No todos los controles de cambio son iguales, ni tienen las mismas consecuencias sobre la economía de un país. Los venezolanos, que tienen más de 40 años, conocieron la época dorada del 4,30, en la cual cualquier persona natural o jurídica podía comprar y vender  dólares con la más irrestricta libertad.  Parecía un sistema de cambio libre -porque había libertad para accesar al  mercado cambiario, y para comprar o vender en él las cantidades que cada uno quisiera-  pero la tasa a la cual se compraban o se vendían los dólares no era libre, era fijada por el Banco Central. Se trababa, por lo tanto, de un sistema de control de cambio. Quizás el más benigno de los sistemas de control de cambio, pero control de cambio al fin y al cabo.

Mediante este mecanismo no siempre la oferta y la demanda de divisas coincidía, pero en esos casos la brecha se cerraba por la vía de la pérdida o ganancia  de reservas por parte  del Banco Central y/o por la vía del endeudamiento externo, lo cual dentro de ciertos márgenes, es una situación enteramente controlable. En un sistema de esa naturaleza, los agentes económicos podían hacer su planificación de importaciones y exportaciones con un alto grado de seguridad de que su planificación iba a corresponder con la realidad posterior, sobre todo en lo que respecta a la cuantía de las cantidades compradas o vendidas, al costo de ellas en moneda nacional y al tiempo en el cual todo aquello se iba a poder concretar. El resguardar ganancias y patrimonios para tiempos futuros, cercanos o lejanos, se podía hacer en dólares o en bolívares, pues la convertibilidad entre ellos no estaba sujeta a variabilidad alguna. Ese esquema de cambio duró más de una década. 

Hay otros esquemas en los cuales la tasa de cambio no está fija, sino que el Banco Central fija una banda de precios: un precio central y un porcentaje por arriba o por abajo, dentro de la cual el precio de mercado puede fluctuar como consecuencia del libre juego de la oferta y de la demanda. Cuando el precio de mercado se sale de la banda, el Banco Central concurre al mercado vendiendo o comprando dólares, para hacer que el precio de mercado de la divisas vuelva a ubicarse en el interior de la banda. Este esquema es bueno, cuando el grueso de la oferta y la demanda de divisas provienen del sector privado, lo cual permite que el Banco Central  intervenga en ese mercado en situaciones de excepción -cuando el dólar amenaza con salirse de la banda-; pero cuando el grueso de la oferta proviene siempre del Banco Central, entonces la oferta de este organismo es obligatoriamente cotidiana y no excepcional.  También tiene el inconveniente, con respecto al caso anterior, de que la planificación financiera de los agentes económicos, en lo que respecta a sus operaciones de comercio exterior, incorpora un margen de  variabilidad e incertidumbre en materia de precios, que se traduce necesariamente en alguna dosis de ineficiencia sistémica. Pero se mantiene el libre acceso al mercado cambiario y la planificación, con relativa certera, de plazos y cantidades. La procura internacional se realiza con transparencia y eficiencia y en la oportunidad que se visualiza como conveniente y necesaria.

El  sistema actual imperante en Venezuela, donde existe un acceso controlado al mercado cambiario -los agentes económicos tienen que cumplir requisitos para poder acceder a dicho mercado-  y no hay seguridad de las cantidades que en él se pueden adquirir, ni del precio al cual les serán asignadas las eventuales divisas, ni del momento en el cual se podrá acceder efectivamente a las divisas asignadas, y en el cual hay, de hecho, tres o cuatro mercados funcionando en paralelo, con varias interconexiones  posibles entre ellos, es el peor de los esquemas cambiarios concebibles sobre la faz de la tierra. Tiene el inconveniente que ningún agente económico tiene ninguna capacidad de planificar cuánto y cuándo comprar y  a qué precio comprar.  La procura internacional  se hace bastante difícil, es decir, no es fácil encontrar un proveedor externo  con el cual negociar precios,  cantidades, plazos  y condiciones de pago y entrega. Todo ello se traduce en una cuota muy alta de ineficiencia en el conjunto del comercio exterior y en gruesa parte del sistema de aprovisionamiento y de producción dentro del país. Si la importación no es posible de sujetarse a procesos mínimos de planificación, tampoco es posible planificar los niveles de la producción interna, ni los momentos de entrega de los productos a los clientes habituales, ni los precios que presidirán esas entregas. Si al control de cambio en los términos mencionados se agrega una inflación de 70% anual, la planificación financiera se convierte en una apuesta o en una lotería cotidiana más que en un accionar relativamente disciplinado y ordenado. Ni los importadores, ni los exportadores, ni los empresarios que producen para el mercado interno, ni el público consumidor, tiene las herramientas como para actuar en los mercados que resultan de este esquema cambiario, con un mínimo de eficiencia y de racionalidad. La única regla válida es hacer lo que se pueda y como sea. 

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