El Pataruco

Este cuento, basado en un hecho de la vida real,
lo dedico, con especial deferencia,
a mi amigo y hermano Prof. Ing. Wilfredo Mesa
.

I

Cuando tomé mis libros y me dispuse a partir para la escuela, viendo casi sin mirar hacia el patio trasero, me sorprendí: el torpe pataruco blanco, con las plumas de su cuello desplegadas en un abierto desafío, se enfrentaba al ágil y enfurecido gallo de pelea. Cansado de huir, intuyó de inmediato mi mente de niño rural, el gallo pataruco había decidido jugarse el todo por el todo: estar dispuesto a morir antes que seguir siendo humillado cotidianamente. Aún hoy día, cincuenta y ocho años más tarde desde esa luminosa mañana, me duele haber tenido que seguir mi camino, sin observar el desarrollo inicial de aquella confrontación: llegar tarde al colegio era una infracción imperdonable.

II

Hasta la llegada del gallo de pelea, el gallo pataruco había llevado una vida feliz en el patio trasero de mi casa. Para mí era como un amigo, o, mejor, como un miembro más de la familia. Las diez o quince gallinas que allí habían eran sólo para él; las montaba por igual, sin ningún tipo de preferencia. Pero su paraíso terrenal se trastornó por completo, cuando trajeron al gallo de pelea.

Era supremamente hermoso el gallo de pelea, de un marrón oscuro, con algunas plumas de rojo y azul marino. Su pico y sus espuelas eran como lanzas pronunciadamente puntiagudas, y su cuerpo esbelto, era ágil y liviano.

Se podría decir que la naturaleza lo había creado como obra de arte; había en él balance, ritmo, movimiento, armonía; en suma, acabada composición artística. Tan diferente al pataruco, que parecía una pelota grande forrada de plumas y provista de patas, pesado, ordinario y físicamente fuerte. Era de un color blanco monótono, interrumpido sólo por el rojo de su cresta. Pero no quise al gallo de pelea, desde su propio arribo. Aquella obra de arte no tendría más de dos minutos de haber llegado al patio trasero de mi casa, cuando ocurrió nuestra primera desavenencia. El pataruco, que se había mantenido a una distancia prudente del recién llegado, corrió detrás de una gallina, con intenciones de montarla. Fue entonces cuando aquel forastero, como si estuviese impulsado por un cohete, se abalanzó sobre el pataruco, alcanzándolo cuando apenas se había posado sobre la gallina. De allí lo tumbó a picotazos, para luego perseguirlo por todo el patio. Yo percibí la vergüenza y la humillación del pataruco, que se metió en un rincón del patio, sin atreverse a mirar en la cara a las gallinas. Tuve el impulso de agarrar un palo y arremeter contra aquel elegantísimo demonio, pero me frenó el saber cierto que, si lo hacía, terminaría, yo también, apaleado.

Desde el arribo del gallo de pelea, y por meses sin fin, el pataruco vivió aterrorizado. Cualquier intento de montar gallinas terminaba, para él, en desastre, atropellado por el intruso. Incluso, éste lo atacaba de sorpresa, frecuentemente, sin que siquiera él se acercara a gallina alguna, forzándolo a refugiarse en algún rincón, alejado del resto de las aves. Y de no haber sido porque yo lo alimentaba aparte, el pataruco se habría muerto de desnutrición, pues el otro gallo no le permitía acercarse al maíz desgranado que se tiraba en el patio para alimentación de las aves.

III

Cuando llegué a casa, de vuelta de la escuela, me había olvidado de los gallos. Un interrogatorio en clase, de parte del director, se había ocupado de disipar mis pensamientos sobre lo que estaba ocurriendo a mi salida en la mañana en el patio trasero. Hacia allí me dirigía, después de dejar mis libros en cualquier sitio, cuando el curso de mis pensamientos fue sacudido justo a la entrada: ¡el pataruco y el gallo de pelea continuaban inmersos, después de horas, en su confrontación!

