¿Puede usted juzgar una pintura? (III)

Una obra pictórica, como se dijo en el artículo anterior, está hecha de decenas de tonos que van desde el franco claro al franco oscuro. Pero, a fines prácticos, los tonos se pueden reducir a cuatro: franco claro y medio claro, por una parte, y franco oscuro y medio oscuro, por la otra. Los primeros son los tonos claros, y los segundos los oscuros. En una pintura, la suma de las áreas de las superficies claras no debe ser igual a la suma de las áreas de las superficies oscuras; la relación mitad-mitad no es del agrado de la visón humana. Una pintura, o tiene más claros que oscuros, o más oscuros que claros. La relación mejor está en el orden de un poquito más del 60% contra un poquito menos del 40%; pero nunca 50% contra 50%. Se dice que los claros son dominantes y que la clave tonal del cuadro es alta cuando hay predominio de claros. A la inversa, que los oscuros son dominantes y la clave tonal baja. La elección de la clave depende del motivo a pintar, de la intención de la pintura y de la interioridad del pintor. Por ejemplo, es más fácil pintar un paisaje soleado en clave alta, mientras que una escena nocturna en clave baja. Pero no tiene que ser así, necesariamente.

En una pintura, los tonos no dominantes deben distribuirse entre ambos lados de la tela; de lo contrario, a la vista le parecería que el cuadro es “más pesado de un lado que del otro”. Debe, así, haber un balance, un equilibrio. Para lograr este balance, se usa el mismo principio que rige el balance en un sube-y-baja: un adulto muy pesado puede ser balanceado por un niño liviano, si el adulto se sienta cerca del eje y el niño alejado del eje. Veamos: si en un cuadro de clave alta (donde dominan los claros) se coloca una zona oscura en el lado izquierdo de la tela y cerca de su centro, dicha zona podrá ser balanceada por otra oscura de menor área si ésta se coloca del lado derecho, y alejada del centro de la tela. El ejemplo se puede hacer a la inversa, con clave baja (donde dominan los oscuros) y dos zonas claras de diferentes tamaños. No conviene poner zonas del mismo tamaño en lados contrarios de la tela y a las mismas distancias de su centro; cierto, estarían perfectamente balanceadas, pero tal simetría no es agradable a la vista.

Los tonos dominantes también deben estar balanceados siguiendo los mismos principios aplicados a los no dominantes. Lo que pasa es que presentan menores problemas de balance; al ser dominantes y ocupar algo más del 60% de la tela, no caben de un sólo lado. Por fuerza, pues, se les distribuye por ambos lados de la tela.

En la ilustración que acompaña a este artículo podemos ver cómo se aplicaron los principios vistos. A dicha ilustración le he colocado una línea punteada por el centro, que no es parte de ella; la puse para que se pueda observar mejor la aplicación del principio del sube-y-baja. Se puede ver que la clave de la ilustración es baja; los oscuros dominan. Los claros, que están contenidos en los letreros y las esferas, están a ambos lados de la línea central. Se notará que del lado izquierdo hay amplias zonas claras, pero cerca del centro, que se balancearon con zonas de menor área colocadas lejos del centro, en el borde derecho de la ilustración.

En un cuadro, a las superficies que en conjunto componen el tono no dominante se les denomina “superficies positivas”. En la ilustración, éstas son las zonas claras. Pero cuando la clave tonal es alta, son las superficies oscuras las que son positivas. Las superficies positivas son muy llamativas en un cuadro, pues son como pequeñas manchas nadando en un fondo amplio de tono contrario. Por esta razón, juegan un importantísimo papel en la estructuración de la obra de arte, como enseguida veremos.

En una pintura bien estructurada hay “caminos” que conducen la mirada del espectador, en forma que le es agradable, por las diferentes partes de la obra. Por lo dicho, sobre lo llamativo de las superficies positivas, éstas ayudan mucho en el establecimiento de esos caminos. En la ilustración he trazado una línea continua en forma de V acostada, que no es parte de la obra, pero que la he puesto allí para que se vea el camino fijado por las superficies positivas para la vista del espectador. Los caminos o trayectorias toman muchas formas: S, O, X, L, Y, y otras que no son letras. Las áreas positivas, sin embargo, no son los únicos medios de que se vale el pintor para crear caminos. También se crean con contornos de figuras, con sucesión de manchas de un mismo color, hasta con la dirección de la mirada de algún personaje de la obra. Por lo general, los caminos no son tan fáciles de notar como en la ilustración usada; son senderos muy sutiles que uno, como espectador, sigue, pero sin estar consciente de ellos.

Cuando en una pintura no existen los caminos mencionados, y la vista del espectador se va forzada a saltar de un sitio a otro de la obra, sin una secuencia, sin un orden, al espectador le resulta incómodo mirar la obra, aunque de ello apenas esté consciente. En estos casos, los elementos de la obra lucen inconexos, sin formar una unidad. Los caminos son como una estructura sobre la cual se colocan los elementos que constituyen la obra. Su estudio forma parte de un tema en pintura que se denomina “ritmos y movimientos”. Pero usted no tiene que estudiar ese tema para saber si ha sido correctamente usado en una obra, por razones que le diré en el próximo artículo.

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