con dignidad su nombre. A Bolívar lo han asesinado sin misericordia, quienes se esconden tras su pensamiento —y de su obra— para desde allí cometer sus fechorías. A Bolívar lo asesinan día a día, cuando tergiversan su ideario, cuando ponen en sus labios palabras que nunca pronunció, cuando se le endosa ser «socialista» sin percatarse siquiera —quienes esto repiten— que, muy lejos de su origen familiar y de su actuación pública está dicha «noción», que emerge muy posterior a su tiempo histórico. Asesinan a Simón Bolívar hoy, quienes abrazados a su bandera de libertad, llegan al poder y luego se convierten en opresores, en negadores del ser humano y de sus derechos, en castradores de una sociedad que busca con ansias su propio destino.

En definitiva, asesinan al Padre de la Patria quienes entregan las riquezas, el patrimonio y los bienes de la nación en manos extranjeras, privando a sus legítimos usufructuarios (los venezolanos) de tener una adecuada calidad de vida sobre la base de su trabajo y de su esfuerzo; quienes en pos de una quimera ideológica (inviable a la luz de nuestros tiempos), sostienen viejos sátrapas y aspirantes a tiranos sin importar siquiera cuán hayan sido sus crímenes contra la humanidad.

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