La crisis de PDVSA y su impacto en el régimen alimentario del venezolano

Para 1950 la contribución del sector agrícola al PIB era de 6% -BCV-. Éramos ya un país atípico; ese valor se correspondía para una nación de elevado nivel de desarrollo; no a uno, como nosotros, de evidentes carencias económicas, rural para entonces, y con marcadas desigualdades sociales. El petróleo, que hizo su aparición comercial en el país en 1914, y que para 1928 éramos ya la primera nación exportadora de crudo, había causado tal estructural desajuste. Ningún país de la región presentaba tal anomalía. Las importaciones de alimentos, ciertamente aplicada a reducido número de productos, comenzaban a jugar un rol importante en la configuración del patrón dietético del venezolano de entonces. La tendencia se acrecentaba, en la medida que el proceso urbanizador se aceleraba, impulsado este por la migración campesina -abandono, mejor- del hombre rural hacia las ciudades y pueblos.

¿Qué estoy tratando de decir? Que el problema agroalimentario del país es viejo. No nació en 1998. La relación, de carácter negativa -hasta ahora-, entre petróleo y agricultura es estrecha y de añeja fecha. La variable macroeconómica que en buena medida, configura esa desigual relación, es la tasa de cambio. Me explico: la abundancia de divisas que hemos dispuesto por concepto de abundantes exportaciones de petróleo, sumado a una inexplicable miopía de quienes han conducido los destinos de la república -sin excepción, en esté punto-, han determinado una particular manera de concebir la política cambiaria, que se expresa en una sempiterna sobrevaloración del bolívar que impulsa masivas importaciones agrícolas muy baratas -compitiendo deslealmente con la producción interna-, y a la vez, inhibe toda posibilidad de desarrollar un vigoroso sector agro-exportador.

Las importaciones financiadas con Petrodólares, constituyen un componente muy importante en el nivel de abastecimiento alimentario del venezolano. En 1984, por ejemplo representaban el 22% de las importaciones totales del país y el 65% del patrón de consumo agroalimentario nacional; por cierto, entre 1984-1988, se puso en marcha una política agrícola que logró reducir las importaciones en 50% y en 54% el gasto en dólares para financiarlas -BCV-. Felipe Gómez Álvarez fue el artífice principal de tan extraordinarios resultados. Honor a quien honor merece.

De modo que, dado nuestra manifiesta incompetencia para producir los alimentos que requerimos, lo que le suceda a PDVSA -unica generadora de divisas en el pais-, se transmitirá, vía comportamiento de las importaciones, a la cantidad real de comida que dispondremos los venezolanos para cualquier lapso considerado.

*… Y PDVSA está mal… Sumamente mal*

En el 2002, absurdamente, se despidió a la mitad de sus trabajadores; se ha sobreendeudado a la empresa -de $3 mil millardos en 1998 a $100 mil millardos actualmente-; se triplicó la nómina -de 40 mil trabajadores en 1998 a 140 mil en 2017- y, estúpidamente -¿Qué otro calificativo puede darsele?-, se le pretendió convertir en una empresa “buena” para todo, apartandola de su negocio medular que es producir, refinar y vender petróleo, obligándola además, a cambiar los dólares que produce por bolívares a tasas preferenciales, siempre muy por debajo de la tasa de cambio real, originandole unos déficit colosales que le impiden invertir tanto en procesos como en actualización tecnológica, todo lo cual explica la caída brutal que en producción y refinación se observa en los últimos años. Según datos de la OPEP, entre 1999 -año en que llegó Chávez al poder- y hoy la producción ha descendido 46% -de 3,5 MBD a 1,88 MBD-;  este año el descenso ha sido de 433 mil barriles diarios. Peor aún: las graves dificultades en el flujo de caja de la empresa no le permiten realizar las inversiones necesarias en infraestructura de subsuelo ni superficial, por lo que, inexorablemente, la tendencia a producir menos se profundizará. No en balde expertos en el tema están proyectando un nivel de producción en el 2018 de 1,6 MBD. Consecuencias: menos dólares para alimentar el presupuesto de divisas de la nación. Veamos. A un nivel de producción como el señalado, descontado el consumo interno más los compromisos externos -Rusia y Cuba; sin China, ojo- la oferta exportable generadora de efectivo se ubicaría en unos 800 KBD que multiplicados por 365 días del año y a $55 el barril nos reportarían unos 16 millardos de dólares. De estos PDVSA consume $6 Millardos para poder operar y la deuda financiera -sin contar los otros tipos de deuda externa- unos $8,5 millardos. Nos restarían solo $1,5 millardos de Petrodólares, una suma similar en exportaciones no tradicionales y una exiguas reservas internacionales, la mayoría no líquidas, que ubicanse por debajo de los $9,8 millardos. En estas condiciones y asumiendo para el año próximo unas importaciones totales similares a las de 2017 -$13,5 millardos-, el déficit en nuestras cuentas externas sobrepasa los $12 millardos en un contexto de imposibilidad de acudir a los mercados financieros internacionales para obtenerlos, por efecto de las sanciones norteamericanas, además, por la desconfianza que genera el diseño de la política económica del régimen ante los agentes externos.

Situación más delicada es difícil de imaginar.

¿Qué pasará con la alimentación de los venezolanos?

Unas 35 millones de toneladas de alimentos, entre producción interna más importaciones, deberíamos disponer cada año, las cuales se transformarian en un consumo energético de 2600 cal/per capita/año aproximadamente. Los estragos que sobre el sector agrícola tendrá el procesos hiperinflacionario, vía aumento desproporcionado de los costos de producción, reducción real del financiamiento y caída de los rendimientos agronómicos, de un lado; más la disminución de las importaciones, por escasez de divisas, reducirán abruptamente los niveles de abastecimiento alimentario para 2018. Calculamos, que en valores expresados en toneladas, el mismo estará por el orden de los 12 millones de toneladas, las cuáles representarán apenas 34% de lo requerido, lo cual nos califica, de acuerdo al baremo de la FAO, como nación en situación de inseguridad alimentaria extrema.

A todo efecto práctico, la circunstancia que comentamos se expresará en un agravamiento -ya severo, por demas-, de los elevados niveles de escasez de productos alimentarios y precios altamente inflados, todo lo cual profundizará el estado de déficit estructural alimentario que padecemos.

Por supuesto, que el escenario que estamos dibujando, se soporta en la idea que este próximo 2018 marche conforme las cosas funcionan hoy día. Si las políticas hacia el sector agropecuario no cambian, esos serán los resultados… O muy parecidos. El país posee los más importantes recursos para apuntalar un vigoroso sector agropecuario, que alimente con producción local a los venezolanos, sobre todo, de aquellos productos propios del agroecosistema tropical, capaz además, de generar unos excedentes exportables que financien las importaciones de aquellos rubros que por razones agroecológicas no podemos producir. Este es uno de los mayores retos de cara al futuro que los venezolanos tenemos planteados.  Llegará el día que lo asumamos con la responsabilidad debida. Claro que llegara.

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