La tierra de gracia

Cristóbal Colón viajo por las costas de la Península de Paria en su tercer viaje a estas tierras y la calificó como Tierra de Gracia, en su correspondencia con la corona española. Hay suficientes ejemplos de cómo los descubridores y posteriormente los colonizadores españoles incrementaban, en sus informes oficiales,  los  méritos y las cualidades de las tierras que iban atravesando, pues era la única forma de entusiasmar a los peninsulares para que enviaran más hombres y más recursos a las nuevas regiones de mundo que se incorporaban al dominio español. Pero aun con la picardía y viveza y de los primeros españoles, no hay duda de que Sucre -tanto en el área conocida como Península de Araya, como en la Península de Paria- constituye un área privilegiada por los dioses y por la naturaleza que pusieron allí una cuota importante de belleza y de paz.

Desgraciadamente, el hombre no ha hecho mucho por potenciar y por aprovechar lo que la naturaleza le dio. Incluso en muchos aspectos, ha hecho bastante por destruirlo o por lo menos por echarlo a perder. Para ir a la Península de Araya, en la parte occidental de la fachada marítima de Sucre, hay que atravesar en ferry desde Cumana, lo cual es un verdadero suplicio.  Es difícil concebir una actividad o una empresa peor organizada. Todo parece estar expresamente concebido para molestar tanto como sea posible a quien quiera atravesar al otro lado del golfo de Cariaco.  En el muelle, en Cumana, los vehículos que quieran embarcarse en el ferry, no pueden hacer cola pues no hay espacio para ello. Tienen  que estacionarse en cualquier parte en las inmediaciones. Quienes hacen algo parecido a una cola de varias horas -que al final nadie respeta- son las personas que manejan los vehículos. Cuando el ferry llega, sin horario alguno, un funcionario reparte números por los cuales todos se pelean en una animada caimanera. Esos números dan derecho a comprar los pasajes y el pasaje da derecho a embarcar en el ferry. Un venezolano logra rápidamente darse cuenta de cómo es el sistema, e integrarse a él, pero un turista, aun cuando provenga de un país de habla hispana, difícilmente podrá sobrevivir a ese endiablado mecanismo.

Pero una vez que uno logra llegar a Araya se encuentra con un mundo que realmente merece la denominación de Tierra de Gracia con que la denominó Colon. Las playas son  extensas y de poco oleaje y la ciudad es pequeña, limpia y ordenada. Aun cuando toda la zona es árida,  sus playas son de una gran belleza, tranquilidad y paz. Pero la hotelería es poca y muchas playas están contaminadas por los desechos de todo tipo que produce la propia ciudad de Araya. Las salinas de Araya constituyen un interesante atractivo, pues las peculiaridades  de esa industria son poco conocidas por el grueso de la población nacional, y las posibilidades de entrar a la planta están abiertas para el grueso de los visitantes. Hay, en las  afueras de la ciudad, una extensa laguna natural, con alta densidad salina, donde el flotar no requiere de habilidad alguna, pero no hay instalación turística de ninguna naturaleza.

Recorriendo la Península de Araya, hacia oriente, se llega a Carúpano, y de allí a todas las playas de la Península de Paria. Es otro mundo. La vegetación cambia radicalmente y de la aridez de Araya se pasa a una zona casi selvática, con vegetación frondosa, alta y espesa, que llega casi hasta el borde mismo de las playas. Las playas, desde el punto de vista de su extensión, tranquilidad, oleaje y vegetación cercana, son mucho mejores que las playa de Margarita, y podrían dar lugar a un polo turístico como los mejores del Caribe. Pero se está hoy en día lejos de esa situación. Hay algunas pocas y bastante buenas posadas, atendidas por sus dueños- verdaderos pioneros de una actividad que cuenta con poquísimo apoyo estatal -pero no hay hotelería mayor de tres estrellas. No hay posibilidad de usar tarjetas de crédito o de débito y los cajeros automáticos  son escasos. Imposible moverse por la zona sin carro propio.  Una actividad que es un atractivo turístico en sí mismo es el cacao, que se cultiva en toda la zona.  La mayor empresa del área atiende a los visitantes, les muestra y les explica el proceso tanto agrícola como industrial y les brinda gratas degustaciones de su propia producción. Una actividad puntual, con poca difusión es la presencia de aguas termales, lo que ha dado oportunidad a un empresario emprendedor a convertir su pequeña finca en un polo ecológico, medicinal  y de tranquilidad, desde donde se pueden recorrer las hermosas playas de la zona.

En síntesis, una frase de Colón que resultó cierta a pesar de su tendencia a fantasear o contarle cuentos a sus reyes. Una Tierra de Gracia, que espera y que promete.        

Blog: sergio-arancibia.blogspot.com

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