El Adiós

I
No hace falta que te vayas, papá; —me dijo—tú no tienes que dormir con mamá: yo te daré un lado en mi cama. Y esperó mi respuesta con su mirada infantil inquisitiva fijada en mí, mientras el tiempo parecía haberse detenido, angustiosamente, para todos nosotros; ¿cómo explicarle que era infinitamente más complicado que un simple cambio de sitio de dormir? Y no menos angustioso para mí era el silencio inamovible y la expresión ausente de mi hija, que me miró meter mis pocas cosas en mi antigua maleta, como si fuese una estatua colocada en un rincón de la habitación. Cuando la abracé, sólo logró decirme, entre sollozos, que mi pantalón estaba viejo, ajado, y que se me había olvidado ponerme la correa.

II
Mi nueva estancia está oscura; no he tenido la fuerza para encender las luces. El sentimiento de aislamiento y soledad es tan intenso, que quisiera que alguien tocara a mi puerta, aunque sólo fuese por equivocación. He tenido que mandar a colocar rejas en las dos ventanas de mi habitación, porque desde que llegué, sentía un impulso casi irresistible e irracional de lanzarme contra sus cristales, desde el quinceavo piso. Mis hijos deben estar durmiendo, plácidamente. Me pregunto, si habrán echado de menos la lectura y conversación nocturnas que solíamos tener; los extraño tan profundamente, y me duele pensar que pudiera estarme convirtiendo para ellos en un vago recuerdo. Miro las luces de un lejano portón, allá abajo, distorsionadas por la tormenta que fustiga mis ojos, y me imagino un cálido hogar detrás de ese portón.

III
Mi pequeño tesoro está metido en un cofre de paredes etéreas como los sueños. Allí tengo guardados los sonidos de las ranas que, desde sus charcas, me contaban, de niño, historias antes de dormirme bajo el techo de hojas de palma de mi casa; están, también, los cantos de los grillos, que añadían sus propios matices a aquellas historias que me sumían en éxtasis. En algún sitio del cofre está la luz amarillenta, de tardecitas adornadas de libélulas y mariposas, y, en algún otro, aquélla vela que alumbraba las noches tranquilas de mi rincón, en mi destartalado pueblo natal, tan lejos, ahora, en el tiempo y el espacio. E, impregnándolo todo, como pompas intangibles, están mis sueños, siempre tan llenos de una rectitud rayana en la ingenuidad, que me llevó a la lealtad sin límites.

En medio de la oscuridad de mi nueva estancia, me doy cuenta de que mi pequeño tesoro sólo tiene valor para mí mismo. Pero quiero creer que, algún día, los cofres del tesoro de mi hijo y de mi hija estarán llenos de las mismas cosas que llenan el mío.

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