Por Luis Vicente León | 12 de marzo, 2015 – Mientras en la opinión pública venezolana el Gobierno logra (ahora ayudadito por el presidente Obama y sus sanciones) que el país se concentre en el debate político e internacional, la crisis económica sigue avanzando y deteriorando la calidad de vida de la población.

Por una parte, los proveedores y las casas matrices de las empresas internacionales que producen y comercializan los insumos y productos que se necesitan para activar la producción nacional no están dando créditos ni despachando a Venezuela mercancías sin que los pagos sean hechos por adelantado. Y todos sabemos que eso es imposible mientras los organismos encargados de la asignación de las divisas no estén entregando dólares de manera fluida y el mercado paralelo de divisas siga subiendo sin límite aparente.

Las características de la crisis son claras: con una demanda infinita de bienes, estimulada por un congelamiento absurdo de precios, y sin divisas para importar materias primas, ni insumos, ni equipos, ni repuestos, ni productos terminados, ¿qué es lo que podríamos esperar que pasara?

Las empresas se ven obligadas a enviar lo que queda de sus inventarios, atemorizadas incluso de ser acusadas de acaparadoras si tratan de planificar mejor para estirar el abastecimiento, a un mercado voraz, hambriento de productos sub-valorados por el control, que generan esa demanda infinita capaz de arrasar con todo como las termitas, sin posibilidades de reconstruir inventarios.

Y en medio de este desierto, ¿qué queda? Aquella oferta que ha hecho varias veces el gobierno de que “garantizará el abastecimiento pleno” con sus empresas y sus importaciones públicas si es necesario. Se refiere, por cierto, a esas mismas empresas expropiadas que han minimizado su producción desde que han pasado a manos oficiales (cuando no han colapsado) y a unas importaciones estatales caracterizadas por su evidente ineficiencia, sin contar con los graves problemas de corrupción. Obviamente es una promesa que no se puede cumplir.

Sin dólares no hay paraíso, sino desierto.

Y ese experimento confeso que fue la implementación del SIMADI ha arrojado resultados verdaderamente malos en su fase inicial de implementación, cuyas consecuencias están a la vista de todos en el ascenso descontrolado del dólar negro.

Es incomprensible cómo justo cuando el gobierno decide abrirse, devaluar y aceptar un tipo de cambio alto como el del SIMADI (todas estas decisiones tomadas en la dirección correcta e incluso podríamos decir que con tardía valentía) la embarran luego por el miedo a los costos políticos, la ineficiencia operativa y la opacidad del mercado.

No es sino impactante que estando a más de 175 bolívares el dólar, un tipo de cambio elevado que debió reducir la demanda y reconstruir equilibrios en la ruta típica de una devaluación, resulte otra vez barato y tenga demanda infinita, debido al arbitraje con el mercado negro.

El asunto es muy simple: los 175 bolívares deberían haber sido un precio caro frente al resto de los tipos oficiales de cambio, pero sigue pareciendo un regalo en comparación con un mercado negro donde se refugian los compradores y los vendedores que no logran concretar sus operaciones en un SIMADI que terminó siendo un SICAD 2, sólo que más caro.

Pero, con todo y eso, hay algunas luces recientes en la materia cambiaría que podríamos considerar buenas noticias: los actores oficiales han reconocido que el sistema no está funcionando adecuadamente y han iniciado algunos ajustes básicos que debemos volver a evaluar.

Desde el viernes pasado, el Banco Central de Venezuela permitió finalmente que se cruzaran operaciones privadas en SIMADI a precios superiores a los que ellos intentan fijar. Es decir: se elimina la restricción a vender y comprar dólares en ese mercado a un precio superior al que el BCV pretende definir y se abre un espacio para que el mercado fije realmente el precio, con lo que se reducen las restricciones para vender divisas del sector privado a un precio de mercado.

Si esto realmente se mantiene, podría ser parte importante de la solución… pero también sabemos que no es suficiente.

Es obvio que la oferta privada de divisas en SIMADI no basta: para nadie es un secreto que casi todos los dólares que entran a Venezuela, donde exportar es prácticamente imposible, vienen del petróleo y van directamente a PDVSA. Así que para equilibrar el mercado debe haber o una mayor oferta pública o una decisión firme de que el gobierno permita que la tasa suba hasta conseguir un nuevo equilibrio con oferta baja de dólares.

No existe ninguna posibilidad de que esto funcione si SIMADI no se convierte en un mercado libre, abierto y transparente. Cualquier otra variante sólo estimulará el ascenso del dólar negro y refuerza el “bachaqueo” de dólares que marca la economía nacional.

Al tipo de cambio vigente en SIMADI, el Gobierno tiene cómo estabilizar el sistema, pero el problema que estamos enfrentando en el país es más un asunto de racionalidad económica que de disponibilidad de divisas.

Discursos irán y vendrán. Y en esos discursos abundarán los falsos culpables y quizás hasta aparezcan las buenas intenciones. Pero la verdad es que sin racionalidad económica y sin divisas el problema de fondo (y con eso la crisis) persistirá.

Parece que desde el discurso oficial tienen una fijación con la idea de que SIMADI es marginal e irrelevante. Y sólo cuando entiendan que SIMADI no puede ser ninguna de esas dos cosas será que actúen de manera racional y podremos asomarnos a la idea de una luz al final del túnel.

Fuente: http://prodavinci.com/2015/03/12/actualidad/los-dolares-de-simadi-o-cuando-se-mata-al-tigre-y-despues-se-le-tiene-miedo-al-cuero-por-luis-vicente-leon/