¡Estudiantes!

Estos días vimos en las calles enfrentarse la noche oscura con el despunte del amanecer. La gente se emocionó al ver a los estudiantes, desarmados y enfrentados a toda forma de violencia, defender el futuro de nuestra democracia.

Cuando un Presidente de la República, descuidando su responsabilidad de gobernar, obsesionado por su permanencia en el poder y, saltándose toda institucionalidad, obliga a la sociedad a una batalla electoral inconstitucional para decidir sobre su ya rechazada reelección ilimitada.

Cuando un Presidente enfrenta las críticas y protestas estudiantiles con la orden de «me les echan gas del bueno y me los meten preso» y asegura que «raspo a los jefes responsables que no cumplan con esta orden». Cuando recomienda tratarlos «sin diálogo ni nada». Cuando subraya que «no voy a permitir que cuatro pelagatos burguesitos embochinchen al país. Ministro del Interior, eche gas lacrimógeno, lance la ballena y el rinoceronte».

Cuando bandas, (¿parapoliciales?), amparadas por el Gobierno obedecen de inmediato con actos de vandalismo armado contra la Nunciatura, la UCV, la Alcaldía Mayor, el Ateneo de Caracas, casa de Marcel Granier… lanzan bombas lacrimógenas y queman carros, sin que ninguna autoridad haga nada para controlarlas y castigarlas.

Cuando el Ministro del Interior -al mejor estilo de las dictaduras- se apresura a reprimir y a criminalizar al movimiento estudiantil con mentiras y montajes. Cuando las autoridades no garantizan las marchas pacíficas y ajustadas a la Constitución y a las leyes.

Cuando un ex-ministro, otrora defensor de derechos humanos y hoy paradigma de cinismo ético-político, (prueba de que el poder engorda los bolsillos, pero debilita los espíritus), llama «carne de cañón» a los estudiantes, y se pone de parte de los «cañones» para reprimir a la juventud que avanza con manos abiertas y carne desarmada. Cuando el mismo señor acusa de ser «sólo una operadora política de la oposición», a la Conferencia Episcopal en pleno porque, recogiendo el sentir de la gran mayoría y reflejando la realidad, hace un llamado ético: «Vemos con tristeza la pérdida creciente del valor de la vida».

La inseguridad personal se ha convertido en el principal problema de los venezolanos». «La vida cotidiana para muchos hermanos venezolanos se ha convertido en un verdadero drama: no encuentran en los hospitales los más elementales servicios de salud, carecen de viviendas dignas, no encuentran escuelas en condiciones apropiadas y la educación ha descendido de calidad, los internos de las prisiones no tienen las condiciones mínimas para vivir humanamente.

En contraste, muchos funcionarios públicos gozan de altísimos salarios y desproporcionados beneficios económicos y algunos gobernantes y líderes políticos se dedican a asegurar mayores cuotas de poder, descuidando la función pública para la que fueron nombrados».

Cuando descaradamente desde el gobierno se «pinchan» las comunicaciones privadas y se utilizan para perseguir y calumniar…

Cuando todo eso ocurre, es claro que la noche se espesa en su ceguera.

En contraste

Cuando los estudiantes salen para impedir que la perpetuación en el poder cierre el futuro democrático del país (como Castro durante medio siglo en un régimen sin libertades, ni horizontes de futuro). Cuando rechazan toda forma de violencia y, actuando dentro de la Constitución, discuten universitariamente y protestan contra la precipitación de fechas y el cierre del registro electoral que impide votar a cientos de miles de jóvenes.

Cuando denuncian la inconstitucionalidad de volver, (con una pregunta cantinflesca), a preguntar hoy lo ayer negado en referéndum. Cuando a la represión responden con argumentos y sin armas, negándose a la violencia. Cuando dan prioridad a las urgencias sociales, al pluralismo político y a la convivencia libre y pacífica de todos los venezolanos.

Cuando eso ocurre, apreciamos las evidentes señales del amanecer de la esperanza.

De ahí la admiración, emocionada gratitud y apoyo de la gran mayoría de los venezolanos hacia los estudiantes, que les recuerdan los jóvenes que, movilizados en 1928 frente a la dictadura gomecista y luego en 1936 y en 1958, sembraron el futuro democrático que fructificó con cosecha abundante. Sólo que no basta admirar, debemos actuar con decisión y votar en defensa de la democracia.

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