Hoy, hoy tuve un día diferente

Hoy, camino a casa, faltándome pocos metros para llegar, con el sol a mis espaldas. Volví a encontrarme con mi sombra a quien hacía tiempo no veía por estas cosas del invierno. La verdad es que mucho gusto me dió verla nuevamente, seguía moviéndose como yo, con ese andar tan especial que nunca supe como lo adquirí, llegando a pensar que vino como parte del equipo; pero le notaba algo diferente y, en los minutos siguientes, con mucha precisión, la fui observando. Sí, definitivamente había algo raro, había algo nuevo, su imagen inspiraba tranquilidad y respeto y sus movimientos eran tranquilos y pausados pero bien definidos. Me dio mucha gracia, en un principio, ver cómo estaba cambiando, motivando tal situación el parar abrupto de mi caminar y mi cabeza, cual un buen dirimente, nos comenzó a cuestionar a la imagen y su causa, o sea, yo.

¿Cuándo se había comenzado a dar este cambio?, ¿Cómo era posible que no me hubiera dado cuenta? Y como puerta de cuarto que se abre, mi memoria comenzó a sacar imágenes de atenciones que, en alguna parte de mi tiempo, dí al espejo que reflejaba mi imagen, como también a respuestas dadas por algunas partes de mi cuerpo, cuando en gritos silenciosos y resignados me decían no, no puedo, ya no puedo.

Tanto miedo y desconcierto sentí, que el mareo me invadió literalmente de los pies a la cabeza y cuando mi único destino fijo era el piso, unas tiernas y cariñosas manos, pero a su vez muy firmes, me asieron en el aire, evitando cumplir con ese destino obligado.

Al levantar mi vista, vi a un señor muy mayor, posiblemente el de mayor edad que nunca jamás vi, con una sonrisa tan angelical y un entorno de aroma a pureza como de esos que sólo recuerdo, estando en el vientre de mi madre.

Quien me dijo llamarse, Señor Tiempo.

Realmente me dió tranquilidad y no me quedó más que agradecerle su oportuna intervención, a lo cual él me contestó que me acompañaría como siempre hasta el final; cosa curiosa, no vi sus labios moverse pero si sentí su voz en mi interior. Me contó que siempre estuvo a mi lado, pero que mi juventud nunca supo ser su amiga, por lo que él siempre se mantuvo a una distancia prudencial.

Ahora, era diferente y era el momento apropiado para comenzar a conocernos. En pocos segundos me explicó lo que nunca quise entender y, lo mejor aún, me comenzó a preparar para el mañana, que estaba ya en camino y realmente lo hizo tan bien, que ansioso me encontraba por que llegara ya.

Nuevos caminos por recorrer y nuevas cosas que aprender.

Mientras abría la puerta de casa, volteé a agradecerle nuevamente su oportuna llegada y el me contestó que siempre había estado en mi, sólo que ahora si podía conversar conmigo y tal cual vino, se desvaneció incorporándose nuevamente en mi.

Hoy, tuve un día diferente y aprendí a conocerme nuevamente.

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