A raíz del ataque a los senadores brasileños que intentaban llegar a Caracas, muchos venezolanos y brasileños desean o esperan que el Gobierno de la Presidente Rouseff asuma una posición más dura frente al Gobierno venezolano. Sin embargo, es muy difícil que ocurra algo más que una tibia protesta diplomática del gobierno brasileño, y ambos gobiernos verán la forma de echarle tierra al asunto lo más rápidamente posible. Es muy difícil que pueda ser de otra forma. Y las razones de ello hay que buscarlas fundamentalmente en al ámbito económico.

Brasil le vende poco más de 4.600 millones de dólares a Venezuela, según datos del año 2014.  Nadie puede pensar que Venezuela le compra tan grandes cantidades a Brasil, porque sus productos son los mejores del mundo y/o porque tienen los mejores precios. Nadie podría tampoco pensar que las relaciones comerciales serian iguales, cualquiera que sea la relación política que exista entre los respectivos gobiernos. Las cosas no suceden así en ninguna parte del mundo y menos en un país como Venezuela, que tiene un grado tal alto de control sobre el funcionamiento de su comercio exterior. El día que Venezuela quiera, puede decidir que las cosas que compra en Brasil, se pasen a comprar en algún otro país del planeta. Basta con que en el seno de los ministerios que llevan adelante las grandes importaciones de alimentos, se descubra que la soya o la carne brasileña pueden ser sustituidas por los mismos productos procedentes de otros países, que por alguna razón pasen a ser más simpáticos. O puede suceder que las solicitudes de divisas realizadas por importadores privados para realizar compras en Brasil, empiecen a ser objeto de inexplicables demoras. O que las empresas brasileñas que operan en Venezuela empiecen a tener inexplicables demoras en la obtención de dólares, para remesar las utilidades que han obtenido por su actividades en el país. O que la empresas brasileñas que tantos contratos ganan en el campo de la obras públicas que se realizan en Venezuela, empiecen a perder las nuevas licitaciones,  o incluso, sean alejados de las  viejas.

Dilma Roussef -o incluso el propio senador Neves, en el caso de que hubiera logrado ser electo como presidente del Brasil- no pueden permitir que una parte considerable de ese comercio con nuestro país,  y de esas inversiones realizadas en Venezuela, se deterioren o se pierdan. Menores exportaciones a Venezuela, significan menor producción y menor empleo en Brasil. No se puede pensar que esas mercancías puedan, de la noche a la mañana, encontrar otros compradores en América o en el mundo. Eso cuesta mucho tiempo y esfuerzo, y más aún, en estas épocas de crisis. Así que, aun cuando tengan muchas ganas de decir cuatro verdades al Presidente Maduro, tienen que quedarse callados por la fría realidad de sus intereses económicos. Les ha costado mucho tener la presencia que tienen en este mercado, como para venir a sacrificar todo aquello por un arrebato de rabia o de dignidad. La política, la diplomacia y el comercio se hacen así en el mundo contemporáneo, aun cuando no nos guste.

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