La perspectiva del Neoinstitucionalismo y el Capital Social en el Desarrollo Económico Local

En el marco de un proceso de globalización de carácter incompleto y asimétrico que abre algunas opciones de desarrollo pero restringe y hasta anula otras, es que puede analizarse desde diversas perspectivas la re-espacialización del acontecer socioeconómico y político.

El reconocimiento de que la producción de un país tiende a concentrarse en unas determinadas localizaciones y que ello determina grandes disparidades en el desempeño económico de sus regiones subnacionales, está conduciendo a la consideración más explícita de los factores endógenos o territoriales del desarrollo. Es decir, a una concepción en la cual los procesos de acumulación, de innovación y de formación de capital social tienen un carácter localizado.

Pero, en la medida en que los profundos procesos de cambio en el plano tecnológico, económico, cultural y político a escala mundial impactan inevitablemente los territorios subnacionales, las dos tendencias globalización y localización se convierten en dos caras de una misma moneda. Tanto es así, que la valorización de lo local en relación dialéctica con lo global, ha dado lugar a extraños neologismos: La globalización de lo local y la localización de lo global. (Robertson, 1992; Rosenau, 1997)

En los últimos años, buena parte de las investigaciones ponen el énfasis en estudiar los orígenes de las diferencias que los países muestran en términos de calidad institucional, así como los vínculos entre dicha calidad y los procesos de crecimiento económico. La evidencia muestra que las disparidades se siguen incrementando, y esto ha favorecido que en la búsqueda de una concepción más amplia de los procesos de crecimiento económico, los factores institucionales hayan pasado a un primer plano.

Putnam (1993) al buscar explicar por qué se presentan diferencias regionales en un país desarrollado, encuentra la respuesta en el impacto del compromiso cívico (componente esencial del capital social) en el desarrollo socioeconómico y en la efectividad institucional del Estado. En otras palabras, una sociedad fuerte genera tanto una economía fuerte como un Estado fuerte.

Ahora bien, en sentido amplio, el compromiso cívico es la base de la corriente teórica del republicanismo, consiste en un alto grado de identificación de los ciudadanos con los intereses de la comunidad en la que viven. Patriotismo, solidaridad, virtudes ciudadanas son aquí los conceptos centrales. (Gargarella, 1999)

Putnam (1993) señala que la comunidad cívica se caracteriza por una ciudadanía activa imbuida de preocupación por lo público, por relaciones públicas igualitarias y por un tejido social basado en la confianza y la cooperación. La principal manifestación del compromiso cívico es la asociatividad, o sea la propensión de los ciudadanos a participar en asociaciones que buscan el bien común.

El trabajo empírico de Knack y Keefer (1997) confirma que el capital social es determinante para el desempeño económico en una muestra de 29 países desarrollados, pero no corrobora la tesis de Putnam en cuanto a la importancia de la asociatividad. Para estos autores el capital social puede medirse mejor a través de los indicadores de Trust, definido como el porcentaje de personas que creen que la mayoría de la gente es confiable, y de Civic, que se refiere al grado de compromiso de las personas con las normas cívicas de cooperación (honestidad en el pago de impuestos y tarifas públicas, etc.).

Los enfoques del aprendizaje colectivo y de las redes de cooperación, se encuentran con los de capital social. Este último deviene una condición necesaria para que los beneficios de la nueva dinámica de las relaciones entre las firmas y de éstas con los mercados, los trabajadores y los proveedores, puedan manifestarse plenamente.

Resultando entonces, que los principales elementos de una economía regional en red son: una densa trama de instituciones de apoyo públicas y privadas; inteligencia de mercados laborales de alto nivel y los correspondientes mecanismos de educación vocacional; rápida difusión de la transferencia tecnológica y empresas receptivas a la innovación. La misma densidad de estas redes y el apoyo institucional son, con frecuencia interpretados, como signos del dinamismo de la economía regional. (Wolf, 2001)

Según Fukuyama (1996) solo las sociedades con un alto nivel de confianza social, podrán crear las organizaciones empresariales flexibles y de gran escala, necesarias para competir exitosamente en la economía global emergente.

Varios autores, entre los cuales se destacan Schmid y Robinson (1995) y Temple y Johnson (1998), se han ocupado de analizar empíricamente la asociación positiva entre capital social y desarrollo económico en diversos conjuntos de países.

Alesina y Laferrara (2000) señalan que las regiones con mayor nivel de confianza, están también en los primeros lugares de actividad asociativa y normas de cooperación cívica, entendida como votar en las elecciones. Estas regiones se caracterizan además por tener una población étnicamente homogénea y bajos niveles de desigualdad de la renta.

La aproximación macroeconómica a la medición de los efectos del capital social sobre el desarrollo económico, ha sido objeto de multitud de críticas. Recientemente Durlauf (2002) ha señalado que este tipo de investigación con datos agregados, como la realizada por Knack y Keefer (1997), viola los principios estadísticos de intercambiabilidad e identificabilidad. El hecho de que no exista un conjunto de variables generalmente aceptado para explicar las diferencias de tasa de crecimiento entre países, hace muy probable que alguno de los factores omitidos en las regresiones, esté también correlacionado con el capital social, lo que produciría sesgo en los parámetros estimados.
Según la concepción de instituciones adoptada por este enfoque, dicho marco institucional incorpora no solo las relaciones formales y las estructuras como el Gobierno, el régimen político, el Estado de Derecho, el sistema judicial o las libertades civiles; sino, también, las instituciones de tipo informal; esto es, valores culturales, principios éticos, convenciones o normas de conducta social, o principios ideológicos, prevalecientes entre los miembros de una sociedad.
Este marco institucional, influye sobre los incentivos al ahorro, a la inversión, a la producción y al comercio existente, así como sobre los costes de transacción y producción, de modo que no es extraño que ejerzan un impacto relevante sobre el desarrollo económico de los países.

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Referencias

Robertson R. (1992). Globalization: Social, Theory and Global Cultural. Londres: Sage.

Rosenau J. (1997). “Cambio y complejidad, desafíos para la comprensión en el campo de las relaciones internacionales”. Análisis Político N° 32, Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

Putnam R. (1993). Making Democracy Work. Princeton University Press.

Gargarella R. (1999). Las teorías de la justicia después de Rawls, un breve manual de filosofía política. Barcelona: Paidós.

Fukuyama F. (1996). Confianza (trust), las virtudes sociales y la capacidad de generar prosperidad. Madrid: Atlántida.

Schmid A. y Robinson L. (1995). “Applications of Social Capital Theory”. Journal of Agriculture and Applied Economics, vol. 27 (1).

Temple J. y Johnson P. (1998). “Social Capability and Economic Growth”. Quarterly Journal of Economics, vol. CXIII (3).

Wolf M. (2001). “Will Nation-State Survive Globalization?”. Foreign Affairs, vol. 80 (1).

Alesina y Laferrara (2000). »Participation in Heterogeneous Communities». Quarterly Journal of Economics, 847-904.

Durlauf S. (2002). “On the empirics of social capital”. Economic Journal, 112, 459-479.

Knack S. y Keefer P. (1997). »Does Social Capital have an Economic Payoff? A Cross-Country Investigation». Quarterly Journal of Economics, 112: 1251-88.

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