Venezuela le debe -o le debía- 53 millones de dólares a Uruguay por concepto de importaciones que estaban pendientes de pago.  Uruguay, a su vez, le debía -o le debe- a Venezuela un monto cercano a los 262 millones de dólares por concepto de compras impagas de petróleo.  Venezuela tiene grandes dificultades en su producción agropecuaria y debe importar volúmenes importantes de alimentos para abastecer sus mercados internos.  Solución: Uruguay le venderá a Venezuela 235 mil toneladas de alimentos -90 mil toneladas de arroz, 44 mil toneladas de leche en polvo, 9 mil toneladas de pollos, 12 mil toneladas de quesos, y 80 mil toneladas de soya- lo cual tiene un valor de 300 millones de dólares, con lo cual Uruguay y Venezuela terminan por pagarse mutuamente las deudas que arrastraban. Todo este arreglo, ratificado por los Presidentes Maduro y Tabaré Vázquez, cuando ambos se vieron en la reciente cita del Mercosur, tiene aspectos dignos de analizarse.

En el fondo se trata de un trueque de petróleo por alimentos, mecanismo que no es primera vez que se utiliza por parte del Gobierno venezolano. Se ha utilizado con anterioridad con países de Centroamérica y del Caribe, que le han pagado la factura petrolera a Venezuela por medio de caraotas u otros productos que escasean en el país.

El trueque tuvo alta importancia en los albores de la sociedad comercial, antes del desarrollo de las diferentes formas de dinero. Con el advenimiento del dinero – desde sus primeras formas de dinero mercancía hasta las formas más modernas de dinero papel o del dinero meramente electrónico- el trueque ha ido perdiendo espacio en el comercio nacional e internacional, y su presencia hoy en días es prácticamente insignificante. El trueque tiene, sin embargo, la ventaja de que evita el uso del dólar –que es el dinero más universalmente utilizado hoy en día en las transacciones internacionales- y que es precisamente lo que está más escaso en la economía venezolana. Como se carece de dólares en las arcas del Banco Central, entonces de recurre a cambiar algún otro activo físico o financiero –el petróleo en este caso o las deudas por ventas petroleras– por activos físicos que el país necesita como son los alimentos.  Con esto gana Uruguay, que termina vendiendo una cantidad importante de su producción agropecuaria y termina saldando su deuda petrolera y ganan también los consumidores venezolanos que tendrán algo de arroz, pollo, leche y queso en sus mesas. Quien pierde es Pdvsa, que primero vendió petróleo, después se quedó con papeles o títulos de duda que no podía cobrar, y que finalmente se quedó sin papeles, sin petróleo y sin dólares.  La liquidez y las finanzas de Pdvsa -ya bastante maltrechas  por la mala costumbre del Gobierno de poner a la empresa petrolera a pagar todo tipo de activos y de misiones dentro y fuera del país- sufre un nuevo golpe con esta transacción con Uruguay.

A partir de esta transacción, no tiene sentido entrar en una discusión bizantina sobre si el trueque es bueno o malo para el comercio internacional. Creo que si el 99,99% del comercio internacional se hace con dinero y no por la vía del trueque, no es por falta de oportunidades, sino porque ha quedado suficientemente claro en los últimos 5 mil años de desarrollo de la humanidad, que la economía monetaria potencia la división del trabajo, la productividad y los intercambios. Con el trueque sería inconcebible el desarrollo impresionante que ha alcanzado el comercio internacional en la actualidad.

Lo que sí cabe discutirse es, porque el país que tiene las más altas reservas internacionales de petróleo del mundo y es un gran exportador de hidrocarburos, se quedó sin plata, y porque, además, es incapaz de potenciar la producción agropecuaria en su propio territorio, para alimentar a su población. Esa es la discusión de fondo.

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