Las plumas blancas del pataruco estaban manchadas, aquí y allá, del rojo de su sangre. Su cresta tenía pronunciadas cortadas. Un sentimiento de profundo respeto por aquellos dos seres, que estaban dirimiendo un asunto personal entre ellos, me impidió interferir. Además, entendí que la decisión del pataruco de enfrentar a su eterno agresor, tenía que ser respetada; era un ahora o nunca. No podía privarlo de la posibilidad, si bien incierta, de quitarse de arriba una maldición. Me senté a observar. El pataruco no mostraba intención alguna de desistir en su empeño de liberación. Arremetía con fuerza con su pico y sus espuelas, incansablemente, tal vez ayudado por la fortaleza de su cuerpo ordinario. Pasó una hora, y el gallo de pelea empezó a dar muestras de agotamiento. A veces intentaba huir, acaso para recuperar sus fuerzas, pero el pataruco lo perseguía implacablemente, lo que lo obligaba a darse la vuelta y a reanudar el combate. Pasó otra hora, y el cansancio del hermoso animal se hizo insoportable; caía sobre el polvo del patio y no se levantaba por segundos sin fin, mientras recibía el castigo sin tregua del pataruco. Finalmente, se levantó y emprendió la retirada definitivamente. El pataruco había recuperado su patio. Y así fue hasta su muerte natural, mucho tiempo después.

IV

El reinado del pataruco fue muy diferente al del gallo de pelea. Sí, ciertamente, con frecuencia perseguía a su antiguo agresor para impedirle montar una gallina. Pero no siempre. Solía hacerse el desentendido cuando veía que su elegantísimo rival, tenía gran necesidad de acoplarse: entonces permanecía impasible, mientras el otro saciaba su necesidad, con cualquier gallina que se le antojara. Para mi entendimiento de entonces, el pataruco habría compartido las gallinas con el gallo de pelea en igualdad de condiciones. Pero si no lo hacía era sólo, para recordarle al otro, que no le permitiría, nunca más, un atropello. Por lo demás, siempre le permitió acercarse al maíz que se tiraba en el patio, sin restricción alguna. Yo habría jurado, en aquellos días, que cuando el simplón pataruco murió, el regio gallo de pelea lo echó de menos. Como cuando los niños de la escuela echamos de menos a aquel maestro que partió de este mundo, que por exigente y estricto no queríamos, pero que sabíamos estaba por encima de nosotros y de los demás maestros.

V

Vino la adolescencia y la escuela secundaria, y con ello, cambiaron mis intereses. De mi febril imaginación infantil desaparecieron las aves del patio trasero, y más aún, así ocurrió cuando abandoné mi casa y mi pueblo, para continuar mis estudios. Por años sin fin olvidé al pataruco. Pero su memoria vino a mí en todo su esplendor, el día en que cumplí mis cuarenta años. Aquel día estaba yo inmerso en una profunda depresión. Después de media vida de esfuerzos, mis ideales se habían estrellado contra la magnitud avasallante de poderes más allá de mis fuerzas, para los cuales esos ideales eran inconvenientes. Ante aquellos poderes me sentía enano. Mientras estaba tendido sobre mi cama, en la penumbra de mi habitación cerrada al sol, inexplicablemente empezaron a desfilar por mi mente los años de mi niñez. Y allí me encontré, de nuevo, en el patio trasero de mi casa, observando con intensa atención el combate de dos gallos que intentaban resolver un asunto personal, en el que yo no debía interferir. Aquellas escenas del combate fueron apoderándose, lentamente, de mis pensamientos y de mis emociones, hasta que me tomaron por completo. Cuando me paré de la cama y corrí las cortinas, la luz del día entró a cántaros en mi recinto. Miré hacia el mundo allá afuera, y me vino la certeza de que reanudaría mis luchas dispuesto a no perder, nunca más, la esperanza de vencer.

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