Guayana de La Esperanza

“Un botón apretado por el presidente Betancourt hizo que la acería Siemens Martin se llenara de una esperanzadora luz de futuro, era la concreción de una idea que por muchos años ha gravitado desde los años 30 en la vida venezolana: sembrar el petróleo”.

José Alberto Medina Molero

No podía ser más literal el alumbramiento de una nueva era en la vida industrial de la nación venezolana. Abrir una puerta al progreso es parte del trabajo del estadista, es franquear insospechadas oportunidades de superación a miles de personas a lo largo de muchas generaciones. Un hecho de estas dimensiones ocurrió un 9 de julio de 1962, hace exactamente 50 años, cuando una enceguecedora columna de acero líquido hizo su aparición en la vida de Guayana: ¡la primera colada de acero de SIDOR!

Un botón apretado por el presidente Betancourt hizo que la acería Siemens Martin se llenara de una esperanzadora luz de futuro, era la concreción de una idea que por muchos años ha gravitado desde los años 30 en la vida venezolana: sembrar el petróleo. ¿Qué otra cosa podía ser el proyecto de una gran acería en esta despoblada zona del país que no haya sido la de comenzar a independizarnos del oro negro? Dentro de los objetivos cardinales de la fundación de Santo Tomé de Guayana estaba el de crear una gran siderúrgica, capaz de impulsar el desarrollo industrial de Venezuela y asegurar como consecuencia de ello la reivindicación social. En su discurso del año previo con motivo de la fundación de Santo Tomé de Guayana el Presidente afirmó: “El Dorado ya no es un mito sino realidad con la Siderúrgica de Matanzas… primer gran núcleo de la industria pesada de América Latina (…) aquí también florecerá una industria de proporciones previsibles… Tractores, automóviles y toda clase de maquinaria para uso industrial y agrícola…, Guayana será lo que Pittsburgh para los EE UU, lo que los Urales para la Unión Soviética…”.

Apoyando esta iniciativa gubernamental de la democracia estaban hombres trabajadores, insignes y visionarios, funcionarios de la talla de Rafael Alfonzo Ravard, Juan Pablo Pérez Alfonzo, Enrique Tejera París, Argenis Gamboa, entre otros, venezolanos a los que mucho se les debe en reconocimiento.
En julio de 1962, parte de este sueño, truncado por diversas razones años después, dio inicio y debe llamarnos a la reflexión en momentos tan aciagos para el Parque Industrial de la Guayana de hoy, cuando con las mismas potencialidades e incluso mayores al contarse con un inmenso recurso humano, factor que no abundaba en los años 60, enfrentamos el estropicio de las empresas básicas, muy en particular de SIDOR y de ese cinturón de compañías pequeñas y medianas que se formaron a su alrededor.

¿Ya no somos la Guayana de La Esperanza? Tal vez esa no sea la interrogante más asertiva, probablemente lo sea el inquirir de otra forma: ¿Vamos a permitir que siga transcurriendo el mortal proceso de derrumbe de Guayana sin que con el esfuerzo creador, la voluntad, el talento técnico y la pasión constructora revirtamos la situación y hagamos realidad aquel aserto del poeta Andrés Eloy Blanco (citado por Betancourt en el referido discurso) de llevar “al Orinoco, gran río útil, primer ciudadano de Venezuela, a su máxima estatura interior”?

Como es natural, es mucho el trabajo que hay que hacer para que tengamos una zona promisoria y que garantice independencia económica y bienestar para todos. Son muchas y variadas las iniciativas que debe tener ese plan audaz y coordinado, pero en el fondo debe partir de un gran pacto social entre las fuerzas vivas de manera de pavimentar la ruta hacia el mañana. Tenemos que dejar de ser la Guayana de los aventureros tipo Walter Raleigh, para incorporarnos de pleno al concierto de ciudades industriales de progreso y porvenir.

Aprendamos de la experiencia, de los errores cometidos, pero también de la capacidad de sueño que esa calurosa mañana de julio presenció el milagro del chorro luminoso preparado por nuestra gente, por la misma gente que hay que invitar a seguir trabajando para materializar la Guayana que inspiró tantos desvelos e inversiones al comienzo de la era democrática del país.

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