La prestigiosa Universidad Wharton, de Estados Unidos, publicó recientemente un interesante artículo en el cual analiza los montos y la peculiaridades de los préstamos que China viene canalizando hacia los países de América Latina.

Resalta, en primer lugar, en dicho trabajo, que China prestó en el año 2014, a los países de la región, un  monto total de 22.100 millones de dólares, lo cual es un monto que supera -aun cuando levemente, a lo prestado por el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo. 

De ese total de fondos prestados, 8.600  millones de dólares fueron a  Brasil, 7.000 millones de dólares a Argentina, 5.700 millones de dólares a Venezuela y 820 millones de dólares a Ecuador. En el año inmediatamente anterior, es decir, en el 2013, los créditos procedentes de China habían  alcanzado la suma de 12.900 millones de dólares, de los cuales 10.100 millones de dólares se habían canalizado hacia Venezuela.  Es evidente, entonces, que China ha diversificado a sus clientes latinoamericanos y ha aumentado en forma sustantiva los montos involucrados en estas operaciones de crédito.

Los préstamos otorgados por China, hasta este momento, son fundamentalmente operaciones crediticias pactadas de gobierno a gobierno. Esto es muy importante, pues rompe las características  más resaltantes del sistema financiero internacional contemporáneo. Hoy en día, cuando un país está en apuros financieros tiene dos vías convencionales para solucionar sus problemas: una posibilidad es emitir bonos, que son comprados por una cantidad desconocida de anónimos inversores internacionales. La otra modalidad de financiamiento es acudir a los organismos financieros  multilaterales, tales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Interamericano de Desarrollo o la CAF.  Todos estos últimos organismos tienen algún grado de condicionalidad que debe ser cumplida por el gobierno solicitante. Además, estos créditos son los primeros que se pagan, una vez cumplidos los plazos correspondientes, por sobre los créditos comerciales o los créditos conseguidos por la vía de la emisión de bonos. Gozan esos bancos de ese privilegio de ser los prestamistas más favorecidos en caso de dificultades de pago. Pero ya es muy raro el flujo de créditos de gobierno a gobierno. Con China, sin embargo, esa modalidad ha recuperado viejos espacios perdidos.

El hecho de que los créditos chinos sean el resultado de negociaciones de gobierno a gobierno, los hace menos transparentes en cuanto a su condicionalidad o a sus formas de pago. Cabe recordar, en ese terreno, las dudas que la sociedad venezolana tiene sobre los términos en que se han pactado los créditos recibidos  de parte de China. Todo parece indicar, en todo caso, que la condicionalidad china es menor que la que imponen los organismos crediticios internacionales, por lo menos en lo que se refiere a las tasas de interés.  Se supone incluso que también son menores los  condicionamientos de carácter medioambiental que están tan de moda en el mundo contemporáneo. Suelen, en todo caso, haber condicionamientos en términos de realizar, con esos créditos, compras en China y/o contratar obras y proyectos con empresas chinas, lo cual también es una práctica presente en los créditos que otorgan los organismos crediticios bajo control de Estados Unidos.

China es el primer protagonista del comercio internacional contemporáneo, y actúa en ese campo presentando una balanza comercial superavitaria; es decir, vende más de lo que compra, lo cual le ha permitido acumular un volumen sideral de reservas  internacionales. Tiene caja, por lo tanto, como para otorgar créditos y como para financiar inversiones en otros países. Obviamente su accionar crediticio  o inversor se lleva adelante con criterio de negocios, es decir, asegurándose de que los capitales involucrados se recuperen y dejen una saludable ganancia. Sus préstamos de gobierno a gobierno se verán reforzados dentro de poco, con la creación del Banco Asiático de Infraestructura y con el Banco del BRICS, que se convertirán en organismos financieros internacionales, con dominio accionario chino, que servirán de canal adicional para reciclar en el sistema comercial y financiero internacional los dólares que China recibe, como consecuencia de su incesante expansión comercial internacional.  Todo esto no puede sino verse como favorable para los países en desarrollo, no por tratarse de los chinos, sino por ampliar las opciones de créditos y de inversiones presentes en el mundo contemporáneo y por crear algún grado mayor de pluralidad y de competencia en mercados tradicionalmente muy monopolizados por los países desarrollados.

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