El Pintor de las Repeticiones Múltiples

“Es una plenitud que me filtra
por las desmesuradas pupilas…”

Carlos Silva

Venía de otro pueblo. Cuando llegó a Guanapito tendría yo unos catorce años. Al cruzar la plaza me llamó la atención de un sólo impacto de retina. Era alto, barbado y de un color aceituna, que le recorría como una venda el esquelético cuerpo. Recuerdo, que traía a cuestas un caballete viejo y un raído morral, en el que (supe, luego) guardaba los colores, esos mismos colores que inundaron como langostas hambrientas la tela que rápidamente tensó en la plaza. Se dedicó luego a trabajarla ajeno a mis miradas, como en un absorbente rito de creación venerante. El primer día no avanzó mucho. Sólo se divisaba un boceto tierno, un amago de dibujo, que lentamente comenzó a llenarse de líneas precisas así como de vivaces manchones. A mediados del tercer día, y sin que hubiera podido averiguar el sitio donde pernoctaba el infatigable artista, quien sin prisa vertía en el inhiesto lienzo la carga emotiva que lo impulsaba, desde un punto invisible fuera de él, tal vez ubicado en la ardiente plaza, que aplastada por el Sol le urgía a continuar. Me aposté (ya avanzado el cuadro) como centinela a otear la naciente imagen. Poco a poco, y debido a su concentración desmedida, pude acercarme más la tarde del cuarto día. Me asomé a la tela y logré atisbar lo que sería la escena que brotaba de los hilos de la tela, y del inquieto pincel. Vi una Ciudad de esas que aparecen en los Libros: observé una calle empedrada bajo una atmósfera de bruma, la fresca brisa que cruzaba la calle se podía sentir por segundos, erizando. Por la calle avanzaba una pareja: ella mucho más joven, medianamente alta, de rasgos orientales y andar imperioso, con una delgadez anoréxica, tan pronunciada como la del pintor que la moldeaba con la pasta de colores. Estaba ataviada con un ceñido traje color ocre, y una bufanda de malva, que ocultaba de modo infame su cuello de cisne. Ella atenazaba al hombre con una presión desusada, asfixiante. Él avanzaba vacilante, con una mirada vacua y un bastón nerviosamente asido en su mano derecha. El rostro del hombre brotaba del pincel abandonando el boceto, con una sonrisa a medio camino entre la burla y el desprejuiciado hastío, que confiere la ceguera a algunos de sus más selectos discípulos. Sus maneras, aunque suaves, eran escarpadas. Las canas poblaban su cabeza, grande y bulbosa. El cuello estaba rematado por una corbata azul petróleo, que ondeaba ligeramente con el viento. Hasta allí, era un cuadro más, como aquellos que podíamos apreciar en las contadas ocasiones, en las que la Alcaldía de Guanapito organizaba exposiciones. Sin embargo, algo tenía de especial esa pintura, algo que se podía percibir detrás del bizarro lienzo, un rastro, un asomo. El pintor concluyó el cuadro al séptimo día, y con él se dirigió a la casa del hombre más rico del Pueblo, Don Justo Valor. Conversó en la entrada del amplio caserón con el abismado dueño de casa, quien miraba el cuadro como si fuera una foto móvil, una película, oí a hurtadillas que el pintor le contaba a Don Justo que el cuadro pertenecía a una enorme serie de lienzos. Que hacía mucho había soñado con la escena, y que no podía (a pesar de muchos intentos) pintar otra cosa. Por muchos años había pintado la misma escena, la misma calle empedrada, sólo que en forma móvil. Al comienzo, dijo, aparecía la calle. En los cuadros siguientes, aparecieron dos puntos distantes, que fueron creciendo con los años hasta convertirse en la pareja que, a su vez, había avanzado gradualmente por la calle, hasta el punto observable en el último lienzo. El cuadro que sostenían, con incredulidad, las manos de Don Justo, parecía querer contar su propia historia. El pintor le dijo que había un punto especial en el cuadro, al final de la calle, desde donde se podían ver muchos espacios distintos. Don Justo le preguntó si recordaba la fecha en la que había tenido ese sueño generador. El Pintor, con la misma naturalidad con que creaba la imagen, le respondió taciturno: >.

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