Tú dulzura de Confitura de Merey

Hoy vi de lejos el mar. Me encandiló su luminoso quejido. Siento una tos lejana dentro de mis propios pulmones. Las tertulias en las noches de ergástula son cada vez menos frecuentes. Siento que la parca me guiña un ojo. Mi riñones no me obedecen y, la crisis de mis magullados tobillos me da que hablar conmigo mismo. Nada de cartas. Semanas sin un papel entre las manos. Oigo llantos en la oscuridad. Almas solitarias que se quiebran en la hora más altiva de la noche.

Al fin una carta. Papel, Lápiz. Libero a ese ángel llamado verso. A esos versos que llaman odas. Esas Odas que forman vísceras de afecto, anti-amarguras. Agriarse es conceder victoria a los esbirros, a esos desdichados, exiliados de la bondad. Ni una concesión a la muerte que, me acaricia con sus alas de cisne. Hoy escribo de nuevo, los trazos me ayudan con la tos que me zarandea a gusto. El castillo es un gigantesco pulpo, que me va hundiendo en la oscuridad turquesa del olvido.

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