La política más corriente que impera a nivel internacional, en materia de aranceles aduaneros, es ponerle aranceles elevados a los productos manufacturados y aranceles sustantivamente más reducidos a las materias primas.  Eso se supone que potencia las importaciones de materias prima, y protege la producción manufacturera interna. Es una forma de decirle al resto del mundo, sobre todo a los países en desarrollo, que se espera de ellos que continúen en su rol tradicional de productores y exportadores de materias primas pero que no intenten producir bienes manufacturados, pues la entrada de estos últimos a los grandes mercados consumidores les será sumamente difícil.

China no es una excepción en esta materia. Un reciente informe del BID expone que los bienes manufacturados tienen en ese país un arancel aduanero promedio de 11 %, mientras que los bienes intermedios solo pagan en aduana un arancel de 4.9 %. Las materias primas, a su vez, pagan un arancel aduanero promedio de 1.09 %.

América Latina ha exportado a lo largo del siglo XXI una gran cantidad de productos primarios al mercado chino: hierro, petróleo, cobre, soya, entre otros. Eso fue un buen negocio para los países latinoamericanos mientras estos productos tuvieron altos precios en el mercado internacional. Hoy en día, con precios deprimidos, se descubre una vez más que ese esquema de división del trabajo en el comercio internacional no es una buena cosa para los países en desarrollo.  Sería mucho mejor si los productores de cobre, de petróleo o de soya pudieran exportar esos mismos bienes pero con un mayor valor agregado, es decir, con un mayor grado de manufacturación. Pero esos productos tendrían que vencer una barrera arancelaria más alta si pretenden entrar al mercado chino y/o de la mayoría de los grandes mercados internacionales.

Una solución a esta situación es negociar tratados de libre comercio con China, lo cual permitiría entrar a ese mercado con productos con mayor grado de manufacturación que no pagarían arancel alguno. Ese es el camino que han emprendido países latinoamericanos como Chile, Perú y Costa Rica. Pero eso implica – como reciprocidad- que los países latinoamericanos tienen que abrir en mayor medida sus mercados a las mercancías provenientes de China, que es una cosa que muchos países temen. En realidad, poner a los productos chinos a competir en nuestros mercados con los productos europeos o norteamericanos no es necesariamente una mala cosa.

Venezuela – que ha exhibido tradicionalmente una antipatía visceral a los tratados y acuerdos de libre comercio – se encuentra en una situación muy peculiar como para negociar comercialmente con China. El comercio entre ambos países ha llegado a ser elevado y Venezuela necesita con desesperación mercados hacia donde canalizar sus intentos de incrementar sus exportaciones. Sin embargo, existe un problema: ya Venezuela ha entregado todas las pruebas de amor que se le han solicitado y tiene poco que negociar que los chinos no hayan ya conseguido. Pero quizás todavía es tiempo de poner orden en esa situación y negociar una situación de ganar-ganar.