Mamá Petra (Parte 5 de 5)

VI

Caminando por la orilla del río, Mamá Petra y él ya habían dejado atrás las últimas casas de la población, cuando vieron la canoa que se desplazaba sobre las aguas apacibles. El canoero levantó la mano en saludo, y ellos respondieron con afecto. Cuando ella lo llevaba de la mano, el mundo era así, apacible y cálido en afectos; como si cada ser humano, cada pájaro, cada árbol estuviese unido a él por un nexo invisible de amor.

La laguna enfrente de la casa que Mamá Petra lo llevaba a visitar, menos que una laguna, era un charco grande dejado por el reciente invierno. Cuando llegaron, sobre su superficie estaba reflejada la tardecita amarillenta, y era como si las gallinas que bebían de sus aguas, los patos blancos teñidos de oro que nadaban sobre su superficie, Mamá Petra y él estuviesen todos inmersos en una luz salida de un cristal de topacio amarillo. De en medio de la gloria de esa luz, como ángeles etéreos, surgieron los sencillos residentes de aquella casa humilde, y los abrazaron con calidez. Fue entonces cuando Juan empezó a oír la voz del psiquiatra pidiéndole regresar, pero sin olvidar aquel glorioso ocaso. Y regresó como si recién había tenido cinco años. La presencia de Mamá Petra en su temprana niñez lo había unido al mundo. Podía sentir, más que entender, lo que era amar y ser amado. Ya no era un aislado y repudiado aborto de la naturaleza, sino un ser que tenía congéneres y estaba en unión y sintonía con ellos como lo estaba, también, con los pájaros, con los árboles, con la luz de topacio amarillo de las tardecitas serenas, con… Nunca más tendría la vaga impresión de nulidad, que lo había acompañado toda la vida; no volvería a ser tomado por el sentimiento de estar aislado y solo.

VII

La mañana en que Juan dejó el psiquiátrico estaba tan luminosa como la del día en que fue recluido, pero no salía él de allí ajeno a la belleza circundante, como aquel día, sino profundamente inmerso en el esplendor del verde de sus jardines y el rojo y amarillo de sus flores. Se sentía bendecido de llevar de la mano a su mujer de siempre, con los hijos adelante, abriendo el paso. Mientras caminaban por los amplios senderos y pasillos, tenía la sensación de que alguien se desplazaba detrás de él, lo que lo indujo a mirar varias veces hacia atrás, pero nadie lo seguía. Entonces le vino, acaso por asociación, el recuerdo sutil y dulce de otra mañana luminosa, tantas décadas atrás, en el medio mismo de su niñez, en que se sintió tan pleno como ahora. Estaba él en el matorral, con el suelo reseco por el verano y los pocos arbustos dispersos que luchaban por mantener el verde de sus hojas y el amarillo de sus flores diminutas. El ocre de la libélula casi la confundía con la ramita donde estaba posada. Él se le acercó sigilosamente. Moviendo su mano con extrema lentitud, la aproximó a una de las alas, hasta que la transparente estructura quedó entre su índice y pulgar. Cerró sus dedos, y quedó atrapada. Al niño le fascinaba ver de cerca una libélula. Después de verlas volar como ángeles del cielo, tan inaccesibles para él, poder sentir y ver su proximidad era un privilegio y una bendición. Para él, eran las criaturas voladoras más hermosas del mundo. La colocó sobre el dorso de su mano, mientras le sostenía el ala. Y así se la sostuvo por un tiempo largo, hasta que se la soltó con la misma extrema lentitud con que se la había asido. Y allí se quedó posada la libélula, por instantes sin fin, ignorante de que estaba por completo libre para emprender el vuelo hacia su beatífica libertad. Cuando, finalmente, se alzó por los aires, la siguió con su mirada hasta verla desaparecer en el azul del cielo. Entonces, cuando continuó su camino por el matorral, volvió a estar consciente de que él no andaba solo: detrás de él, como un ángel guardián, se desplazaba sutilmente Mamá Petra. (FIN)

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