Hay deudas y deudas

La deuda externa de un país no asume siempre las mismas formas, ni tiene los mismos acreedores, ni sirve para las mismas cosas, ni tiene las mismas consecuencias.

Veamos: Una forma posible que puede asumir la deuda externa de un país, es la emisión de bonos. Se trata, en su esencia, de la venta de papeles -o de certificados de deuda- que permiten al poseedor, cobrar una cierta cantidad de dinero a la fecha de vencimiento de ese título de deuda, más los correspondientes intereses. Los intereses se pueden pagar  año a año, se pueden pagar todos al final de período de vencimiento, o pueden no pagarse nunca, en el caso de que sean bonos cero cupón. En este último caso, el papel se vende a un precio que ya tiene descontado el monto de los intereses.

Cuando la deuda externa de un país se contrae por la vía de la emisión de bonos, el país recibe dinero contante y sonante, que puede usar libremente para los fines que estime conveniente. No tiene que rendirle cuenta a nadie, excepto a sus propios ciudadanos. Los acreedores, es decir, los poseedores de los bonos, son miles de anónimos inversionistas que no tienen ninguna relación con el país que emitió los papeles. La única obligación del Gobierno emisor, es pagar la cantidad que corresponda y  en el momento que corresponda. Si no paga, se le arma a ese Gobierno un lio de grandes proporciones, no solo con los poseedores de esos papeles, en particular, sino con el conjunto del sistema financiero internacional. Algo de esa naturaleza es lo que le ha pasado a Argentina. El problema con esta forma de endeudarse, es que es cara. Los intereses reales que hay que pagar por los dólares que se pueden recibir por esta vía, incluyen el interés formal -establecido en el título- más el descuento que obedece a las condiciones de mercado y a la tasa riesgo país.  Para algunos países latinoamericanos esa tasa supera hoy en día el 10 % anual.

Otra vía diferente, es el préstamo que hace un país –o los bancos de desarrollo de un país- para efectos de financiar compras del país deudor en el país acreedor. Se abre una línea de crédito, pero no para adquirir cualquier cosa en cualquier parte del mundo. Se trata de créditos para comprar mercancías en el país que prestó la plata. Para eso y solo para eso. No se trata de fondos de libre disposición, como los fondos obtenidos por la vía de la venta de bonos. En compensación, se trata, la mayoría de las veces, de líneas de crédito a tasas más baratas que las que resultarían de la emisión de bonos. Esas líneas de crédito se pueden utilizar para comprar armas, para comprar bienes de capital para llevar adelante proyectos de desarrollo, o para comprar alimentos y otros bienes de consumo; pero siempre en el país acreedor. A diferencia también de lo que sucede en el caso de los bonos, aquí el prestamista está claramente ubicable y ejerce discretas –o a veces no tan discretas- presiones políticas y económicas, cuando lo estima conveniente, como para asegurar el pago de lo prestado. Las mercancías comprables con el crédito, pueden no ser las mejores ni las más baratas, pero son las que tienen crédito y puede que eso las convierta, en un  momento determinado, en las únicas elegibles en el mercado internacional, sobre todo cuando se carece de dólares como para comprar al contado a otros proveedores internacionales. Si bien este tipo de créditos atados no genera por si solo fondos de libre disposición, puede liberar fondos que en otras circunstancias deberían haber ido a financiar esas inversiones o proyectos de desarrollo, lo cual en la práctica se traduce en mayor disposición de fondos de libre disposición.

Hay también la deuda que los importadores de un país contraen con sus proveedores de otros países. Hoy en día es muy raro que un proceso de compra venta a nivel internacional, se haga al contado violento. La mayoría de las veces se trabaja con algún sistema de crédito de corto plazo –tres meses, seis meses- lo cual se convierte en un crédito abierto y rotatorio, en la medida en que el proceso de compra y venta es continuo y sostenido. En condiciones normales, siempre hay un volumen de deuda flotante, si es que uno hiciera un corte en un  momento del tiempo. Si es que los pagos no se hicieran en el momento convenido, los futuros envíos de mercancías se detendrían y el comercio se interrumpiría –y como todo se sabe en este mundo–, tampoco habrían nuevos proveedores internacionales dispuestos a correr el riesgo de no pago.

Valga decir, para terminar, que no hay ningún país –y ninguna empresa- que pueda vivir sin algún volumen de deuda. La situación de cero deuda, no es una meta económica ni financiera para nadie. Lo importante es tener un volumen de deuda dentro del umbral de lo que se puede pagar por el país deudor, y contraída en las condiciones más favorables en un  momento determinado.

Blog: sergio-arancibia.blogspot.com

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