Alguien debe decirlo

Alguien debe decir, que la manera cómo se viene desenvolviendo la confrontación del ministro del Poder Popular de Universidades, Edgardo Ramírez, y los rectores de las universidades autónomas, en nada ayuda a abordar el problema de la educación superior de nuestro país, con la seriedad y el cuidado que el mismo proceso bolivariano amerita.

Un problema tan importante y complejo, como lo es el de construir la nueva geometría de la política universitaria, que responda a los requerimientos de la nueva arquitectura del Estado venezolano, expuesta en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, necesita que desde el Gobierno bolivariano se impulse una seria rectificación que permita acortar las distancias que lo separan de las mayorías de las comunidades universitarias. Se trata de reconocer la necesidad de una rectificación que supere un alejamiento creciente, que sólo ayuda al discurso de los sectores universitarios, que históricamente han venido fortaleciendo conductas y procesos ajenos a los valores éticos de la autonomía.

Asumo la responsabilidad de decirlo, porque alguien debe hacerlo y porque creo tener la moral para hacerlo. Una conducta revolucionaria sería, asumir la voluntad política de acortar distancias entre el Gobierno bolivariano y las comunidades universitarias. Quienes dentro de las universidades autónomas asumimos la defensa del proceso bolivariano, sentimos la necesidad de un mensaje del gobierno nacional que estimule las energías potenciales universitarias para construir la universidad de la emancipación.

Acortar distancia para impulsar el diálogo sincero y sostenido. No es el diálogo para que, en nombre de la autonomía todo quede igual. No es el diálogo para hablar de cambio sin que nada cambie. No, es el diálogo para que en nombre de la autonomía se le abran caminos a un proceso transformador y esperanzador, con la participación protagónica de los universitarios. Ese propósito requiere, desde el Gobierno nacional, de una conducta política adecuada que se debe expresar en los hechos y en los discursos.

Eso no es posible con un discurso descalificador, que se hace en nombre de la revolución bolivariana y que sólo ha logrado alejar a la revolución de la comunidad universitaria.

Un discurso así, lejos de fortalecer las energías potenciales universitarias del cambio necesario, las debilita.

De allí que exprese mi preocupación de que esa voluntad política no sólo no se haya asumido, sino que además, se le pueda calificar de contrarrevolucionaria.

Por eso, para quienes desde el seno de las universidades deseamos que un aspecto tan estratégico, como lo es que la contribución del talento universitario, sea incorporada en la lucha por la emancipación, resulta contradictorio que se vea bloqueado por una conducta política que considero equivocada. No es sano para el destino de país que un asunto de tanta importancia, como lo es la política universitaria, se desarrolle en un escenario de descalificaciones, que no aborda el problema universitario desde una voluntad política esperanzadora que dé a las comunidades universitarias, un mensaje claro de acercamiento y de apoyo a la solución de sus problemas más importantes y procure acuerdos de Estado para emprender necesarias rectificaciones institucionales y construir alianzas estratégicas, que garanticen la contribución de todas las universidades a las políticas nacionales derivadas del Plan Nacional Simón Bolívar. Acortar distancias para vencer resistencias, para vencer la decepción y abrirle camino, en la conciencia universitaria, a las políticas que se deriven de la Ley Orgánica de Educación.

Ese diálogo necesario ya lo veníamos transitando con acuerdos importantes en áreas fundamentales de la política universitaria. Pero lejos de fortalecerse, desapareció. Para quienes vivimos a diario la vida universitaria, conocemos el descontento creciente de una comunidad que se siente desasistida. No es el descontento de una comunidad de oligarcas o burgueses. Es el descontento de quienes, desde las universidades esperan del Gobierno bolivariano, la atención a sus necesidades más apremiantes, que las hay.

Una revolución que luche por la emancipación debe hacer todo lo posible por no alejarse de los centros de creación del conocimiento, aun a pesar de las conductas políticas personales de sus autoridades. Pero esa voluntad de acortar distancias no es una responsabilidad sólo del Gobierno bolivariano. Es necesaria e ineludible una profunda contribución de las comunidades universitarias. Se requiere, de ellas, un compromiso ético colectivo de transformación hacia una comunidad que asume la autonomía como un valor fundamental para su autointerpelación permanente, para rectificar e impulsar, desde adentro, los cambios necesarios que la acerquen a las necesidades de un país que se planteó conquistar su emancipación y construir a la creación de una sociedad de derecho y de justicia.

Las universidades deberán abrirse a su propio proceso constituyente, desde adentro de cada una de ellas. No hacerlo es seguir el rumbo equivocado.

Yo sé que ésto no es fácil, pues hay sectores universitarios cuyo propósito político no es acortar distancias. Pero ojalá que desde el Gobierno bolivariano, no se les siga ayudando.

Fuente: www.panorama.com.ve
Prof. Antonio Castejón

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