Un estudio reciente del Banco Interamericano de Desarrollo, BID, pone de relieve que Venezuela ha recibido por concepto de remesas provenientes del exterior, la suma de 897 millones de dólares en el año 2014. Esa cantidad parece superar cualquier monto que Venezuela hubiera recibido por este concepto en cualquier otro momento de su historia. No olvidemos que el concepto de remesas se refiere a los monto de dinero, que los residentes en el territorio venezolano reciben desde el exterior, sin que exista una contrapartida en bienes y/o servicios por parte del receptor. En buen romance, el concepto de remesas da cuenta, en el mundo contemporáneo, de los ingresos que los trabajadores migrantes envían a sus familiares en el país de origen.

La cantidad mencionada en el informe del BID amerita una serie de consideraciones adicionales. En primer lugar, señalar que se trata de una cifra que no se corresponde en absoluto, con los datos que proporciona el Banco Central de Venezuela, BCV. Este organismo -rector en materia de cuentas nacionales y de cuentas de balanza de pagos- reconoce una cantidad cercana a los 60 millones de dólares en el año 2014. Es decir, según el BCV las remesas que reciben los venezolanos desde el exterior, son aproximadamente 61 millones de dólares y no los 897 millones de dólares que reconoce el BID.  Para entender una discrepancia tan gruesa, uno podría suponer que el BCV contabiliza en sus cuentas y sus estadísticas, los montos de dólares  que llegan a Venezuela por la vía del sistema bancario o financiero formal, lo cual obviamente es una parte muy modesta de los flujos que se canalizan hacia el país por concepto de remesas. En otras palabras: si alguien localizado en el exterior quiere enviar dinero a su familia localizada en Venezuela, tendría que ser sencillamente idiota para enviar esos fondos  a través del sistema bancario, donde le darán al beneficiario una cantidad de bolívares correspondiente a alguna tasa de cambio oficial. Lo más probable  es que busque mecanismos alternativos y seguramente los encontrará, y el BCV no solo no se enterará, sino que no hará ningún esfuerzo por estimar las cifras que entran por esas vías alternativas. Al parecer, el BID está indicándole al BCV cual es la cantidad que en esta materia se acerca a la real.

Otro aspecto importante de considerar, es que si las cifras del BID son cercanas a la realidad, eso significa que hay en el sistema económico nacional una buena cantidad de dólares circulando en forma discreta e indocumentada. De ser así, más de alguno de sus poseedores puede estar pensando en comprarse un carro, de esos que se empezarán a vender próximamente en dólares. Pero hay una pequeña dificultad. Si el Seniat, es decir, el organismo encargado de la recaudación de impuestos, se mete en el medio  de toda esta operación y  empieza a exigir a los compradores de carros antecedentes comprobables, respecto al origen de los fondos involucrados en esa compra, entonces puede que todo se venga abajo y los carros no se puedan vender.

Un tercer aspecto interesante de tener en cuenta, es que para que las remesas tengan lugar, lo primero que se necesita es una cantidad significativa de venezolanos radicados en otros países, con trabajo y fuentes de ingresos relativamente estables y deseosos de enviar algunos aportes a sus familiares que permanecen en territorio nacional.  A pesar que los venezolanos siempre han tenido las puertas del país abiertas para salir hacia los destinos que cada uno estime conveniente, en la práctica no se había presentado nunca una emigración masiva, que genere núcleos significativos de connacionales en otros países extranjeros.  Quizás los últimos venezolanos que protagonizaron procesos de esa naturaleza, fueron Bolívar y sus tropas, cuando aquí los españoles retomaban el control del país, y las huestes independentistas tenían que salir hacía territorios vecinos. Por lo tanto, hay que partir, hoy en día, por aceptar, al menos en calidad de hipótesis, que la emigración venezolana es un hecho, y que hay núcleos importantes de connacionales en Estados Unidos, en Panamá, en España y en Chile, por citar solo algunos de los principales países receptores de estos flujos humanos, y que esos venezolanos no se han desentendido en forma total y absoluta de los familiares que dejaron en Venezuela.

Para muchos países de nuestra América, tales como Perú, Ecuador, Colombia y muchos países centroamericanos, el triste fenómeno de la exportación de mano de obra se ha convertido en las últimas décadas en una fuente importante de recursos financieros, pues la remesas que ellos envían regularmente a su país de origen  significan para estos un ingreso casi  tan importante como las exportaciones tradicionales.  Venezuela no se encontraba en esta categoría de países. Muy por el contario, Venezuela era un país que recibía migrantes de otros países, fundamentalmente de Colombia, de Perú, de Haití, sin contar la migración europea que recibió en gran cantidad y de gran calidad en el siglo pasado. Por esa razón, Venezuela tenía que aceptar la salida, en forma regular, de las remesas que fluían de nuestro país con destino a los países de origen de los trabajadores extranjeros. Pero hoy en día las cosas cambian en forma acelerada. Por un lado, los trabajadores colombianos no pueden actualmente remesar a Colombia por las vías formales. Por otro lado, la antaño generosa y orgullosa Venezuela tiene que reconocer que ha entrado en esta categoría de los países que exportan mano de obra, y que los fondos que por este concepto llegan al territorio nacional son cada vez mayores. En este contexto, es que se inserta la reciente idea estatal de tratar de captar esos dólares, al menos en parte,  por la vía d dolarizar algunos mercados internos.

(*) Profesor UCAB y UCV       

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