La Política es así: El laberinto de la izquierda

El tiempo de la izquierda huye entre los dedos de sus protagonistas. Sus relojes engañan o esclavizan y sus cronómetros desconocen la esencia profunda de nuestra época. Uno a uno los distintos paradigmas, sobre lo cuales se erigió este pensamiento, han entrado en crisis. Vectores de esta ideología, como la dictadura del proletariado, el nacionalismo revolucionario, la estatización de la economía y el Estado Benefactor, se han derrumbado o han sido cuestionados debido a su inviabilidad, la caducidad de sus esquemas o la ineficacia de sus resultados. Pareciera que la izquierda se ha quedado sin ideas. Para poder salir de este pantanal teórico, requerirá de un profundo proceso de creación y apertura intelectual. En otras palabras: construir los cronómetros apropiados para poder medir adecuadamente las urgencias que marcan nuestro tiempo.

La izquierda necesita recuperar su identidad. Asomarse con audacia al espacio político que es consustancial con la democracia liberal. Es, a partir de este giro copernicano, que podría construir su nuevo perfil político. Lejos de resistir, debe promover los cambios. En una palabra: abrir la ventana del mundo para poder responder a los apremiantes dilemas que presentan los procesos de descentralización y globalización. Sólo así, podrá conjurar dos de los riesgos que la acechan. Me refiero a esa peligrosa mezcla de populismo y autoritarismo socialista.

Su punto de partida pasa por la comprensión, que el sujeto de la democracia no es la categoría abstracta que conocemos como pueblo. En las sociedades modernas, este rol lo desempeña el ciudadano a través del ejercicio de sus respectivas ciudadanías. Sobre ellos, entonces, recaen las esperanzas, tragedias y anhelos de la colectividad. Por ello, la defensa y profundización de sus derechos proporciona el contenido sustantivo a una nueva radicalidad. Es de izquierda una política, que se proponga trasegar el poder a los ciudadanos. Vale decir: reconocer, proteger y profundizar los espacios en los cuales se expresan sus diversas ciudadanías, (vecino, consumidor, profesional elector, tributante, etc.); desde luego, para alcanzar este nivel de empoderamiento, se haría necesario profundizar los procesos de descentralización, ya avanzados en la década de los noventa. Urgente es, entonces, colocar este tema como prioritario en una nueva agenda política para la izquierda en el país.

Debemos profundizar la democracia. Cavar y colocar barreras que enfrenten la marea centralista y autoritaria que amenaza al país. Apostar por las autonomías, implica un doble propósito. Primero, constituye una forma de enriquecer nuestra cultura política y, segundo, permite dotar de sentido de propósito al discurso político de la izquierda democrática.

En fin, el debate por las autonomías y la descentralización, no tiene que focalizarse exclusivamente sobre territorios; su referencia debe reposar, igualmente, sobre el bienestar que merecen disfrutar sus ciudadanos.

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