Espaciosa agonía en el ocho

Inútil resultaba hablar en el camión. Los disparos fríos de la noche nos agujereaban el rostro. Todos sabíamos que el miedo, era esa mano que nos atornillaba con fuerza a los asientos. Éramos dos tenientes y cuarenta soldados, arrojados como dardos de carne hacia el impreciso blanco de la insurrección. En el cerro cercano a la autopista, un gallo ensayaba un canto que era cercenado por el ruido del motor, o el de nuestros corazones que iba en tropel como la luces del alumbrado. El tiro pegó (creo) en el muro del canal y se desvió, siguiendo una patética trayectoria hasta chocar con mi casco. Ahora me envuelven, en capas de oscuridad, los ladridos de los rifles. Sin caridad, me hunden en este áspero y naciente pozo. Tengo el asombro estampillado en el rostro. La sangre sale lenta y caliente como una plegaria roja. El golpe había comenzado, la toma del canal se produce. Pero yo no entro, estoy en la calle, flotando con el frío de la madrugada. Disolviéndome en la efervescente necedad de la muerte, en esa nada lejana. No puedo evitar el verme bajando las escalinatas de la iglesia, ese día de mi primera comunión. Traje azul oscuro, ridícula corbata de moño, pendón en el brazo izquierdo, cara de santito, rigurosamente enguantado como un cadete enano. Mi madre, mirándome con esos ojos que a ratos alojan a la ternura y en otras ocasiones al dolor. Siento nuevamente la emoción confusa de las visitas secretas al burdel, la fiebre del sexo descubierto, fugaz, volátil, la ansiedad insomne de la vida pobre. Puedo sentir con alucinante claridad, las lentas lágrimas del techo del rancho en las interminables noches de lluvia. Siento el vacío del padre muerto en “El Porteñazo”. ¿Sentiría él, en esos últimos momentos esta rabia pegajosa, esta garra que suspende las vísceras para luego abatirlas con sádica violencia? ¿Sentiría él, si aquello tenía algún sentido, alguna validez? El cuchillo de la madrugada, tiene su filo sobre mi garganta y me escuece, mientras que como una bendición postrera, el rocío se desploma despacito sobre mi tumbada espalda. Los recuerdos siguen brotando del hueco abierto en la cabeza: mi graduación de oficial, las piernas generosas de mi novia, las reuniones del cuartel, la corrupción, la desvergüenza. Trato de extraer otros recuerdos, otras memorias, pero chocan contra las detonaciones que inundan el ambiente. La impiedad del vacío me aplasta contra ese destino inevitable que me llama….

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