La tragedia continúa. El país hecho pedazos se hunde en una crisis económica sin precedentes. La inflación, como un monstruo viviente, devora a todos los venezolanos. Tenemos la mayor inflación del planeta. The Economist, la prestigiosa revista británica, nos cataloga como “la economía peor administrada del mundo”. J.P. Morgan nos califica como “el peor riesgo país del mundo”. Todas las calificadoras de riesgo soberano nos colocan en una posición deplorable, incluyendo Dagong de China, lo que encarece hasta niveles imposibles el costo de cualquier eventual financiamiento. Caracas, según la organización Seguridad, Justicia y Paz, cuenta con la tasa de homicidios más alta del mundo con un récord de 119,87 muertes violentas por cada 100.000 habitantes. Venezuela figura en la lista de los países más inseguros para invertir.

Figuramos también, conforme al Índice Global de Competitividad elaborado por el Foro Económico Global como “el país más corrupto del mundo”. Venezuela, Cuba y Corea del Norte se comparten los últimos lugares en la Clasificación Mundial de Libertades Económicas elaborado por The Heritage Foundation y ocupamos el último lugar en el Índice Internacional de Derechos de la Propiedad. También nos peleamos los últimos puestos del ranking en el Índice de Competitividad Global elaborado por el Foro Económico Mundial. Sufrimos de una de las peores contracciones económicas del planeta y las instituciones y los servicios públicos colapsaron. La escasez es insoportable. Y, así sucesivamente, se van acumulando los galardones que a lo largo de ya casi dieciocho años ha venido cultivando con esmero la plaga dogmática que nos gobierna.

¿Qué nos ha pasado? Venezuela era un país bien diferente. Veamos algunas cifras que nos hablan de una nación que parece no guardar nada en común con la antes descrita:

Entre 1920 y 1980 Venezuela se caracterizó por ser la economía de mayor crecimiento en el mundo entero. Junto con el Franco suizo, el Bolívar venezolano fue la moneda más sólida del mundo; mucho más sólida que el $ americano. También teníamos la inflación más baja del mundo con un promedio de apenas el 1,5% interanual. Décadas atrás con frecuencias se hacía referencia al “milagro económicamente alemán”; sin embargo, las cifras evidencian que el verdadero milagro económico se estaba produciendo en Venezuela. En esos años el PIB de Alemania Occidental experimentó un crecimiento acumulado del 76%. No obstante, para igual período, el PIB de Venezuela creció en un 87%. Estábamos a la cabeza del crecimiento mundial, muy por encima de naciones como Alemania Occidental, la URSS, Italia, Japón, Corea del Sur, China, etc, todo conforme a cifras tomadas del United Statistical Yearbook (1964). Para 1949 Venezuela era el cuarto país del mundo con mayor Renta Media per Cápita, sólo superado por EEUU, Inglaterra y Francia. Esa misma posición la conservamos por muchos años, conforme a cifras publicadas en el “National and per Capita Income in Seventy Countries” de la ONU.

Fuimos ejemplo en el combate del paludismo. Los éxitos de Venezuela en materia educativa eran también la envidia del planeta. En poquísimos años fuimos capaces de alfabetizar a la población y de sembrar al país de liceos y universidades. Construimos puertos y aeropuertos. El país se industrializaba aceleradamente mediante políticas de sustitución de importaciones y el apoyo de la CVF. Electrizamos a Venezuela y construimos enormes represas como Guri, la segunda más grande del mundo. Cruzamos nuestra geografía de carreteras y autopistas, también de caminos vecinales. Fuimos el mayor exportador de petróleo del planeta. Construimos acueductos y cloacas a una velocidad asombrosa. Éramos percibidos como el país del futuro y a ningún joven se le ocurría irse del país como no fuera para estudiar y regresar a Venezuela a desarrollarse profesionalmente.

¿Qué nos pasó. ¿Cómo pudimos destruir a nuestra patria de esta forma?

Cuando los errores que se cometen son percibidos a tiempo y sirven para enmendar el rumbo, las naciones pueden recuperarse y son capaces de retomar su rumbo de crecimiento. Todo depende de la capacidad de aprendizaje de las sociedades.

Cuando por el contrario lo errores se mantienen en el tiempo y esas naciones se empecinan en seguir cometiéndolos, pueden ver frustradas sus posibilidades de desarrollo y la colectividad llega a padecer las consecuencias de una pobreza insuperable.

El éxito va a depender en buena medida de la visión de los líderes. También de la capacidad de la gente para unirse en torno a una solución. En Venezuela soplan vientos de cambio. Para divisar hacia dónde vamos, lo primero que tenemos que hacer es ver de dónde venimos.

Los próximos meses serán decisivos. Enero y febrero suelen ser en nuestra historia momentos claves, puntos de inflexión. Le pido a mis compatriotas que actuemos a la altura de las circunstancias. Llegó la hora.

petoha@gmail.com
@josetorohardy