Reconciliándonos

La tolerancia no es sinónimo de permisividad, sí lo es de amplitud y grandeza de alma. Es el tributo que el espíritu realmente democrático concede a la convivencia, sin caer en libertinaje, con presteza de ánimo y estando conscientes de que el supremo bien es el que cobija a todos por igual.

Al parecer fue el poeta inglés William Ernest Hanley (1849-1903), quien las concibió: ” Yo soy el dueño de mi destino; yo soy el capitán de mi alma“, pero hasta nosotros llegó en forma directa por boca del actor que personificaba a Nelson Mandela en el film de Eastwood, “Invictus”. Hasta el cansancio los escritores han señalado la inmensa manifestación de desprendimiento y nobleza que Mandela, preso durante 27 años, de un régimen racista y profundamente desconocedor de los más elementales derechos humanos, imprimió a su Gobierno en Sudáfrica entre 1994 y 1999. Su esfuerzo notable estuvo en comprender lo que Gandhi había expresado cuatro décadas atrás, “la paz es el camino” y esta otra: “No me gusta la palabra tolerancia, pero no encuentro otra mejor. El amor empuja a tener, hacia la fe de los demás, el mismo respeto que se tiene por la propia…”.

Renunciar a sus humanas apetencias de vengarse no sería tarea fácil, pero si necesaria para reconstruir una nación partida en dos toletes irreconciliables. La portentosa actitud de Mandela y lo que la hace admirable antes nuestros ojos, estriba en haberse vencido así mismo. Durante largas noches, en lugar de dejarse morder por el lobo hambriento del rencor, por la hiena grotesca de la ira, prefirió construir en su alma un país para todos. Víctima de la dominación blanca, arrogante, que humillaba y segregaba, que fabricaba guetos y excluidos, no pagó con esa moneda indigna de los espíritus templados en las vicisitudes. Mandela prefirió pasar la página, pero sin desconocer las realidades y las dificultades. Alguien dijo una vez algo, que aplicado a lo realizado por Nelson Mandela resulta atinado: “un líder es aquel que crea espacios donde todos queremos vivir”. Así lo hizo.

Cuando uno observa la Venezuela actual, crispada en odios, en resentimientos, y ve como ese conglomerado de seres humanos que llaman el soberano, ha sido, sistemáticamente excluido por décadas de reales y concretas oportunidades de surgir y crecer espiritual y materialmente, uno no puede dejar de desear el advenimiento de un régimen de libertades, respeto, justicia, eficiencia y sobre todo de alma reconciliadora, de talante superior en lo ético y en lo moral.

Muchas son las heridas abiertas, variadas las ganas de cobrarse afrentas, maltratos, abusos; pero también es cierto que sí queremos, como lo hicieron los sudafricanos bajo la égida de Mandela, construir una nación donde todos quepamos, hay que hacer el esfuerzo continuo de desmantelar la inquina y las vendettas. Solo de esta manera haremos propia las palabras de Hanley en cuanto a ser poseedores absolutos de nuestro destino colectivo. Dejarnos llevar por las pasiones contrarias sería abrir nuevos ciclos, y de lo que se trata es de cerrar definitivamente el que ha llevado a las fracturas y a las injusticias.

Probablemente en la historia venezolana el único Gobierno que se asemejó ligeramente a un clima de reconciliación y concordia, fue el correspondiente al del General Isaías Medina Angarita, (1941-1945); lamentablemente todo el cuadro de condiciones no se dieron, para que se convirtiese en uso y costumbre en nuestra vida republicana.

Prepararse para una transición en Venezuela, con el menor número posible de retaliaciones, restañar heridas, producir un ambiente propicio para la reconciliación de todos los venezolanos no será tarea sencilla, más sí impostergable. De seguro, es una de las bases principales del nuevo edificio que representará al país ante el futuro que no admite dilaciones ni torpezas.

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