América Latina es una región geográficamente variada, de realidades contrastantes en la salud y el desarrollo humano de su población. Al examinar los acontecimientos recientes relacionados con la salud de la población y sus determinantes en las Américas el panorama no parece tan prometedor. La Región ha logrado un aumento notable en la esperanza de vida y una considerable reducción de la pobreza, así como grandes mejoras en las condiciones de vida y salud de gran parte de la población. No obstante, persisten las inequidades que se reflejan en los siguientes datos duros (OPS, 2012):

En 2010, la mediana de la edad era de 31 años y el índice de envejecimiento, de 37.
La tasa de mortalidad infantil disminuyó a 20,3 por 1.000 nacidos vivos.
La esperanza de vida al nacer se incrementó a 74,2.
El promedio de la cobertura de vacunación contra el sarampión en la Región es de 94%, mientras que la cobertura entre los niños solo alcanzó en Haití (60%), Paraguay (71%) y Bolivia (86%).
La pobreza es generalizada en la Región de las Américas: casi 1 de cada 5 habitantes vive con menos de US$ 2 al día.
La mejora de la esperanza de vida oculta diferencias dentro de la Región; en Bolivia es de 69,1 años, mientras que en República Dominicana es de 76,3 años y de 63,5 años en Haití.

En general, la desigualdad afecta sobre todo a los grupos más explotados, oprimidos o excluidos de la sociedad. Es alarmante constatar que a medida que descendemos en la escala social, en el nivel de riqueza o en la educación, la salud de las personas empeora progresivamente. Tres décadas de abundante investigación científica han permitido sacar a la luz cinco elementos clave de la desigualdad en salud: las desigualdades son enormes, graduales, crecientes, adaptativas e históricas.

Sin embargo, la historia nos ayuda a entender que la aparición de la desigualdad en salud no es fija ni inevitable. Luego entonces para la investigación científica hay acuerdo en:

La educación es una de las variables socioeconómicas que más influyen sobre las desigualdades de salud. Los estudios indican que la influencia de la educación en la salud:

A medida que disminuye el nivel educacional, la salud tiende a ser valorada peor, siendo las desigualdades persistentes en el tiempo (Kunst et al., 2005).
Los ciudadanos con peores niveles de educación tienden a morir antes y a reportar peores niveles de salud autopercibida que los que tienen mayor nivel educativo (Mackenbach, 2006).
Los individuos más educados tienden a consumir más bienes con un efecto positivo sobre la salud y menos bienes que ejercen un efecto nocivo sobre la salud como el alcohol y el tabaco (Cutler y Lleras Muney, 2007).
Los países con menor promedio de años de educación, tienen mayores tasas de prevalencia general de mala salud (Eikemo et al., 2008).
Un buen número de estudios ha identificado la importante relación entre los ingresos y la salud. Los resultados de estas investigaciones consideran entre otras cosas que:
Los efectos beneficiosos para la salud de un aumento de los ingresos parecen ser mayores en los niveles de ingresos más bajos que en niveles mayores de ingresos (Mackenbach et al., 2005).
La renta familiar tiene un efecto considerable en la salud de los niños más tarde en la edad adulta, tanto en países desarrollados (Case et al., 2005) como en países en desarrollo (Van de Poel y Hosseinpoor, 2008).
La renta permanente (Hogares Británico) tiene un efecto superior sobre la salud que la renta actual, aunque la magnitud del efecto es pequeña (Contoyannis et al., 2004).
Usando datos para los EEUU, Smith (2007) no encuentra una asociación significativa entre renta o riqueza y la aparición de nuevas condiciones de salud en adultos.
Gran parte de la evidencia basada en datos experimentales pone de manifiesto que los sistemas de transferencias condicionadas de México, Brasil y otros muchos países, por el que las familias reciben pequeñas sumas de dinero a cambio de cumplir con una serie de condiciones, como el consumo de suplementos nutricionales, asistencia a la escuela o al médico, han tenido un efecto considerable en una serie de indicadores antropométricos y nutricionales, así como una mejora en la escolarización infantil (Lagarde et al., 2007).
Los factores relacionados con la influencia de la ocupación en la salud han recibido una gran atención y se reconocen como determinantes sociales de la salud y de las desigualdades en salud. Los principales resultados de estos estudios son los siguientes:
Los trabajadores manuales estadounidenses tienen peor salud que los no manuales, y su salud se deteriora más rápidamente (Case y Deaton, 2003).
Es el hecho en sí mismo de estar empleado o no lo que determina las diferencias en salud y la tasa de deterioro de la salud, especialmente la salud mental entre grupos sociales (García Gómez y López i Casasnovas, 2005).
El desempleo, principalmente a largo plazo, refleja síntomas de estrés y tensión psicosocial, que afectan tanto a la salud física, dando lugar a un aumento de consumo de sustancias nocivas para la salud como alcohol, tabaco o drogas, como a la salud mental, debido al sentimiento causado por la pérdida de ingresos, privaciones materiales, reputación social y autonomía (Moser et. al., 1984; Martikainen y Valkonen, 1996).
Los trabajadores que salen del mercado de trabajo como consecuencia de un problema de salud tienen un 2,9 por 100 menos de probabilidad de reportar buena salud que aquellos que mantienen su trabajo (García Gómez y López Nicolás, 2004).
Los individuos desempleados mostraban peores resultados de bienestar físico y fundamentalmente psicológico que aquellos individuos que se encontraban empleados (McKee-Ryan et. al., 2005).
No sólo el desempleo está asociado a peores estados de salud, sino que también está asociado a un mayor riesgo de mortalidad (Morris, Cook y Shaper, 1994).
Los efectos del cambio de trabajo (como la privatización de una empresa) son diferentes en la salud del individuo según la categoría ocupacional (Bambra et al., 2009).
Las condiciones laborales y la precariedad laboral son también áreas de especial atención. Los contratos temporales, la inseguridad laboral futura, así como las malas condiciones de trabajo, repercuten negativamente en la salud (Ferrie et. al., 1998; Amable y Benach, 2000).

En términos generales, la desigualdad en salud es el resultado de la acumulación de efectos producidos por las condiciones políticas, económicas y sociales que afectan a la población. De lo que se desprende que hace falta aumentar la igualdad social, misma que se alcanzara con un reparto equitativo de la riqueza y una redistribución igualitaria de los beneficios favoreciéndose así a los que menos tienen.

Finalmente, la reducción de la desigualdad en salud debería constituir una prioridad en la agenda política en todo el mundo, y principalmente en América Latina, ello requerirá de un cambio hacia un nuevo paradigma y un enfoque integral que consideren a la salud como el resultado de una compleja interacción entre factores biológicos, el medio ambiente físico y una serie de determinantes sociales, políticos y económicos.

 

Referencias

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Kunst, A.E., Bos, V., Lahelma. E., Bartley. M., Bissau, I., Regidor, E., Mielck, A., Cardano, M., Dalstra, J., Geurts, J., Helmert, U., Lennartsson, C., Ramm, J., Spadea, T., Stronegger, W. y Mackenback, J. (2005): “Trends in socioeconomic inequalities in self-assessed health in 10 European countries”, International Journal of Epidemiology, nº 34: 295–305.

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