Karuachi y el elefante (a la memoria inmortal de Josema)

Nadie supo nunca de dónde vino. La vieja leyenda decía que el Dios de los Kamarakotos, en un descuido celestial, dejó caer en un Tepuy su enorme animalidad. Para el pequeño Karuachi fue una revelación cuando tuvo oportunidad de verlo correr junto a la brisa fría que acaricia la sabana, inmensa y risueña. Al comienzo no se le acercó, pero más pudo la curiosidad que como el cielo es grande y azul. Con el correr de los días no sólo se le aproximó, sino que lo acarició largamente, y para sorpresa de todos, lo cabalgaba con no poca gracia. Día tras día la amistad entre ellos fue creciendo, tanto que dormían juntos en la churuata. Naturalmente el elefante no cabía del todo en la vivienda, por lo que descabezaba su gravoso sueño en la entrada, echado junto a la noche, sonriendo con la luna tatuada en la enorme trompa. Karuachi, emocionado, se resistía a dormirse, pero era grande el cansancio de las correrías y poco a poco se hundía en la inconsciencia, confiado en que su amigo, desde la claridad nocturna, velaba con amorosa calma.

Los Kamarakotos eran una tribu pacífica, con nadie peleaba, sin embargo había una tribu aguerrida llamada Yekuima, que vivía del odio, del hostigamiento, de la destrucción. Se decía que eran descendientes de una rama perdida de los temibles Caribes, pero eso nunca pudo verificarse. Casi por costumbre y divertimento, los Yekuimas hostigaban de cuando en cuando a sus vecinos, hurtando sus piezas de cacería, golpeando a los ancianos y mujeres, o matando a todo aquel que le manifestara un ápice de resistencia.
Uno de esos días de interminables travesuras, Karuachi y el elefante se bañaban, alegres, en las claras aguas del Yuruam, un hermoso río que según los ancianos de la tribu era el oasis de Dios. Absortos en los juegos, no advirtieron la sigilosa llegada de los Yekuimas. Pronto, se vieron rodeados por los amenazantes enemigos. Karuachi, paralizado del terror, cerró los ojos y esperó, mientras se entregaba a Dios, las ardientes puntas de las flechas que abandonarían sin piedad los tensados arcos como hambrientas plagas de maldad. Pero, en lugar de la oscura brevedad de la muerte, Karuachi vio como huían hacia la sabana los despavoridos Yekuimas. Un valeroso elefante, crucificado de flechas y lanzas, los seguía furioso.

Al volver a la aldea y contar lo sucedido, grande fue el vocerío. Karuachi relataba a todos el episodio vivido. Los miembros de la tribu se volvieron hacia el noble animal, y curaron sus heridas. Pero dice la leyenda, que allí no paró la gratitud de los Kamarakotos. Se cuenta que la tribu entera se puso, pacientemente, a tallar una piedra-homenaje. Dicen en las Tierras de Guayana, que la piedra fue terminada después de siete generaciones de Kamarakotos. También es muy conocida la conseja, acerca de la existencia en los tiempos actuales de milenario monumento. Al parecer, la piedra está rodeada de arbustos y flores silvestres, y presenta la figura de un elefante dormido, quizás exhausto, después de tantas aventuras al lado del indio Karuachi.

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