Sin perjuicio de que muchas veces se hace uso y abuso de los conceptos de táctica y de estrategia, la verdad es que esos conceptos tienen muchísima importancia tanto en la guerra, como en la economía y en la política. La estrategia fija los grandes objetivos y las líneas directrices respecto a cómo se pueden alcanzar esos objetivos. La táctica dice relación, en cambio, con las acciones concretas y especificas encaminadas a lograr esos objetivos señalados por la estrategia.

Así por ejemplo, si un político quiere ganar una  elección mediante el apoyo de la juventud puede hacer para ello visitas a las universidades o retratarse con líderes juveniles que gocen de apoyo popular. El retratarse con líderes sindicales o visitar ancianatos – aun cuando puedan ser acciones positivas en sí mismas-  no serian medidas cónsonas con la estrategia señalada. La estrategia exige, por lo tanto, una visión general y de largo plazo de las fuerzas que se enfrentan, y una jerarquización de las opciones que están abiertas como para lograr el objetivo buscado. No es lo mismo, por ejemplo, en el campo de la guerra, llevar adelante una guerra popular prolongada contra un enemigo que ha invadido el territorio ajeno, que llevar adelante una guerra rápida y sorpresiva contra la capacidad militar de un enemigo externo. No es lo mismo llevar adelante una guerra de guerrillas, que desgaste a un enemigo que actúa en territorio ajeno y hostil, que llevar adelante una guerra que enfrente en batallas decisivas a dos ejércitos de similar tamaño.

La estrategia exige, desde luego, conocer al enemigo y saber cuáles son sus fortalezas y sus debilidades, de modo de saber cómo llevar adelante la guerra contra éste. Es impensable llevar adelante una guerra contra un enemigo inexistente o contra un enemigo que se desconoce en sus capacidades y en sus objetivos.  Un diagnostico equivocado puede llevar a perder la guerra incluso antes de que esta comience.

La estrategia es la que le concede sentido a la táctica que se lleve adelante. En la guerra, atacar una determinada posición del enemigo solo tiene sentido si eso contribuye a lograr los objetivos estratégicos. Esa acción táctica puede ser muy positiva, si contribuye a lograr esos objetivos estratégicos, o puede ser muy negativa si distrae esfuerzos y recursos en objetivos que no dicen relación con el curso estratégico trazado. En otras palabras, una determinada acción táctica no es buena o mala en sí misma, sino en función de si está o no en correspondencia con una determinada estrategia, es decir, si conduce a no a lograr los objetivos últimos y fundamentales que definen el curso de la guerra.

Sin estrategia no hay táctica que sea buena. La estrategia no es una suma desordenada e inconexa de acciones tácticas. Si cada uno lleva adelante las acciones que estime conveniente, juzgando la conveniencia de cada una de ellas solo con un sentido local e inmediato, es posible que muchas de esa acciones tácticas se ganen pero que se pierda la guerra, pues no se ha definido o diferenciado en forma correcta lo decisivo de lo adjetivo.

Todas estas reflexiones vienen al caso pues todo parece indicar que el gobierno – y el partido que se confunde con este –  han perdido totalmente el sentido estratégico de su accionar. Conservan todavía una inmensa capacidad táctica pues tienen hombres, instituciones, posiciones de poder y recursos, como para hacer muchas cosas, pero no podrán ganar, pues carecen de estrategia. En otras palabras, no saben que es lo que quieren y no saben como conseguir eso que quieren. Han puesto en el centro de su discurso una terminología militar –la guerra económica- para intentar atraer la adhesión de los militares, pero no tienen idea de cómo ganar esa guerra. No saben quién es el enemigo, y por lo tanto, lo ven en todo lo que se mueve. No saben cómo lucha ese enemigo ni saben cómo vencerlo. Ni siquiera saben si ese enemigo existe o si es una mala creación de sus asesores de marketing. 

En el plano estrictamente económico –con todo el riesgo que siempre existe al separar la política de la economía- no saben cómo detener la crisis en que se encuentra el país: ¿Quieren dejar que la crisis se solucione sola? ¿Esperan parar la inflación? ¿Buscan algunos dólares adicionales para superar el año como se pueda? ¿Desean aumentar la producción nacional? ¿Están por sustituir importaciones? ¿Van a aumentar las exportaciones no petroleras? ¿Quieren atraer inversiones extranjeras? ¿Es necesario reducir el déficit fiscal? ¿Pretenden poner a producir a las empresas en manos del estado? No hay una línea estratégica clara. No hay objetivos centrales que le den sentido a todas las acciones tácticas que van tomando. Pueden subir el precio de la gasolina, pero sin saber para qué. Pueden devaluar el bolívar, pero no saben qué objetivo se persigue con ello. Si lo supieran tomarían un conjunto de medidas complementarias que apunten en la misma dirección, y despejarían el terreno de todas aquellas medidas y situaciones que entorpecen en buen logro del objetivo central que se persigue. Cambian un  ministro por otro, y ninguno de ellos tiene un plan global que ofrecerle al país. Cada uno de ellos actúa con el criterio de “allí vamos viendo”. El único objetivo que parece claro es conservar el poder tanto como se pueda, para ver si algún  milagro de la economía internacional viene a sacarlos del pozo en que se encuentran.

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