Energía: El carbón regresa con fuerza, aumentando las emisiones de CO2

El alto precio del petróleo y la poca observancia del protocolo de Kioto han potenciado el uso del carbón, con severas implicaciones ambientales

Una de las ironías de estos tiempos está en el hecho de que, a pesar de toda la habladuría sobre la necesidad de reducir las emisiones de CO2, éstas han seguido aumentando a paso seguro (3,2% sólo en 2011, según la AIE), frustrando así la intención de controlar el calentamiento global, según las propuestas del moribundo protocolo de Kioto. Los dos factores principales detrás del resurgimiento del carbón como combustible fósil son, ante todo, el hecho de ser un combustible barato en comparación con el petróleo y el gas natural,  y luego la descomunal demanda energética de economías emergentes como las de China e India.  En este último factor, contribuye la clasificación de esos dos países como “en desarrollo” y por ende no tienen limitaciones para las emisiones de CO2 en dicho protocolo, mientras EEUU –todavía el mayor consumidor de energía- no lo respeta desde que negó su ratificación durante la última administración republicana.  A todo esto se suma el hecho de que el carbón, siendo un sólido, es más fácil de transportar por barco, tren y carretera.

 Se espera que con las resoluciones de la reciente Conferencia de Doha sobre el cambio climático, se llegue a subsanar algunas de estas incongruencias y se asignen finalmente responsabilidades  para conformar el famoso “fondo de ayuda” a los países pobres para financiar tecnologías verdes. O que, al menos, se prorrogue el protocolo de Kyoto, pero sin las fallas señaladas ni la nociva “compra de créditos de carbono”, que ha facilitado la quema abusiva de combustibles fósiles.  Así, los países han seguido consumiendo combustibles sucios y poco eficientes como el carbón o fuel oil, sin importar su cuantiosa contribución al calentamiento global o la contaminación del aire que respiramos  por el hollín producido.

Promesas incumplidas

Este uso creciente del carbón se realiza, a pesar de las promesas de todos los países de secuestrar el abundante CO2 que se produce en su quema y enterrar este gas en terrenos porosos del subsuelo, para que no vaya a la atmósfera. Apenas algunos países realizan esa práctica -notablemente EEUU y algunos europeos-,  aunque el bajo precio del carbón compensaría esos gastos. Esta renuencia a invertir en esa técnica se debe, al objetivo –promovido por la ONU-  de abandonar eventualmente el uso del carbón por su alto poder contaminante, sustituyéndolo por energías renovables.

Sin embargo, aún si estos planes se están cumpliendo parcialmente, el accidente de Fukushima en Japón y la desactivación gradual de plantas nucleares en Alemania, ha hecho que se tenga que recurrir al carbón como fuente energética “provisional”, importándolo –curiosamente- de EEUU, donde la mitad de la energía todavía se genera con carbón. China también está rezagada en la producción de energía renovable (a pesar de sus cacareados planes de superar en 10 veces la capacidad eólica de Alemania),  pues sus crecientes necesidades significan la importación de un millardo de toneladas anuales de carbón para el 2030 (casi 5 veces su nivel actual), mayormente desde Indonesia,  ahora un país exportador del mineral después de consumir internamente casi todo su propio petróleo.

Realidades y responsables

Así que, a pesar de la retórica idealista en cuanto al calentamiento global, la realidad es que las emisiones procedentes de la quema de combustibles fósiles siguen subiendo en forma desproporcionada e irresponsable,  previéndose que su uso será un 20 % mayor que el actual para el 2030, llevando a aumentar la temperatura promedio del planeta al menos, en un grado centígrado para entonces,  con todo lo que ello significa para muchos países con ciudades costeras. De hecho, y después de lo sucedido con el huracán Sandy –al inundarse avenidas y túneles con transporte vital-, la alcaldía de Nueva York está reactivando planes para colocar diques alrededor de isla de Manhattan, a la manera de muchas ciudades holandesas, también en previsión de un gradual aumento del nivel de los océanos por el derretimiento de los hielos polares y de glaciares montañosos, todo a causa del calentamiento global, ya un fenómeno irrefutable a la luz de estos hechos. Las frecuentes inundaciones en muchos países son un oportuno recordatorio de esta realidad.

En especial, China se destaca entre los responsables  de esta situación, al liderar ahora la lista de países con mayor contribución de CO2, con casi 9 millardos de toneladas del gas emitidas en 2011, superando en un 50% las de EEUU, el segundo mayor emisor, a su vez seguido de India, Rusia, Japón y Alemania en la lista de los mayores contaminantes de gases con efecto invernadero.  Lamentablemente, y a pesar de que todos los países tienen planes de aumentar su proporción de energías renovables, la contribución de éstas sigue siendo muy pequeña, pues aún si se incluyera la energía hidráulica y la nuclear, el total no pasa del 8% actualmente para llegar –con suerte- a un 18% en el 2030.

De este modo, si sumamos la quema de madera y estiércol al uso del carbón y petróleo, aún para esa fecha más del 80% de la producción de energía provendrá de combustibles que generan el nocivo CO2, frustrando  la esperanza de controlar el calentamiento global. Una perspectiva preocupante que debería acelerar la implementación de planes y políticas gubernamentales,  empresariales y  comunitarias contra este nefasto fenómeno generado por la actividad humana.

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